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Sacrificio y soledad: la vida de los puesteros en la cordillera de los Andes

La salida del sol marca el inicio de una jornada donde todo puede suceder ya que la naturaleza es la que dirige y genera las condiciones. La vida en el campo no es sencilla pero para Pepe, cada día es una oportunidad y un desafío.
Desde muy chico Pepe se dedica a la cría de cabras. Foto: Andrea Ginestar
Desde muy chico Pepe se dedica a la cría de cabras. Foto: Andrea Ginestar

Algunos dicen que se puede conocer el alma de las personas a través de la mirada, en el caso de Pepe es más que eso...cada expresión de su rostro es muestra fiel de una vida de sacrificio y necesidades. La vida en el campo no es fácil, la rutina diaria es diferente a la que se vive en las ciudades donde la vorágine funciona como inhibidora del contacto con la naturaleza y en ocasiones, de las personas.

Pepe vive en San Carlos, en un puesto ubicado en un cerro cercano al Refugio Alvarado (para muchos conocido porque es el paso obligatorio camino a la Laguna del Diamante). Una pequeña huella de tierra se abre camino hacia su hogar, el trayecto no es sencillo pero el paisaje brinda un marco ideal para el disfrute, el aroma que desprende la flora nativa del lugar genera una sensación de bienestar que se acrecienta a medida que nos adentramos en la montaña.

Pepe vive solo en un puesto cercano a la Laguna del Diamante. Foto: Andrea Ginestar

Luego de unos minutos llegamos a una tranquera que sirve de contención para curiosos y previene que algunos "amigos de lo ajeno" ingresen en el predio donde cuida a sus chivas. Apoyado en la puerta de ingreso a su hogar, nos espera con una sonrisa tímida y el mate en la mano. Un beso en cada mejilla sirve para romper el hielo y la charla fluye.

Foto: Andrea Ginestar

El lugar es chico pero acogedor, las paredes están hechas con tablas y distintos materiales que sirven como aislantes en caso de temperaturas extremas pero el frío de esta mañana nublada ingresa por distintos lugares. Se torna indispensable esperar junto al fuego mientras de fondo suena una radio con algo de interferencia que sirve para cortar el sonido ensordecedor de esa mañana gris.

Un mate compartido da inicio a la charla. Foto: Andrea Ginestar

El amanecer marca el inicio de los días que, por lo general, son iguales en su devenir. Las contingencias climáticas o algún malestar físico (muy poco frecuente) son las únicas situaciones que pueden modificar la rutina que durante el verano comienza muy temprano y termina con la puesta del sol.

Las cabras, al igual que otros animales, se acostumbran al contacto con una persona que sirve de guía. Son fieles a ese amo que procura cuidarlas ya que de ello depende su propia subsistencia. Pepe mira el corral donde hay decenas de cabras y algunas ovejas, a pesar de la cantidad puede identificarlas en detalle ya que acompañan cada uno de sus días.

Antes de comenzar su relato, prepara el agua del mate en una pequeña pava llena de tizne producto del humo. Sin descuidar la  pequeña fogata que sirve para calentar pero también calefaccionar su hogar (ya que el frío se hace sentir incluso en verano), comienza su relato extendiendo su mano con un mate amigo que da inicio a la charla.

La pequeña fogata también sirve para calefaccionar el hogar de Pepe. Foto: Andrea Ginestar

"Tengo 71 años. Vengo tres meses para veranear en la costa de la cordillera. Tenemos a las chivas en los puestos que están abajo durante la invernada hasta octubre que es cuando tienen las crías. Cuando las cabras dejan de criar a sus chivitos, venimos a la veranada para que engorden, descansen y luego comenzamos todos el proceso de nuevo", explica Pepe de manera tímida y agrega que vive solo durante los meses de verano. Su hermano permanece en otro puesto cercano a "La Jaula" donde se realiza la invernada.

El mate es uno de sus fieles compañeros durante toda la jornada de trabajo. Foto: Andrea Ginestar

La rutina no es fácil, los días comienzan temprano y cubrir las necesidades básicas supone un esfuerzo diario extra. Una pequeña radio que no se apaga es la compañía de sus días y parte de sus noches. El mate, que suele ser compartido con alguna visita ocasional, se transforma en un elemento indispensable al igual que un pedazo de jamón crudo que cuelga desde el techo del hogar de Pepe durante la "veranada".

Pepe es un anfitrión de lujo, mate y jamón crudo es el menú para las visitas ocasionales. Foto: Andrea Ginestar

La provisión de agua y alimentos no es sencilla ya que el lugar donde está ubicado el puesto está alejado de los centros urbanos y no hay despensas o almacenes. Sus vecinos más cercanos son los guardaparques que se encuentran en el Refugio Alvarado quienes frecuentemente lo visitan para proveerle agua y brindarle compañía.

La radio es la compañía diaria. Foto: Andrea Ginestar

"Yo me he criado en esto, no reniego de nada. Cuando era chico vivía en La Consulta junto con mis 2 hermanas y 2 hermanos. Mi viejo estaba en el puesto y mi mamá nos preparaba para ir a la escuela, terminé la primaria pero a los 13 me fui con mi viejo para ayudarle. Mi hermano tiene 60 años, pudo terminar la secundaria y venía cuando terminaban las clases. Cuando se ponen grandes mis hermanas...se casaron y se fueron a otros lugares", recordó con un dejo de nostalgia en la voz y agregó con orgullo: "Aprendí todo con mi viejo pero tengo escuela también... terminé la primaria".

Pepe tiene alrededor de 500 chivos. Foto: Andrea Ginestar

Si bien los días parecen ser largos, el cuidado de los animales requiere de diversas actividades que lo mantienen ocupado y atento. A las 9 de la mañana, el corral se abre y las cabras salen en busca de alimento. Se mueven en grupo, sabiendo que de esa manera los peligros son menores aunque no están exentas de encontrar un puma o zorro colorado que ponga en riesgo en especial a las crías que las acompañan. "A las 12:30 les doy una vuelta para ver cómo están y antes de anochecer las encierro en el corral", explicó Pepe.

Chivas y ovejas permanecen en el corral durante la noche. Foto: Andrea Ginestar

"Lo que más me gusta es hacer esto... tengo muchos amigos que vienen desde abajo para visitarme. Los guardaparques nos dan una mano y ayudan mucho" y agregó: "Estuve un tiempo en Cacheuta, en el Manzano, voy conociendo otros lugares pero hay lugares que no son para animales chicos porque hay muchos perros que matan a los chivos".

El esfuerzo diario no siempre es recompensado ya que las ventas de los chivos han disminuido los últimos 5 años y el panorama aunque se vislumbra oscuro no alcanza para eliminar las expectativas de una mejora para la próxima temporada. "Ahora tengo 500 chivas, algunas las vamos renovando y cuando llega la fecha de las fiestas de fin de año podemos venderlas. El año pasado estuvo floja la venta, antes venían camionetas y cargaban muchos chivos, ahora vienen de vez en cuando y se llevan uno o dos chivitos", contó Pepe y finalizó diciendo: "No cambiaría mi vida por nada, solamente para descansar un tiempo y poder estar en mi casa".