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La hormiga y el tigre, capítulo II: República

El capítulo II de la novela "La hormiga y el tigre", de Pablo Gómez
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Capítulo II: República

El sol estaba ese año pegando más duro que de costumbre, y le quemaba hasta el alma a quien se atreviera a salir a la calle en el mediodía del pueblo. Las casas del barrio eran absolutamente todas de color blanco, pintadas con cal para disminuir las posibilidades de que ingresaran a los hogares plagas, hongos, bacterias y humedades varias; de paso reflejaban la luz del sol que, al golpear en las paredes, parecía como estar pidiendo permiso para ingresar. Pero la autorización le era denegada por la blancura de la pintura caliza, por lo que en cierto modo podría decirse que el interior de las viviendas estaba más fresco, o al menos no tan caluroso como el entorno que las rodeaba.

Increíblemente, a solo algunas decenas de kilómetros, el mar Mediterráneo esparcía belleza y refrescante brisa marina. Pero ese dato era desconocido para buena parte de los habitantes del lugar quienes, sufriendo el microclima al que estaban ya acostumbrados, habrían apostado sin dudarlo ni un instante por la falsedad de esa información, si es que alguien se las comentaba; y es que los campesinos, como regla general, no tenían la posibilidad de andar paseando por ahí, por lo que la grandísima mayoría de los habitantes del lugar iban a morir seguramente sin llegar a ver el mar.

Un lamento gitano, más llorado que cantado y acompañado por una guitarra desafinada, salía de alguna de las viviendas, aunque nadie intentaba averiguar de cuál de ellas. No es que la música fuera desagradable; simplemente lo que ocurría era que el calor exigía minimizar movimientos. Con ritmo de flamenco, una queja cristiana pedía a su dios ayuda para pasar con menos pena la vida, aunque todo indicaba que la acústica celestial estaba siendo defectuosa, por lo que no debe haber sido escuchado claramente el pedido desde el reino de los cielos; no había dios que contradijera lo obvio.

Ardía la villa en ese verano, y un labriego regresaba a casa después de haber conseguido tan solo medio jornal de trabajo; las maderas que hacían las veces de puerta crujieron, más desafinadas aún que la guitarra gitana, cuando el hombre las empujó para ingresar:

–Y hoy, ¿qué se come?  –preguntó Telésforo Marín al entrar a la vivienda.

–Buenos días se dice primero, hombre –respondió Crisanta mientras movía la espátula en la inmensa sartén que chirriaba sobre el fuego.

Habían pasado más de diez años desde los hechos revolucionarios en los que el Tele y la Crisa se conocieron. Mucha agua había corrido bajo los puentes desde aquella tarde en que ella lo curó de sus heridas tras el último combate que el ejército campesino libró contra las fuerzas regulares de España. Ambos tenían en el espíritu las cicatrices de los meses que pasaron en prisión tras el fracaso de la revuelta, pero peor había sido el destierro y hasta la pena de muerte sufridas por algunos de los líderes. Telésforo Marín y Crisanta Rodríguez, que ya rondaban los treinta años de edad, se habían ido a vivir juntos, pero no sin antes casarse, aunque no del todo convencidos de hacer promesas en presencia de un cura; pero en definitiva y como ya estaban marcados como rebeldes, la formalidad de la iglesia los libraba de ser considerados concubinos, lo que les habría implicado no solamente una vida después de la muerte en el mismísimo infierno, sino también malos tratos en la vida presente. La iglesia anotaba los nacidos, los bautizados, los casados y los difuntos, y el que no pasaba al menos en esos momentos de la vida por la parroquia era en muchas ocasiones considerado un paria en la sociedad. Era esa misma iglesia también la que informaba al ejército de los varones que estaban en edad de ser reclutados, así es que el concubinato era la puerta de entrada a una posible vida de sufrimientos de los niños que tuviera la pareja; si no estaban los padres casados, no se podía bautizar al hijo, y muy probablemente no era convocado a la milicia. Ese adolescente iba a tener que apersonarse en el cuartel a explicar su situación, lo que por regla general no era nunca una buena idea.

Pero todas estas conjeturas no existían en la mente del trabajador, que atendiendo a la solicitud de su esposa y a las ganas de comer que tenía, cambió el modo de dirigirse a la mujer:

–No, si al final me va a sacar bueno –expresó entre resoplidos el hombre –buen día Crisa, ¿cómo anda? ¿Qué manjar se encuentra usted preparando en el día de la fecha?

Crisanta Rodríguez se dio por satisfecha con la reformulación de la pregunta, y de buen humor le contestó:

–Hoy se comen migas.

–¡Migas!¡Pero qué rico…! –respondió el Tele con alegría.

–Me parece muy bien que le gusten, don Marín, así que agarre una cuchara y siéntese en la mesa, que ya llevo la fuente –contestó Crisanta, cerrando la breve charla de bienvenida a su esposo.

Las migas eran una de las comidas principales de los pobres, tanto en la España del siglo XIX como en distintas épocas y lugares diversos del mundo. Quizá tenía otro nombre en otros sitios, pero, en definitiva, la comida era la misma; consistía en hacer un bollo de harina, con agua y un poco de sal, y cocinarlo hasta que el calor desgranara el mazacote convirtiéndose, en la sartén que lo contenía, en algo parecido a migas de pan. De hecho, si no se disponía de harina, la comida se podía hacer con pan viejo, desmenuzándolo y cociendo las migas en agua, obteniendo al final del proceso un resultado similar al anterior. Además de ese ingrediente principal, las migas se acompañaban con lo que fuera que se consiguiera en la región; peces o mariscos en las zonas costeras, o chacinados en los pueblos de tierra adentro. Para el almuerzo de ese día, Crisanta tenía un choricito y un poco de tocino que habían recibido como pago por ayudar a un vecino a faenar un cerdo. Era habitual, y lo sigue siendo, que al desguazar un animal los dueños de casa repartan algunos de los chacinados obtenidos entre quienes les han ayudado en la tarea.

Así, para hacer las migas de ese día, Crisanta había empezado friendo el chorizo y el tocino, cortados en trocitos; una vez fritos, eran retirados de la sartén en la que quedaba una buena cantidad de grasa líquida, por lo que, al echarle luego la harina y el agua, la masa se cocinaba con un saborcito especial. Con las migas ya listas para ser comidas, se le volvían a echar los chacinados que estaban esperando en una bandejita en un rincón de la cocina-comedor-dormitorio, para así mezclarse todos los insumos y saborizar al alimento. Si además de estos ingredientes se podía hacer una salsa con algunos tomatitos, también se sumaban; y esa estaba siendo el caso en esa ocasión, por lo que las migas de ese día eran un riquísimo manjar, que la pareja de trabajadores se disponía a comer.

La Crisa notó que el Tele se escurría por detrás de ella hacia la zona en donde estaban los trozos de chacinados listos para ser vueltos a colocar en la sartén, y en cuanto vio que el hombre estiraba la mano para agarrar un pedacito de chorizo, le pegó el grito:

–¡Tele!… ni se le ocurra agarrar un pedazo de nada de esa fuente. Lo que coma ahora, se lo resto de su porción enseguida. Si no se aparta de la bandeja de los fritos, se lo juro, va a terminar comiendo solo pan.

La mirada firme de su mujer le resultó más convincente que el hecho de perderse un choricito dentro de un rato, por lo que el Tele cesó en su intento:

–Está bien señora… usted gana.

Terminada la elaboración de la comida, Crisanta corrió las migas mezcladas con los chacinados hacia los bordes de la sartén, dejando un hueco en el centro en donde colocó la salsa de tomates. El matrimonio se sentó alrededor de la mesita, con una cuchara cada uno, y empezaron a encarar al recipiente con la comida; la regla no escrita a la hora de comer migas, con todos los comensales sin platos individuales sirviéndose desde una sartén común situada entre ellos, consistía en comer cada uno de su sector del recipiente, sin atacar los chacinados que estaban en el espacio de la otra persona. Y el que no cumplía con la regla, podía fácilmente recibir un cucharazo en la mano, medida persuasiva como pocas.

–Y qué se dice por el pueblo, Tele, cuénteme por favor –solicitó Crisanta a su marido.

–Nada nuevo –comentó amargamente el labriego –la idea de la República sonaba muy linda cuando no la teníamos, pero ahora que la conseguimos, no estaría funcionando como esperábamos.

Sus palabras eran tan reales como demarcatorias del futuro. La Primera República española se había proclamado en ese mismo año, pero la España profunda, monárquica, seguía existiendo; aunque ni siquiera terminaba de decidir a cuál rey quería a cargo de la corona, si es que la monarquía se restauraba. Y esas refriegas se manifestaban en la cotidianeidad de la vida de las personas, más allá de que desde el gobierno se siguieran buscando soluciones republicanas a problemas que no lo eran.

–Tele, no llevamos ni seis meses de República, qué pretendía, ¿soluciones mágicas?

El Tele no respondió, pero sí, muchos de los habitantes del país esperaban soluciones mágicas, y otros tantos temían represalias varias. La República había arrancado durante el invierno pasado, pero solamente como respuesta a la imposibilidad de la monarquía de solucionar mínimamente las cosas. España había tenido reyes por siglos, y los cambios, para que se notaran, debían primero madurar en una sociedad que ya no tenía paciencia para nada. La posibilidad de elegir a las personas que los gobernaban, hacía suponer a los labriegos que iban a tener mejoras en su vida cotidiana, a diferencia de lo que ocurría con la anterior monarquía que ya ni siquiera estaba siendo tan absoluta en los últimos años, sino más bien una monarquía parlamentaria, que de todos modos no alcanzó a satisfacer las necesidades de cambio de los españoles. Sumado a eso, los rencores del pueblo contra las instituciones que habían sostenido a la realeza eran evidentes y palpables. Tan palpables como las iglesias que empezaban a ser quemadas, no desde el gobierno específicamente, pero sí desde su entorno, ya que las autoridades dejaban actuar a grupos informales que daban rienda suelta a sus instintos más básicos. Algo similar ocurría con las familias aristocráticas y con los mercaderes más reconocidos; todos temían represalias en cada esquina, de parte de cualquiera de las personas que sentían que habían sido explotadas en el pasado. Por supuesto, y como siempre pasa en ríos revueltos, hay pescadores que multiplican sus ganancias. No todos los republicanos eran honestos en sus creencias; estaban también aquellos que habían sido monárquicos antes para acomodarse con la aristocracia, y ahora eran los más enfervorizados republicanos, que iban por las calles señalando a sus antiguos conocidos, pero que en privado seguían frecuentando grupos cercanos a la realeza, atentos a la posibilidad de que el tema de la República no cuajara del todo. Como bien declara la frase, ponían huevos en todas las canastas, y sin importar quien gobernara, siempre tenían nexos con sectores cercanos al poder de turno.

Pero puertas adentro de la vivienda, las migas ya estaban siendo devoradas por la pareja de jornaleros, y Crisanta insistió con las preguntas:

–Y del destino de don Rafael, ¿se habla algo?

El Tele se encogió de hombros y volvió a encarar la sartén para seguir llenándose la boca. De algunas cosas era mejor no hablar. Bastante frescas estaban todavía las represiones sufridas por los campesinos una vez que fue abatida la revuelta. Don Rafael, el líder máximo de aquella revolución, había logrado escapar y se ocultó en distintos lugares utilizando disfraces varios; hasta de cura se vistió en un momento, para poder trasladarse de un pueblo a otro. Algo más de un año después de la revuelta, la Reina dictó un indulto que incluía al comandante máximo del levantamiento, por lo que luego de publicada esa norma el veterinario pudo regresar a su ciudad de origen; pero los malos tratos de las autoridades locales sobre el hombre no cesaron, y fue por ello que terminó trasladándose en forma definitiva a otro pueblo. Las familias más encumbradas del lugar se la tenían jurada a don Rafael, y a través de denuncias falsas lograron obligar al otrora querido veterinario a malvender propiedades para pagar a los caciques sus requerimientos. De todos modos, bastante barata la sacó el hombre, en comparación con las segundas líneas de su ejército campesino. Se contaba en el pueblo la historia de un pariente revolucionario del cacique principal del lugar, y dueño de buena parte de la comarca; este pariente vivía en un pueblo cercano, en donde la rebelión se había iniciado, y fue uno de los condenados a muerte, en un juicio que claramente marcaba su tendencia condenatoria aún antes de presentarse la primera prueba en contra del desdichado. Pero no solo eso; al parecer la suma de los delitos de ser revolucionario y ser la oveja negra del clan familiar, al que se esperaba que respondiera como una obligación de clase social, colocaron al rebelde en el peor de los lugares. Quizá por eso la pena de muerte decretada contra este pobre hombre no fue ejecutada a través de un fusilamiento, sino que se llevó a cabo utilizando el garrote vil; este tormento, que tantas vidas se cargó no solo en España sino también en las colonias del imperio por todo el mundo, consistía en sentar al condenado, atado, a una especie de silla con respaldo alto, donde se lo ahorcaba lentamente con un torniquete aplicado en el cuello. La muerte sobrevenía después de un tiempo, que podía llegar a ser hasta de media hora, tiempo variable en función de qué tan rápido y con qué fuerza el verdugo le apretara el pescuezo al infortunado reo. Como regla general, no había apuro por matar a las personas condenadas a este tormento; se avanzaba lentamente en el estrangulamiento, y solo se producía una muerte rápida si el torniquete rompía las vértebras del desdichado, produciéndole muerte cerebral. Pero en la mayoría de los casos al deceso del condenado se llegaba por asfixia, tras muchísimos minutos de lenta agonía.

Don Rafael, al escabullirse, literalmente salvó su pescuezo. Luego de eso, y ya indultado, volvió a ser parte de la vida político-militar de la región; participó de la revolución que terminó derrocando a la Reina, y volvió al pueblo a denunciar a los caciques de la zona por aquel juicio amañado en su contra, que en su momento le había costado al veterinario buena parte de sus bienes. En esta segunda vuelta, y con la Reina en desgracia, el caciquejo local no quiso arriesgar suerte y pagó al hombre en un acuerdo extrajudicial una importante suma indemnizatoria. Después de eso, y con la República ya vigente, don Rafael se retiró de la vida pública.

Pero más allá de los avatares de la vida del líder principal y de los ajusticiados de la segunda línea de mando, Telésforo Marín y Crisanta Rodríguez, así como la gran mayoría de campesinos y campesinas que habían sido parte de la revuelta, seguían sin mejoras en su vida cotidiana, sin importar quien gobernara.

Por suerte para el Tele y la Crisa se tenían el uno al otro; la pareja se había construido una humilde vivienda en un callejón de las afueras de la villa, en una zona cercana al denominado camino de las epidemias, y allí esperaban pasar la vida. Juan Sordo, el común amigo de ambos, vivía también en la misma zona, algunas casas más hacia el poniente, algo más lejos que el Tele y la Crisa de la ermita que compartía callejón con ellos, y que había acobijado a los heridos en aquella revuelta que aún volvía en cada charla; las sesiones de parloteo entre los amigos intentaban infructuosamente solucionar con palabras, una década después, lo que en su momento no lograron conseguir a los tiros. Juan estaba, al igual que Telésforo, casado; en su caso, con Agustina Aragón.

Agustina era una mujer de cabellos oscuros, piel trigueña y ojos arábigos, que iba por la vida siempre con una sonrisa en los labios; la rapidez y sarcasmo para responder las chanzas que se le hacían, la convertían en una de esas personas que es preferible tener siempre del lado de uno. Juan se había enamorado de Agustina la primera vez que la vio, pero pasaron algunos años para que la cosa fuera mutua; semanalmente se cruzaban en la huella camino al río. Aunque en los primeros tiempos algunas veces se veían cada quince días, pues el campo en el que Juan Sordo estaba picando el terreno para canalizar agua del río, con el objeto de convertir tierras de secano en una zona irrigada, quedaba más allá del sitio en que la morisca acudía habitualmente a lavar la ropa de toda la familia. Al jornalero le llevó más de un año desarrollar la logística necesaria para lograr pasar por el lugar exactamente cuando Agustina estaba sobre la misma ruta, año en el que más de una vez se perdió el encuentro por errores de cálculo; finalmente, y ya sincronizados los horarios y los corazones, ambos enamorados respetaban a rajatablas la hora del encuentro, pues cualquier error podía dejarlos sin el cruce de miradas, las sonrisas cómplices y el rubor creciente en las caras de los tórtolos. Pero una buena tarde, la suerte quiso que Agustina tropezara y se doblara el tobillo justo en el cruce, lo que obligó a Juan Sordo a socorrerla. De no ser por las irregularidades del camino que corría por la orilla del río que con su agua daba vida a la villa, muy probablemente Juan y Agustina habrían muerto sin conocerse; aunque es difícil encorsetar al destino de los enamorados con tan pocas certezas disponibles para sacar semejantes conclusiones. Es muy posible también que, de no mediar coincidencias naturales, alguno de los dos enamorados habría generado una situación que ameritara la charla. De todos modos, Juan tenía serias dudas de que no hubiera sido esto último lo que realmente sucedió en aquella buena jornada en que la mujer cayó literalmente a sus pies; en definitiva, sea como fuere que Agustina terminó en los brazos de Juan, allí seguía hasta la fecha, y eso era más que suficiente para ambos.

A pocas casas de distancia de la que compartían Agustina y Juan, y una vez finalizado el almuerzo, la Crisa y el Tele se durmieron una buena siesta, necesaria para no sufrir en el cuero los embates del calor, y fundamental para que el cuerpo hiciera la digestión de las grasas que conformaban las migas que acababan de consumir.

Pasada la siesta y ya con el sol escabulléndose entre las sierras, la oscuridad se esparció una vez más sobre el sur de España y Crisanta recordó, quizá por el calor que no cedía en esta noche de fines de julio, aquellos momentos con el Tele en plena revuelta cuando tendidos miraban al cielo en busca de estrellas fugaces, o quizá simplemente a la espera de que el coraje le permitiera al jornalero declararle su amor a la Crisa.

–Tele, qué le parece… –expresó la mujer a su esposo –…si invitamos al Juan y a la Agustina, y nos tiramos a ver las estrellas, como cuando nos conocimos…

Telésforo Marín hubiera preferido mejor dormir; pero la verdad es que era imposible para él resistirse a un pedido de su Crisanta, así es que partió raudamente, cuesta abajo, hasta la casa de su amigo. Mil veces iba Tele a lo de Juan y otras mil venía Juan a la suya, y no había vez que al realizar esa caminata dejaran de mirar de reojo a la ermita, que desde el fondo de la calle daba identidad al barrio de los trabajadores. Al llegar a la casa de Agustina y Juan, Tele golpeó la puerta, y llamó a su hermano de la guerra y de la paz:

–Compañero Sordo, preséntese de inmediato –gritó el Tele, impostando la voz para sonar más intimidante –la caba Crisanta Rodríguez lo reclama a la brevedad.

–Usted sí que está jodido, Tele –contestó Juan entre risas a su amigo –si después de tantos años no ha logrado aún diferenciar las órdenes de la caba de los pedidos de la esposa…

Los jornaleros se fundieron en un abrazo. Era realmente una bendición del cielo, si es que existía un cielo que entregaba bendiciones, que semejantes amigos se tuvieran uno al otro.

La charla no pudo avanzar mucho más ya que apareció por la puerta Agustina, quien con tanto revuelo salió a ver de qué iba la cosa:

–¿Y cómo es que anda este burro suelto, sin la dueña tirándole de la soga?

–De eso se trata, estimados –aclaró Telésforo –estoy acá cumpliendo instrucciones precisas de la superioridad. Al parecer, ha llegado la hora de ir a mirar el cielo.

–Si está mandado, que así sea entonces –sentenció la mujer –no seré yo la que promueva la insurrección en contra de la autoridad.

Y sin más trámite, partieron, subiendo la cuesta, al encuentro de Crisanta. Ya reunidos, los cuatro amigos se alejaron de las pocas luces que quedaban en los alrededores, y se tiraron al piso para contemplar el firmamento.

–Ustedes sí que saben divertirse –comentó Agustina sonriente, sin haber siquiera terminado de acomodarse.

–No se queje, vecina –respondió Crisanta, siguiéndole la corriente a su amiga –peor es que la dejemos a solas con ese atrevido del Juan, ¿no le parece? Si se vuelve a quejar, suspendemos todo y se vuelve a la casa.

En esa charla estaban cuando la primera estrella fugaz cruzó el firmamento, y arrancó una exclamación conjunta de las cuatro bocas. Ni dos segundos habían pasado, cuando vieron la segunda estrella y casi de inmediato, una tercera.

–Ay, esta Crisanta –comentó Juan Sordo –al parecer se puso de acuerdo con el mismísimo cielo, y nos trajo para sumar más deseos. ¡Con solo los suyos, no le alcanza!

Las estrellas siguieron cayendo a medida que pasaban los minutos, lo cual no era de ningún modo un milagro. Por pura coincidencia y sin que Crisanta tuviera ni la más mínima idea de que eso sucedería, esa noche era la ideal para observar una de las tantas lluvias de estrellas que pueden verse en distintos momentos del año. Pero en nada afectaba a los campesinos el desconocimiento de semejante dato; los cuatro soñaban, con cada estrella que caía, con nuevos deseos. La luna, casi nueva, estaba recién empezando a crecer, por lo que ayudaba con su escasa luz a tener una mejor visión del espacio sideral, y a soñar con la concreción de los deseos. Efímeros deseos de estrellas efímeras, en la campiña andaluza del siglo XIX.

–Digan lo que quieran –declaró el Tele –pero aquella vez, los deseos se me cumplieron; acá estoy, en el lugar deseado, junto a mi Crisa y mis amigos.

Y no dejaba de ser cierto.

Al día siguiente, y cuando el sol recién estaba asomando por el oriente, ya estaban Juan y Tele en la plaza del pueblo. Esperaban conseguir en ese día algún trabajo en tareas de desmonte, para que luego el arrendatario pudiera plantar en el campo trigo o algún otro cereal. Pero eso de definir qué plantar no era el problema que hoy aquejaba a los campesinos, que solo esperaban ser elegidos por alguno de los encargados de las tierras, que cada mañana pasaban por la plaza a contratar la cantidad de peones que iban a necesitar ese día. Por su parte los arrendatarios, que eran de todos modos trabajadores que habían logrado obtener una pequeña parcela en arriendo, tampoco es que la tenían fácil; los caciquejos y sus terratenientes les alquilaban las tierras “a riesgo y aventura”, lo que significaba que, aunque la cosecha fuera mala, igual debían pagar al dueño lo previamente estipulado. Ellos pagaban a los jornaleros diariamente, o a lo sumo en forma semanal, y recuperaban el dinero, si es que tenían una buena cosecha, recién al final de la temporada. Los propietarios de las tierras, por su parte, solo disfrutaban de la vida, sin importarles las inclemencias climáticas; de cualquier modo, siempre cobraban.

Pasó la primera hora de luz de ese día, y para sorpresa de Juan y Telésforo casi no hubo contrataciones. Algo extraño parecía estar sucediendo... y efectivamente, era así nomás. Apenas pasadas las ocho de la mañana, varios hombres a caballo cruzaron al galope con rumbo al Ayuntamiento, al que ingresaron como que iban a ser los nuevos dueños; ante los ojos atónitos de los jornaleros se estaba formando un “cantón” en el pueblo, que no era otra cosa que un movimiento revolucionario que pretendía independizar a esta región del resto de España. La idea no era nueva, ni local; la reciente República estaba fallando en atender a las necesidades de federalismo de las distintas regiones, y eran estas las que ahora pretendían, por cuenta propia, independizarse del poder central para luego intentar, de ser favorable a sus intereses, formar una federación en la cual el poder ascendiera desde las regiones al centro y no al revés, como siempre había ocurrido. Decenas de cantones se formaron en poco tiempo en distintos pueblos y ciudades, principalmente de Andalucía. Para cuando se desarrollaron los sucesos del pueblo, había ya hasta un cantón creado en la ciudad capital de la provincia. Los revolucionarios habían tomado el control del lugar en cada uno de esos sitios, lo que no siempre había ocurrido de forma pacífica. Pero más allá de la forma utilizada, el reclamo de fondo era similar en todo el sur y el este de España; los trabajadores no se sentían identificados con las decisiones que se tomaban en Madrid, desde donde no se entendía a los labradores. Esta desconexión bien podía explicarse por la distancia geográfica que separaba a la capital de los puntos en conflicto, pero en el fondo reflejaban las lógicas que regían a las decisiones económicas; la agricultura se realizaba en forma obsoleta principalmente en el sur del país, y lo que pasara o no pasara en estas zonas de España no movía la aguja de la economía nacional. Pero los andaluces eran también españoles, y pretendían ser considerados como tales. Por esto, lo que los rebeldes intentaban con estas revueltas era cambiar la forma en la cual se tomaban las decisiones; puede que el proyecto fuera utópico y de imposible realización en la práctica, pero si al menos no se intentaba el cambio, era seguro que no se conseguiría.

En definitiva, y sin importar en qué forma ocurrían los desentendimientos, en el pueblo las cosas estaban tomando forma.

–¡Compañeros! –gritó uno de los sublevados desde la puerta del Ayuntamiento, a los pocos lugareños que andaban por la calle a esa hora.

–Juan –se quejó Telésforo, con un pensamiento premonitorio cruzando por su mente –la última vez que me llamaron “compañero” terminé con una bala que casi me vuela los sesos… y preso.

–Tranquilo amigo –dijo Juan Sordo mientras caminaban hacia el lugar del llamamiento –escuchar por escuchar, no nos va a venir mal, después veremos qué hacemos, y sobre todo, qué no hacemos.

Los jornaleros no conocían al hombre que estaba a punto de dirigirles la palabra, y la verdad es que, si bien había consignas similares a las de la pasada revolución liderada por don Rafael, parecía que la cosa venía mucho más ríspida en cuanto a las solicitudes:

–La República prometió entregarnos tierras, y no ha cumplido –dijo el joven dirigente, que parecía no llegar aún a la edad de Juan y Tele, pero que hablaba como alguien que tenía claros los conceptos que expresaba –los campesinos no pueden seguir esperando, compañeros.

Algunos de los presentes asintieron con la cabeza, y el joven orador redondeó sus pensamientos:

–A partir de ahora, nos declaramos independientes de España; y los repartos de tierra comenzarán apenas tengamos en claro cuáles y cuantas son las parcelas que necesitamos.

La gente aplaudió enfervorizada, y ya empezaron a anotarse para defender la ciudad, y también para recibir su porción de tierras, cuando estuviera resuelto el asunto. Telésforo y Juan no estaban del todo convencidos, a pesar de lo interesante del ofrecimiento. Tener una parcela propia parecía ser una buena idea, pero el precio a pagar sonaba muy alto. Independizarse del país al que siempre se perteneció, justo ahora que tenían a la República por la que habían peleado hasta hacía tan solo una década atrás, era como complejo de digerir, al menos tan rápidamente.

De todos modos, era cierto que censar las tierras antes de distribuirlas era necesario. Aunque ellos no lo sabían, los grandes terratenientes hacían pasar por monte inculto a cientos de hectáreas que tenían plantaciones de secano y en algunos casos hasta zonas con riego en las márgenes del río; al declararlas de ese modo, pagaban menos impuestos por ellas, y como el poder económico y el político estaban representados por las mismas familias, no había riesgo de que se descubriera la tramoya. Aunque con estas nuevas ideas separatistas, otros ojos serían los que revisarían los documentos del Ayuntamiento, y cualquier cosa podía suceder. Igual era mucho apresuramiento suponer cambios en tan poco tiempo; por ahora solo había media docena de revolucionarios intentando tomar el control, y algunas decenas de labriegos solicitando tierras.

–Y qué hacemos Tele –preguntó Juan indeciso –¿nos anotamos a esta revuelta?

–Compañero –contestó el Tele no sin preocupación –no vaya a ser que esta sea la buena, y quedemos fuera del reparto por lentos.

Dicho y hecho. Los hombres dejaron sus nombres en la lista que crecía a pasos agigantados, y partieron al barrio a dar la noticia a sus mujeres.

El Tele entró a su vivienda, y encaró a la Crisa sin mayores preludios:

–Crisanta Rodríguez –expresó el Tele con toda la ceremonia –estamos de vuelta en pie de guerra.

–Mierda –dijo Crisanta, mientras se dejaba caer en un tronco que hacía las veces de silla –otra vez… Tele esta ya la pasamos, y supongo que esta vez no tenemos a don Rafael que nos guíe…

–Usted lo ha dicho compañera –contestó el jornalero no sin melancolía al recordar al líder ausente –estamos de revolución, y solos.

Efectivamente estaban solos, y con hechos que se sucedían en muchos casos de forma inesperada; sin ir más lejos, en la ciudad principal de la provincia, la toma del poder por los rebeldes se había dado con una escalada tal de acontecimientos, que difícilmente quienes participaron de la refriega hubieran imaginado a donde iban a terminar en tan solo unos días. Todo comenzó cuando un uniformado mató en un bar a un miliciano por una discusión que parecía menor; pero ese evento generó una protesta frente a la sede de los carabineros, que terminó con los revolucionarios reduciendo a los uniformados y tomando el edificio. Envalentonados, los rebeldes se hicieron también con la fábrica de pólvora, y redujeron hasta a la guardia civil, quedándose casi sin darse cuenta con el control armado de la ciudad. De allí a pedir la renuncia del Gobernador fue solo un paso más. El poder quedó entonces en manos de una junta revolucionaria, que entre otras cosas declaró la independencia de la provincia, que a partir de ese momento y por esa simple declaración, empezó a autoconsiderarse como que ya no era parte de España.

Pero no todos los federalismos son tan federales como parecen. Los rebeldes capitalinos, quizá por ignorancia de la real situación al interior de la provincia, quizá por pretender protagonismo, comenzaron a redactar una Constitución que, entre otras cosas, desconocía al resto de los cantones del interior, incluido entre ellos al del pueblo de Juan y Telésforo. La futura Carta Magna declaraba al cantón de la ciudad capital como al único válido en toda la provincia; además, creaba un impuesto a la riqueza, ordenaba la impresión de moneda y la destrucción física de las iglesias entre otras cosas. Cuando este proyecto se conoció en el pueblo, el rechazo fue inmediato. De todos modos, y hasta tanto se consiguiera un acuerdo, era importante defender las plazas porque, más allá de las diferencias, tenían un enemigo común que se acercaba desde el poder central, para intentar acabar con los insurgentes.

Mientras las discusiones filosóficas sobre la forma de gobierno se llevaban adelante, se acabó el mes de julio y empezó agosto. Además, y tal como era de esperar, se dirigía al pueblo el ejército nacional, liderado por un general que por el momento respondía al gobierno republicano. Republicanos quienes al parecer ahora eran, a los ojos de los locales, los centralistas despiadados a los que había que escarmentar. En la puerta del Ayuntamiento, los rebeldes comenzaron a organizarse para resistir el ataque.

–Compañeros –exclamó uno de los líderes locales, desesperado por compartir las buenas noticias que al parecer acababa de recibir –la Junta Revolucionaria de la capital está enviando dos batallones de milicianos para ayudarnos a frenar al ejército invasor. ¡La victoria será nuestra!

La algarabía contagió a los labriegos, mientras se pertrechaban con las armas requisadas en el pueblo y esperaban, una vez más, la ayuda que llegaría desde el otro cantón.

–Esto ya lo viví –se lamentaba el Tele mientras cargaba el rifle que le había tocado en el reparto.

–Tranquilo camarada –dijo Juan intentando subirle el ánimo a su vecino y amigo –esta vez hay pueblos tomados por toda Andalucía, no estamos solos como la vez pasada.

Telésforo Marín se encogió de hombros, abrazó a su esposa que por ahora no era parte del convite, y partió, codo a codo con Juan Sordo y con algunos cientos de sublevados, a tomar posiciones para la defensa en el acceso oeste del pueblo. La villa estaba ubicada al costado de la ruta que salía desde la capital provincial hacia el poniente, por lo que al lugar se podía acceder principalmente por dos caminos; desde oriente si se venía desde la capital, y desde el lado opuesto si se accedía desde las provincias vecinas. Y era esta última al parecer la ruta que utilizaría el ejército enviado desde Madrid.

Las horas pasaban lentas; tan lentas que parecían siglos. Los revolucionarios oteaban hacia el oriente, que les quedaba a la espalda, para intentar descubrir en qué momento aparecerían los dos batallones de rebeldes que vendrían desde la capital provincial en su ayuda; pero nada se veía. Ni en esa dirección ni tampoco hacia el poniente, por suerte, por donde se esperaba divisar a los invasores.

–Que se apuren los batallones de revolucionarios que vienen a ayudarnos, por favor –se decía a sí mismo el Tele, y se respondía –van a llegar, sí van a llegar…

Pero no llegaron. Por razones difíciles de precisar, los refuerzos que deberían haber entrado al pueblo provenientes de la ciudad capital estaban ausentes y sin aviso. Por eso, cuando los campesinos descubrieron el tamaño del ejército centralista que avanzaba hacia ellos, comprendieron que todo estaba perdido, a pesar de que nada tenían aún ganado; no había forma alguna de resistir el ataque de un ejército regular, con solo un conjunto de campesinos mal equipados.

–Pero será posible… –pensó Telésforo Marín, o lo dijo, que para el caso es lo mismo, y agregó dirigiéndose a los otros trabajadores –esto ha sido todo para nosotros, compañeros. Con el Juan nos vamos. No estamos en condiciones de arriesgar el pellejo en esta ocasión.

–Así sea –respondió Juan Sordo –contra la monarquía, la cosa tenía más sentido; pero ahora, enfrentarnos en inferioridad de condiciones contra la República por la que antes luchamos, no lo veo, la verdad.

Las palabras del Tele fueron absorbidas por cada uno de los campesinos que estaban allí a la espera de una ayuda que nunca llegaría; ni en forma de batallón, ni en forma de parcela para sembrar. Estaban solos en esta vida, y finalmente lo sabían.

Las tropas del general republicano tomaron la villa sin resistencia, y repusieron a las autoridades que habían sido removidas por los rebeldes. De allí siguieron a la capital de la provincia donde un par de días después repitieron el trabajo. No hubo mayores resistencias, ni constitución sobre la cual los jornaleros juraran que debían entregar la vida.

Restaurado el orden republicano, como si nunca hubiera dejado de estar presente, los meses pasaron para los labriegos indistinguibles unos de otros. Pocos motivos quedaban en pie para seguir adelante y a diferencia de aquellos campesinos ignorantes que alguna vez fueron y que una noche recibieron sorprendidos en las sierras a la avanzada del ejército de don Rafael, ahora sabían que existía un destino mejor, el que de todos modos resultaba complejo de alcanzar para ellos.

Una nueva vuelta dio el planeta alrededor del sol y un nuevo verano llegó a Andalucía. Ese nuevo año que estaba corriendo ya había tenido, en lo institucional, novedades inquietantes; aquel mismísimo general que había marchado sobre la villa el año anterior para acabar con los separatistas en defensa de la República, había sido el pasado mes de febrero el verdugo de esa misma República federal que antes había jurado defender. Volvería prontamente al poder la monarquía, restaurada por ese mismo ejército contra el que habían luchado los campesinos hacía algo más de diez años atrás. Más de medio siglo habría de pasar para que la República volviera a gobernar en tierras españolas, pero esa historia era ya harina de otro costal. Harina negra sin dudas, pero de otro costal.

Ajenos a ese futuro incierto que aún ni siquiera presentían, acostados en el colchón que hacía las veces de cama, Telésforo y Crisanta charlaban, como tantas veces en el pasado, como tantas veces más les quedaba por charlar en los años por venir. La charla estaba siendo en esta ocasión más un monólogo de Telésforo que un diálogo en sí, pero enfrascado como estaba el labriego en sus contradicciones, no notaba ni por asomo que mientras él estaba comunicativo, a la Crisa algo le pasaba. No es que la mujer esquivara la conversación, pero parecía distante, como observando estrellas fugaces desde arriba.

–Hace un año ya, nos estábamos embarrando las patas con el lío ese de la revolución que terminó no siendo –refunfuñó el Tele a su compañera –sin don Rafael estamos más que perdidos.

–Tele –intentó meter bocado la mujer, pero su marido seguía con la cantinela de la revolución fallida.

–Nos faltó don Rafael –murmuraba el campesino mientras abrazaba a su esposa –necesitamos un Rafael, Crisanta, si no, no somos nadie.

–Tele… –insistió la esposa.

Pero el hombre seguía monologando:

–Es que de nada sirven las buenas intenciones si los caciques tienen la bota más grande. Tendremos la razón, si es que se supone que ellos no creen tenerla… porque al final, lo más probable es que cada uno tenga sus razones, y que todas sean correctas para quien las defiende, aunque se opongan a las razones del resto. Necesitamos a un Rafael, Crisanta, para que nos marque el norte.

–¡Tele! –terminó finalmente gritando la mujer a su marido –estoy embarazada.

El Tele se quedó mudo. La verborragia de tan solo hace unos instantes había desaparecido por completo. Pero un brillo nuevo, que indicaba algo así como la trascendencia absoluta, salía de sus ojos:

–Embarazada –repitió como atontado el hombre –¡vamos a ser padres!

–Si tenemos un varoncito, vamos a tener dos Telésforos en la casa… no sé si voy a poder soportarlo.

–No, Tele no será su nombre… si es varón, se va a llamar Rafael –sentenció el jornalero –necesitamos un Rafael, Crisanta… necesitamos un Rafael.