No sonaba para nada a una canción de Marley
Esto fue hace mucho tiempo, casi en otra vida, en una noche muy calurosa en Miami. Yo esperaba en el living fumando un cigarrillo detrás de otro, nervioso y a la vez lleno de adrenalina. Esperaba a mi amigo Esteban que me pasaría a buscar en breve para hacer algo que nunca había hecho en mi vida. Sonaron dos bocinazos, salí a la calle y me encontré con una camioneta desconocida. Al volante estaba Esteban, sonriendo cómplice e invitándome con un gesto de mano a que entrara. Recuerdo que lo primero que le dije fue qué onda la camioneta, de dónde la sacaste.
Me dijo no importa, vos concentrate en lo que vamos a hacer. Estábamos en South Beach y nos fuimos sigilosamente hacia un hotel desconocido a unas veinte cuadras de mi casa. Era casi de madrugada y la mayor parte de la ciudad dormía, o al menos estaba guardada. Nos recibió una persona muy apurada, que tras un breve y silencioso saludo nos pidió que esperáramos a unos metros, señalándonos la pared trasera del hotel. Con Esteban nos miramos y esperamos, no era ni la primera ni la última aventura que íbamos a vivir en esos meses. A los pocos minutos escuchamos un cuidadoso ¿están ahí?
Y al asentir, el pibe solo nos dijo ahí vaaa. Del aire se nos vino encima un somier que cayó al piso y no logramos atajar. Lo subimos a la caja de la camioneta, y en menos de un minuto oímos un segundo aviso y del cielo apareció un colchón que esta vez logramos atrapar medio tentados y nerviosos, mirando a los costados por si venía alguien. Y luego otro colchón que cayó sobre mi cara, los dos ya muertos de risa.
Rápido y felices de la vida, volvimos a mi casa, donde le contamos a mi mujer de ese momento, que teníamos un somier y dos colchones y que uniéndolos podían convertirse en una cama matrimonial como la gente. Ella aceptó sin preguntar en detalles. Los acomodamos, saltamos sobre ellos y, decididamente, pensamos que era lo mejor que se nos había ocurrido, en un momento donde no había plata para colchones nuevos pero teníamos que dormir igual.
Yo tenía veinticuatro años y estaba recién llegado a Miami, en busca de una gran aventura llena de incertidumbre y de emoción. A esa edad donde no hay colegios que pagar ni muchos gastos que cubrir, no te importa nada. Aunque la idea era cumplir el sueño americano. Otro día recibí un llamado de mi amigo Fede, un aventurero que había llegado a la ciudad a tocar la guitarra y trabajar en un restaurante. Él iba a todos lados caminando por las calles más lujosas con la viola en la espalda y un cuchillo bien afilado en el cinturón, a la vista de todos. Una imagen que daba un poco de miedo y que seguramente presionaba a cualquier desconocido a tirarle unas monedas después de cada canción.
Cuestión que me llamó desde un teléfono de calle, contándome que estaba a cinco cuadras de casa, frente a un sillón abandonado en la vereda. Hablaba del sillón con un amor similar al que uno siente por un perro abandonado. Al instante me fui para allá, lo levantamos entre los dos y de a poco lo llevamos para casa. Pesaba mucho y parábamos entre cuadra y cuadra. Nos sentábamos a descansar en el sillón mismo, mientras la gente que pasaba caminando nos miraba sonriendo, y nosotros nos íbamos convenciendo de que realmente era cómodo.
Lindo no, ya que era un sillón amarillo patito muy pero muy feo que ni siquiera entraba en la categoría de arte kitsch de Miami. Pero en definitiva era un sillón, y en un futuro con un poco de plata hasta se podría retapizar. Fue una gran época. Nueve meses donde estuvimos lejos de casa, destetándonos y viviendo por primera vez dependiendo solo de nosotros. Una época donde no teníamos asegurado un sueldo a fin de mes, ni la ayuda de nuestros padres. Menos era más y cada día era una nueva aventura. Un día apareció el Punga, otro amigo del colegio que llegó, como todos nosotros, para quedarse toda la vida, cosa que él sí hizo. Hoy sigue ahí con una excelente carrera y una linda familia que formó durante estos diecinueve años que pasaron.
El Punga fue para estudiar y poder armar una carrera en una prestigiosa compañía de finanzas. Pero durante los primeros
meses que pasamos juntos, se dedicó más a divertirse con nosotros que a agarrar un libro. Éramos un buen equipo donde nos unía la libertad, la lejanía de las familias, la playa y el andar en bici, ya que ninguno tenía auto y ni siquiera security number. Nos la pasábamos andando en bici, yendo de una casa a la otra o de una playa a la otra, como si estuviéramos en Miramar. Obviamente escuchábamos mucha música, y en especial mucho reggae.
Hoy a la distancia creo que una de las antenas que sintonizaron esa amistad, sin duda, fue la música de Bob Marley. Más allá de que escuchábamos también mucho Alpha Blondy, Ben Harper y Peter Tosh. Ese sonido que tiene particularmente Marley y esas letras que hablan de amistad, de esperanza y de rebelión lograban que los días pasaran de una manera más simple y positiva. Hay un dicho que dice que si entrás a la casa de alguien y tiene discos de Marley, estás frente a una buena persona. Eso me pasó con el Punga: cuando fui a su casa recién estrenada y alquilada.
Yo de Marley sólo tenía dos discos: el clásico Legend, lleno de grandes éxitos, y un recital en vivo que tenía en casette con pocos temas, pero con una versión tremenda de “No woman no cry” que validaba la compra. Ese mismo primer día, mirándole los discos, me copé con una cajita que tenía bien compacta y muy bien diseñada llamada Songs of freedom. Además de los cuatro CDs, cada uno de un color diferente y con una curada selección de cada época, aún quedaba espacio para un librito bien completo con fotos
y su historia.
En ese momento sin necesidad de escucharlo, descubrí que Marley era mucho más de lo que yo conocía. Descubrí también canciones que no conocía y que todas tenían su propio poder fuera de un grandes éxitos, como “Africa Unite”, “One Drop”, “Kaya”, “Pimper’s paradise”, “Crazy baldheads”, “Kinky Reggae” y “Sun is shining”, solo por nombrar algunas.

Nunca profundicé en su historia, más allá de algunas curiosidades divertidas como su fanatismo con el fútbol o que manejaba un BMW en honor a su banda —Bob Marley and The Wailers—. Que fundó a los Wailers con Peter Tosh y luego se distanciaron, dicen que porque Marley era más un idealista y Tosh era más activista, además de una cuestión lógica de egos y celos. Por último que era mujeriego y medio misógino y que su muerte fue a los 36 años y a causa de un pisotón jugando al fútbol, que derivó en una herida no curada, que derivó en un cáncer que nunca quiso tratarse, debido a su religión de Rastafari que no creía en los médicos. Muy loco también que murió en Miami, lugar donde narro este recuerdo, hace como cuarenta y dos años en un Febrero.

La música de Bob fue perfecta para ese tiempo que viví, cuando si bien no cumplí con el típico sueño americano, hoy lo recuerdo con cariño como un pequeño sueño argentino. Antes de volverme a Buenos Aires, el Punga me regaló esa caja con los CDs que tanto yo ponía cada vez que iba a su casa, y me negué. Pero la metió de prepo en mi valija y hoy la conservo como parte de esa gran amistad, en un lugar especial de mi casa. A casi veinte años de esos meses, ya no escucho tanto a Marley, solo cuando
quiero volver a Miami.
Ah, nunca terminé de contarte qué pasó con los colchones. A las tres semanas nos empezó a picar el cuerpo. Ronchas que se fueron duplicando y multiplicando por todo el cuerpo, hasta que un día nos miramos recién levantados, y con un par de gestos hacia el colchón, automáticamente levantamos sus bordes abriendo en los costados. Y nos encontramos con cientos de chinches que se movían frenéticamente de un lado a otro, seguramente se habían instalado ahí antes que nosotros.
Espantados y después de una ducha donde nos gastamos todo el jabón, llamamos a un fumigador. Horas después, mientras estábamos en el pasillo del condominio esperando la masacre de las chinches, apareció el conserje, un cincuentón medio argentino y parco, que nos escuchó contar lo sucedido desde que nos trajimos el colchón de un patio de hotel, y sin mirarnos nos
dijo: Acá todos vienen a cumplir el sueño americano, pero muy pocos lo logran. No sonaba para nada a una frase de Bob Marley.
Te dejo con una playlist personal de Bob. ¡Hasta la próxima!
*Diego Villanueva es autor de "Casi 30 artistas para antes de dormir"


