La vida misma

Elogio del oportunista

Tienen una mala fama tan inmerecida como tal vez inmerecida buena suerte, y por ambas razones son imprescindibles.

Carlos Alvarez Teijeiro
Carlos Alvarez Teijeiro domingo, 12 de marzo de 2023 · 07:09 hs
Elogio del oportunista
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Un oportunista no es ni mucho menos un oportuno, sino su inflamación, su versión exagerada y enfática, no quien tiene puerto, pues eso significa o-portuno, sino quien se las ingenia sagazmente para buscarlo, admirable cualidad de la que muchos oportunos carecen, como si la vida fuese de un solo puerto tan fácil de descubrir como de procurar.

Por el contrario, la vida lo es solo en tanto que los puertos son inciertos, misteriosos, y procelosos los mares que a ellos conducen, nunca faltos de riesgo y aventura, o incertidumbres, si se quiere, condición imprescindible para la sorpresa y el milagro, porque de sorpresa y milagro, cierto estoicismo y mucho buen humor está repleta la vida del oportunista, que no la del oportuno.

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El oportuno es un obvio, un ya sabido y esperable, un insidioso “te lo dije”, un aburrido que en su desvarío podría llegar a convertirse en un perfecto sinvergüenza -solo un reverencial temor al ridículo se lo impide-, pero nunca en un sinvergüenza perfecto, como sabiamente distingue el pensador español Jacinto Choza, un sinvergüenza certero solo en su frágil falta de certezas y, por eso mismo, a la busca y captura del auxilio de otros, del socorro piadoso para su propia menesterosidad.

Al oportunista, en contra de lo que se cree, no solo no le faltan puertos, sino que abunda en viajes y aventuras para tratar de conquistarlos, de arribar al fin a esa serenidad que cómica e irónicamente niega a poseer, pero sí posee.

El oportunismo es el reino de la verbigracia, de la versatilidad, frente a la aburrida y previsible monotonía del oportuno, que de tanto serlo convierte la inoportunidad en su santo y seña.

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En el fondo, el oportuno es minuciosamente aburrido, informadamente inculto, al revés de lo deliciosa y gozosamente alegres que son los oportunistas, siempre dispuestos al sabor del mundo incierto, improbable, imprevisible, de ahí la superioridad moral precisamente donde se les cuestiona y escamotea, pues todo oportunista sabe más del destino al que estamos llamados que el oportuno, quien tan solo sostiene -de manera irredimible e irremediable- que el puerto es uno y uno el modo de alcanzarlo, lo que le confiere la gravedad de la sentencia -casi siempre condenatoria-, y no la felicidad de la poesía.

El mundo necesita más oportunistas que oportunos, más débiles que fuertes, más dubitativos que ciertos, más alegres que taciturnos, más enamorados que seguros porque, como decía Juan Crisóstomo en el siglo IV, “donde está el amor, allí está la fiesta”.

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