Confesiones vendimiales de un joven mendocino
Para comenzar, debo confesar que no soy en extremo muy fanático de la Fiesta de la Vendimia. Sin embargo, sí, reconozco que año tras año termino envuelto en medio de la marea de gente que intenta hacerse con un pequeño botín de uvas, o tras el difícil objetivo de conseguir algún melón o que otro fruto que arrojan las cortes de los diferentes departamentos en el Carrusel o la Vía Blanca.
Estas líneas surgen en parte porque, en medio de todo el barullo y la vorágine que demandan todas las actividades vendimiales, aparecieron en mi cabeza todos aquellos recuerdos marcados por la Vendimia desde mi infancia junto a mi familia, principalmente mi hermano y mis abuelos.
Las primeras memorias que tengo asociadas a esta festividad remiten, aproximadamente, a mis ocho años. Aquellos tiempos en los que íbamos -junto con mí hermano- de la mano del Nono al hotel, ubicado en calle General Paz entre 9 de julio y San Martín, en donde solían alojarse las reinas departamentales en los días previos a la gran fiesta de los mendocinos, y que, por conocer a los dueños, algunas veces conseguíamos entrar, y tras haber posado varias veces juntos a las diferentes soberanas volvíamos a casa maravillados y una sonrisa de oreja a oreja.
También recuerdo aquellas veces en las que nuestro otro abuelo, nuestro Yeide, nos recibía en su casa durante los sábados bien temprano en su departamento, que tenía un balcón que daba a calle Belgrano, y aprovechábamos esa privilegiada vista para disfrutar del Carrusel vendimial. "Nosotros nos encargamos del postre", prometíamos con mí hermano cada año y cumplíamos con creces el cometido de acercar a la mesa familiar varios racimos de uva que degustábamos tras un rico almuerzo.
O aquellos "debates" familiares en casa, en los que cada uno vaticina año tras año quién será electa para la corona nacional y rara vez alguno acierta. Y ni que hablar de lo que sucede durante el Acto Central. En todas las ediciones mis padres y mi hermano se mantienen firmes frente al televisor, siguiendo con atención, primero con los dedos de las manos (hasta donde alcance) y luego con lapicera y papel, el recuento de los votos que decide quien será la elegida para representar a la provincia a través de la Vendimia durante un año entero.
A partir del periodismo, tuve la posibilidad de hablar con aquellos mendocinos y turistas que se hacen presentes en las calles mendocinas durante los festejos y poder conocer sus diferentes puntos de vista, experiencias, opiniones e incluso ilusiones, con respecto a esta gran importantísima mendocina.
Algo que conmueve todo el tiempo es ver, por ejemplo, a tantas familias inmersas en la multitud disfrutando de los desfiles vendimiales y batallando con sus características canastas o sus propias manos para recibir algún regalito de las cortes departamentales, o aquellas capaces de pasar una noche entera a la interperie, en las afueras del teatro Independencia, o aquellos otros puntos de venta, para conseguir un ticket que les permita ingresar al Frank Romero Day al Acto Central o alguna de las repeticiones.
Particulamente, llama la atención ver a aquellos pequeños que viven con tanta alegría los festejos, creo que cada uno observa cierto reflejo en ellos. Esa posibilidad de estar junto a sus padres, abuelos y hermanitos, divertirse y disfrutar con la llegada de cada una de las reinas, y hasta de emocionarse cuando éstas devuelven su tierno saludo o cuando consiguen algún pequeño racimo de uva que llevan envalentonados de vuelta con sus padres.
Para mí, la Vendimia es eso. Representa la unión de la familia ante la tradición y la celebración de nuestra tierra y nuestros vinos. Aún sin considerarme un fanático, año tras año -como miles de mendocinos- participo de la Vendimia a mí manera y disfruto de aquellos pequeños momentos que nos regala.