La Argentina que duele: cómo es emigrar después de los 60 años
Emigrar es comenzar una nueva vida. Tal vez, por eso, se lo asocia a jóvenes o gente que tiene más camino por delante que el ya recorrido. Pero en la Argentina de hoy, llena de problemas de todo tipo, hay historia que rompen con esa regla.
Por ejemplo, emigrar después de los 60 años. Cuando se escuchan casos así, se puede pensar que se trata de alguien que eligió hacerlo como una forma de jubilación relajada. Una buena posición económica que permita dejar de trabajar para pasar esa etapa de la vida disfrutando de los frutos que sembró años atrás. Ante un presente
Distinto es cuando se hace por los mismos motivos que un veinteañero, tratando de forjarse un futuro mejor ante un presente difícil.
Es el caso de Eduardo, que hoy tiene 62 años y hace poco más de un año decidió dejar el país con su mujer Patricia, de 59.
En enero del 2022 llegaron a Israel, dejando atrás una vida que fue próspera pero que, poco a poco, se desmoronaba.
Como ingeniero químico, trabajó durante mucho tiempo en importantes industrias hasta que, en 2017, se quedó sin trabajo y tuvo reinventarse. Su pasión por los perros le abrió una puerta. A través de un conocido que se dedicaba a adiestrar perros, comenzó con su nueva actividad.
“Fue una linda experiencia y también redituable. Llegué a ganar casi lo mismo que cuando trabajaba de ingeniero. La situación se complicó hacia fines del 2019, después de las PASO. El trabajo cayó mucho y mi amigo, que tenía la empresa de adiestramiento, se fue a Estados Unidos. Yo seguí pero ya no ganaba lo mismo y el punto fue cuando no llegábamos a fin de mes. Ahí fue cuando comenzamos a pensar seriamente que teníamos que hacer algo y cuando nos planteamos emigrar. Por más que restringiéramos los gastos, no nos alcanzaba la plata y nos estábamos comiendo los ahorros”, explicó a MDZ desde Israel.
Una hija y un hijo, este último casado, una departamento alquilado en Rosario, una casa en San Pedro que no puede vender y un Renault Duster comprado con plan de ahorro hacía siete años. Esa era la realidad de Eduardo cuando tomó la decisión de emigrar.
En 2001 estuvo cerca de hacerlo a Estados Unidos, en otras condiciones, pero el plan se frustró.
Reconoce que no siempre tuvo la idea de emigrar a Israel, pero después de evaluar otras opciones consideraron que era lo mejor.
Al tener descendencia judía, el país está preparado para recibir inmigrantes, a partir de la Ley de Retorno de 1950. A diferencia de otras naciones, donde la ciudadanía se puede tramitar sin necesidad de ir al país.
“Pudiendo demostrar ascendencia judía y con la documentación pertinente, si sos argentinos, apenas pisas Israel te convertís en ciudadano israelí” explicó.
Una vez llegado al territorio, hay una serie de ayudas económicas para que la persona o familia se radique. Desde subsidio para alquilar y vivir el primer tiempo hasta créditos. En caso de no hablar hebreo, es obligatorio hacer un curso intensivo de seis meses. Mientras tanto, el Estado ayuda al inmigrante.
“Nosotros llegamos con 3.000 dólares. No siempre pensamos en emigrar a Israel, pero vimos que teníamos muchas oportunidades. Hasta el pasaje para venir fue gratis. Sabía que tenía un desempleo muy bajo, del 2%, y que la inflación era de 0,5% anual o de menos 0,3%” detalló para ejemplificar la situación.
Empezaron desde cero. Patricia era óptica, pero también había trabajado como maestra jardinera. Eso le sirvió para ingresar en un jardín de Infantes. Se postuló un día y al siguiente la tomaron.
Eduardo comenzó a trabajar en una empresa de limpieza de edificios de un argentino que hacía años estaba radicado en Israel.
“Vine dispuesto a hacer cualquier cosa. Empecé limpiando, con la perspectiva de ser supervisor, que es lo que soy ahora. También busqué como ingeniero agroindustrial. En Israel a nadie le importa de qué trabajás. Lavando platos vas a vivir bien.” contó
Entre los dos ganan un poco más de dos sueldos mínimos que rondan los u$s1.500. “Sumamos unos u$s3.500 y nos alcanza para vivir tranquilos. Ahora nos estamos comptrando un Renault Arkana a crédito”, contó
Viven en Kiryat Atta, una ciudad al norte de Tel Aviv y a 15 kilómetros al oeste de Haifa. Al principio alquilaban un departamento de 35 metros cuadrados y ahora viven en uno de 85 metros por el que pagan unos u$s900.
Ya radicado y sin la incertidumbre de las primeras semanas, Eduardo relata cómo fue el proceso de dejar el país.
“Cuando tenés 30 años, emigrar es salir de la zona de confort. A mi edad es distinto. Nosotros nos jugamos porque nos íbamos a morir esperando un cambio. Viendo que la situación social está rota en la Argentina, va a ser difícil que se arregle. Si el país cambia para bien, va a necesitar 20 o 30 años para ver los resultados. Con 60 años no me quedaba tiempo”, contó.
“Lo hablamos mucho con mi señora. Yo estaba más seguro. Ella era un poco más miedosa. Pero lo peor que nos podía pasar es que tuviéramos que volver. Hoy nos damos cuenta de que la decisión fue correcta. No sólo por lo económico. Salir a cualquier hora sin estar pensando en la seguridad. Acá los chicos de 5 años van solos al colegio” destacó
“Es triste ver al país en estas condiciones. Lo normal es que se vayan los hijos. Nosotros hicimos al revés. Nos fuimos nosotros y ahora estamos incentivando a nuestros hijos a irse”, reconoció Eduardo.

