Tras la tragedia, los sueños y anhelos de una comunidad huarpe ubicada en el desierto mendocino
El viaje desde la Ciudad de Mendoza al pueblo de Asunción ubicado en Lavalle es relativamente rápido, toma casi dos horas llegar al cartel vertical que señala el ingreso a la Comunidad Huarpe Paula Guaquinchay que, hace diez días, fue noticia por un aberrante hecho que tuvo como protagonista a una mamá y su hija. El asfalto termina frente a la escuela albergue de la zona. La nueva capilla se viste de fiesta para las celebraciones de la Semana Santa, unas flores plásticas decoran la entrada como no podría ser de otra manera teniendo en cuenta que está ubicada en el medio del desierto.
Es temprano y el silencio es protagonista al igual que algunos animales que descansan alrededor de las casas que parecen deshabitadas. El trayecto hacia los dos cementerios es corto, una huella sirve de guía hasta los carteles que anuncian la llegada a ese lugar santo donde hace unos siglos estuvo ubicada la primera capilla del pueblo que, según la historia, fue arrastrada por la crecida del río que pasaba por allí.
La tradición religiosa es muy fuerte en esta comunidad que nos mira con desconfianza a medida que advierten nuestra presencia en el lugar. No es para menos... hace unos días fueron invadidos por curiosos que llegaron al pueblo en busca de detalles escabrosos sobre un hecho que los atravesó. En los pueblos chicos donde todos se conocen y son prácticamente familia, la muerte de una niña y su madre sigue siendo motivo de charla hacia dentro de los hogares.
Las casas tienen carteles con los nombres de las familias, a diferencia de lo que sucedía años atrás, hay numerosos lugares que invitan al turismo. Campings, despensas y puestos de artesanías realizadas en barro y lana predominan, los telares presentes en las viviendas se observan desde la calle.
Rosa tiene 77 años, nos observa con curiosidad a medida que nos acercamos hacia su casa. Es una de las mujeres con más experiencia de la comunidad, los pliegues presentes en su rostro dan cuenta de una vida de sacrificio que contrastan con una mirada luminosa y cálida. Nos saluda mientras tres de sus perros nos rodean. No está sola...por detrás se acerca Deolinda, su nuera, quien se muestra algo incómoda por nuestra presencia.
El diálogo no surge con naturalidad como en otras ocasiones, la desconfianza inicial se va diluyendo a medida que le explicamos los motivos de nuestra visita. La comunidad quiere resguardarse y cuidar los lugares sagrados que fueron blanco de algunos visitantes ocasionales que llegaron a la zona tras la tragedia ocurrida días atrás. Teniendo en cuenta la decisión del consejo vecinal, en esta oportunidad, no podremos visitar los cementerios.
Marina nos ofrece pan y tortitas "hechas en horno de barro", como el jingle que escuchamos en algunos barrios del Gran Mendoza pero en medio de un entorno que nos hace pensar que los sabores a degustar no serán los mismos. Nos invita a pasar a su casa, pone un mantel y prepara todo para la ocasión. No es frecuente recibir visitas en el lugar, mate de por medio acompañado con parte de la producción de panificados de la mañana y un pote de dulce de leche son el marco ideal para una charla intensa.
Ella no nació en Asunción, tiene 55 años y se mudó desde El Encón por amor... Está casada y tiene un hijo adolescente que corre carreras de caballos. Nos muestra con orgullo las fotos de las últimas carreras y exhibe sus artesanías mientras nos ceba mates dulce, tan dulce que contrasta con una historia de vida llena de dificultades. Su mamá murió cuando ella tenía 14 años y desde ese momento se hizo cargo de sus hermanos para ayudar a su papá.
La capilla antigua se observa imponente en lo alto, rodeada de una escasa vegetación desértica característica de la zona. El sol calienta y unos arbustos nos sirven de resguardo mientras esperamos que Ramona abra la puerta de ingreso.
La mujer tiene 48 años y es una de las referentes de la comunidad. A simple vista parece una mujer tímida e introvertida pero cuando comienza su relato surge la fuerza y potencia de una historia que está atravesada por un fuerte sentimiento comunitario y de superación personal.
Desde hace tiempo es la encargada del mantenimiento de la capilla. Lejos de considerar eso como un trabajo, para ella es uno de sus cables a tierra. "Cuando entro a este lugar me siento en paz y conectada con mi madre que falleció hace unos años. Siento una devoción hacia la virgencita que me acompaña y alivia en momentos de mucho dolor", dijo.
Ramona siempre soñó con ser maestra pero la vida la llevó por otro camino, de vez en cuando aprovecha esa vocación para ayudar a sus sobrinos y otros chicos de la comunidad con sus tareas escolares. Su trabajo principal está vinculado a la lana y el fieltro, es artesana del telar como muchas mujeres de la zona que aprendieron de sus antepasados y comparte sus saberes a través de algunos talleres que se realizan en la Ciudad de Mendoza. "El telar lleva mucho tiempo, la mayoría hacemos esto como una salida laboral para el turismo y visitantes que llegan a nuestra comunidad durante el año y especialmente en el día de la Virgen de Asunción", explicó.
Sus 4 hijos varones viven en la comunidad con sus familias, tiene una sola nieta llamada Angelina que la acompaña y sigue sus pasos como artesana. Sus anhelos están relacionados con las oportunidades de estudio y trabajo pero también, su relato esconde una profunda necesidad de reconocimiento de derechos que fueron vulnerados.
"En los pueblos originarios somos todos hermanos. A veces nos reprochamos que estamos más unidos en las malas que en las buenas. Cuando el vecino nos necesita tenemos que estar. Hay comunidades que están más alejadas y están peor que nosotros. Tratamos de hablar por todos, hay muchos que tienen problemas con el agua, colectivos cada 15 días, es una lucha que llevamos en común las 11 comunidades", manifestó.
Al ser consultada sobre lo sucedido en relación a los terrenos de los pueblos mapuches en el sur de Mendoza dijo: "Ojalá que nos puedan devolver las tierras a nosotros también... que sea la punta para resolver eso por lo que venimos luchando desde hace tiempo. Queremos que la gente entienda que no estamos pidiendo algo que no es nuestro, estamos reclamando la tierra para cuidarla, no para explotarla. Ojalá los próximos seamos nosotros para que nuestros hijos vivan tranquilos".
Asunción es arte, cultura, costumbres y sueños. Pablo vive con su familia en el ingreso al pueblo, su casa no pasa desapercibida ya que contrasta con el paisaje propio del lugar. Algunos árboles frondosos y unas esculturas realizadas con la madera de las cepas de vid captan la atención de quienes transitan por la calle principal.
Mientras prepara una comida en el horno de barro, nos cuenta que trabaja como agricultor. Las artesanías son un hobby que lo ayuda a dispersarse y conectar con lo profundo de sus sentires. Sus esculturas son imágenes de su cotidianeidad, gauchos, chinas, serpientes y algunos animales propios del lugar se erigen tras el alambrado que rodea su hogar.


