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¿Nadie da lo que no tiene o nadie tiene lo que no da?

Si bien es cierto que nadie puede dar lo que no tiene, resulta más cierto todavía que nadie tiene en verdad lo que no da, empezando por sí mismo.
Hay bienes de los que solo disponemos al darlos Foto: shutterstock.com
Hay bienes de los que solo disponemos al darlos Foto: shutterstock.com

En la vida podemos tener diferentes tipos de bienes, pero ni todos ellos son iguales, ni son iguales los modos de tenerlos, ni esas tenencias nos aportan el mismo nivel de felicidad.

Así, por ejemplo, están los bienes “posesionales”, los bienes materiales, aquellos que tenemos -por obvio que resulte decirlo- solo en cuanto no dejamos de tenerlos. Si los damos o nos los quitan, o los perdemos, dejan de estar en nuestras manos y ser una de nuestras posesiones.

De este modo, podríamos decir que su capacidad de “ser tenidos” es muy precaria, pues resulta extraordinariamente fácil dejar de hacerlo, y es muy escasa en consecuencia la posibilidad de que nos hagan felices, por mucho que creamos que esa materialidad suya lo logra, la gran seducción -y el gran engaño- de ese “mundo consumo” del que habla Zygmunt Bauman.

Foto: Shutterstock. Los bienes materiales se pierden cuando se dan.

Sin embargo, existen otro tipo de bienes, bienes que podrían llamarse “relacionales” en tanto que se cumplen como bienes en la relación y no en la posesión.

Tal vez resulten complejos de entender conceptualmente, pero no de experimentar. Pensemos, por ejemplo, en la clase que da un profesor a sus alumnos. La "clase" como tal no existe hasta que se da y, más aún, solo en tanto que se da. Antes de darse es un contenido de conciencia que, desde luego, se tiene, pero se tiene como contenido de conciencia, pero no como "clase".

Lo propio de la clase es “ser dada”, y el profesor solo "la tiene" en cuanto la da, solo de ese modo se la apropia. Y más incluso: no la pierde al darla, sino que la gana, es decir, no deja de saber lo que sabe por el hecho de haberlo comunicado, todo lo contrario de lo que acontece con los bienes “posesionales”, que los perdemos si los compartimos, pues en ese preciso instante dejamos de tenerlos.

En los bienes relacionales, por lo tanto -la clase, el tiempo, la paz, el amor...-, acontece que no solo de compartirlos no se sigue una pérdida, sino que comparece una ganancia, tanto para quien los prodiga como para quien los recibe.

El gran problema de nuestro mundo de individualismo economicista es confiar la felicidad a los bienes posesionales, que no dan más de sí que lo que dan, es decir, muy poco, y no cifrarla en dispensar “bienes relacionales” pues, como sabiamente escribe Dominique Lapierre  en ‘La ciudad de la alegría’, “todo lo que no se da, se pierde”.