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Una mujer, entre la leyenda heroica y las pasiones terrenales

Martina Chapanay fue una heroína convertida en soldado protectora de las Lagunas de Guanacache, ubicadas entre las provincias de San Juan y Mendoza.

“Según nos cuenta Guayama / que Guanacache fue el nido / donde nació la cuyana / de tan lindo apelativo. / Era su nombre Martina / y Chapanay su apellido”; relata la cueca de Hilario Cuadros que describirá en su letra una de las tantas facetas que consagrarán a Martina.

“La Martina” era de esas mujeres “que no andaban (y no andan) con macanas”. Era brava; pero brava de verdad. De esas personas que transitan afectivamente desde la devota veneración de sus fieles que la convierten en protectora de la zona de las Lagunas de Guanacache, y en una especie de Robín Hood femenino, hasta la faceta de heroína convertida en soldado y peleando en las gestas libertadoras con San Martín.

Pero también dirá la leyenda que será ella la bandolera perseguida por la milicia, criada por los indios, y que cuando sintió lastimado su orgullo femenino no dudó en atravesarle una lanza a su propio amor: el sotreta de Cruz Cuero, aunque esto sea difícil de corroborar y solo forme parte del imaginario popular.

Entre esas mujeres cuyanas

“La Martina” cosechará el espíritu de las mujeres mendocinas que no repararon en sentencias o sanciones y “se colaron” ataviadas de soldados en el ejército libertador acompañando a sus maridos e hijos. Y así Martina seguirá el ejemplo de miles de mujeres que se quedaron en Mendoza cuando casi 3.000 hombres se fueron de nuestra provincia al formar parte de la campaña sanmartiniana (la amplia mayoría de ellas no se reencontró nunca más con esos hombres) y sostuvieron la economía, la sociedad y la cultura de Mendoza en momentos tan duros. Mujeres mendocinas que cuando ese mismo ejército libertador terminaba su dura rutina de adiestramiento militar diario en El Plumerillo, enseñaban a coser, zurcir o construir a cada soldado su propia campera o sus “tamangos” para soportar el frio de la montaña.

Martina representará un insoslayable icono popular, pero serán pocos los que saben o miden en magnitud lo que realmente hizo y representó. Y le pasará cómo a muchos (o a todos) de nuestros “santos populares” que los inmortalizará el mito y el verso, y no la Historia. Le pasa a la sanjuanina Deolinda “Difunta” Correa y a nuestra mística Virgen de la Carrodilla, cómo no le va a pasar a “la Martina”, a quien muchas veces ubicamos más cerca de “La Pericana” que de una mujer de carne y hueso.

La Martina

“La manada de cabras se había dispersado en el campo y se hacía de noche. Natividad Páez decidió salir a buscar los animales que eran su sustento en el campo semidesierto de la localidad de Los Puestos, en Mogna. La acompañaba su ahijada. Doña Natividad invocó a Dios, a la Virgen y a la Martina Chapanay para que la ayuden a encontrar a sus animales. La nena se subió a un arbusto y pudo divisar a lo lejos la manada, arriada por una figura masculina con sombrero de paja. Pero cuando los animales llegaron, no había nadie con ellos. ‘¡Para mí esa figura que ella vio, era la Martina que me traía los animales!’, dijo sin dudar Doña Naty, como le decían en el pueblo”. Escribe Viviana Pastor en “Tiempo de San Juan” (27 de noviembre de 2013), tras un reportaje a la nombrada Natividad Páez, vecina de Mogna, en el departamento sanjuanino de Jáchal, donde Martina Chapanay está enterrada.

He aquí la primera gran creencia reveladora. Para la amplia mayoría “la Martina” era y es milagrosa. Punto. Y es así con nuestras creencias. Se convierten mágicamente en irrefutables.

Tampoco sabemos a ciencia cierta de dónde provenía su padre. Sí que se llamaba Ambrosio Chapanay, pero para algunos era un indio Huarpe (Felipe Pigna, en “Mujeres tenían que ser” – Planeta. 2011), mientras para otros fue un indio Qon (toba) que tuvo que abandonar su tierra natal norteña por problemas típicos de bandoleros y se asentó en una toldería en la zona de Guanacache (Pedro Echague en la vieja novela “La Chapanay”, cuya primera edición es de 1884, reeditada por Editorial Buena Vista).

En donde todos coinciden que fue por “las lagunas” donde Ambrosio conoció a la “blanca” Teodora (o Mercedes para otros) González cuando esta desfallecía tras escaparse de un malón nativo y pudiéndola rescatar, luego se casarán y se convertirán en los padres de Martina que habría nacido el 15 de marzo de 1799 en San Juan.

Lamentablemente la mamá fallecerá cuando la niña tenía unos pocos años. Y es ahí donde Martina será puesta a resguardo de una familia sanjuanina en Ullum (la familia de Clara Sánchez), y sin poder adaptarse a la vida urbana se escapará, volviendo a las tolderías indias donde aprenderá las destrezas típicas de la gente del desierto y la laguna. Pero no solo aprenderá en Mendoza a cabalgar, nadar, pescar, enlazar, rastrear por la huella más recóndita, sino también a usar el facón, las boleadoras y pelear como “el más pintado” de los varones contra un enemigo circunstancial o enfrentarse con un cuchillo a un puma del monte.

“Si en algo coinciden los historiadores es en que Martina Chapanay lo único que tuvo de 'macho' fue haberse animado a ponerse a la altura de los hombres en tiempos en los que las mujeres no tenían ningún derecho. Cuando el campo de acción de una señora estaba limitado a la superficie de su casa, ésta domadora indomable tenía por hogar el desierto sanjuanino y las llanuras de Mendoza, La Rioja, San Luis, Catamarca y Tucumán” (textual de Viviana Pastor).

De soldado de San Martín a buscavida “cuentapropista”

¿Entonces quién fue realmente “la Martina”? Su faceta heroica se presentará cuando luciendo uniforme militar, cuya chaqueta se la había regalado el propio Facundo Quiroga, se convirtió en “chasqui” del ejército sanmartiniano y sirvió de mensajera entre las distintas columnas en que San Martín organizó el paso cordillerano. No solo montaba bien; conocía el territorio como pocos. Sabía de caballos y no había recoveco del cerro, el desierto o el monte que le fuera ajeno. Era un jinete rápido y ágil; de esos que saben sacarle provecho a su cuerpo menudo.

Pero tras el paso del ejército a Chile, Martina “quedó desocupada”. Para ganarse la vida volvió a las andadas con cuatreros y bandoleros, donde los problemas y amoríos eran habituales, mientras que en paralelo las pujas internas entre unitarios y federales también la tendrán como protagonistas.

“Por diversión o por dinero apostaba a domar potros bravísimos o se batía con los mejores cuchilleros. La policía no podía contra ella. Aparecía con frecuencia protagonizando duelos y en todos lados encontraba amigos o encubridores. Repartiendo el fruto de sus correrías, se aseguraba en cada rancho un aliado” (Hugo Chumbita en “Jinetes rebeldes”. Vergara. 2000).

La guerrillera indomable y la desazón de no tener nada

Y así, oscilante se fue convirtiendo en “una especie de Quijote de las travesías cuyanas”. Peleó junto a Quiroga, “el Chacho” Peñaloza y Felipe Varela.

Acompañó a Facundo en el combate de La Ciudadela (Tucumán – 4 de noviembre de 1831), y en dicho combate frente a Lamadrid perdió a su compañero, un tal Agustín Palacio, pero no aflojó hasta que años después mataran al “Tigre de los Llanos” en Barranca Yaco (1835). Y como escribió Pedro Desiderio Quiroga (1865), tras esos hechos volvió a San Juan “y no halló más que desolación. No encontró a su gente ya que había una total dispersión del campesinado indígena, y a todos se los habían llevado a otras partes y muchos habían huido. Fue entonces, cuando Martina se dedicó a robar”.

La vengadora del “Chacho”

“Al tiempo volvió a la carga acompañando al caudillo Nazario Benavídez, gobernador de San Juan y ahí se destacó en el combate de Angaco (1841) junto a Aldao enfrentando a los unitarios. Pero cuando mataron a Benavídez (1948), Martina volvió al bandidaje hasta que se incorporó a las huestes montoneras de Peñaloza, y con él sufrió la derrota con las tropas de Mitre en 1863. Tras la derrota, algunos montoneros fueron incorporados a los cuerpos de línea (del ejército nacional de Mitre). Martina lo fue con el grado de sargento mayor.

Fue allí donde conoció a su flamante camarada y asesino de su querido Peñaloza, el general Pedro Irrazábal. Lo estudió de arriba abajo y lo retó a duelo” (Felipe Pigna).

“Yo te voy a enseñar cómo se mata a un hombre”, le habría dicho. Irrazábal rehuyó el combate. Evidentemente los ejércitos regulares nacionales no eran para ella y desertó volviendo a las montoneras y a las guerrillas con Felipe Varela.

La inmortal Martina Chapanay

Algunos dicen que la mató un puma. Otros que la picó una serpiente. Unos sostienen que murió en Zonda, otros en Mogna (Jáchal) donde está enterrada. Ni heroína, ni bandida. Una mujer que la leyenda convirtió en inmortal.