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Neopopulismo penal: una crítica a las condenas perpetuas

Las recientes condenas perpetuas son aplaudidas por un sector de la sociedad y a la vez cuestionadas por otro sector que entiende que los castigos más fuertes no resuelven o reparan el dolor y están lejos de ser una herramienta ejemplificadora.
5 de los acusados por el crimen de Fernando Báez Sosa fueron condenados a prisión perpetua Foto: Izquierdo Diego/Télam
5 de los acusados por el crimen de Fernando Báez Sosa fueron condenados a prisión perpetua Foto: Izquierdo Diego/Télam

“Una vida lo que un sol, vale", Jorge Drexler en “Polvo de estrellas"

Recientemente nos anoticiamos de las varias condenas a prisión perpetua para los jóvenes que mataron a Fernando Báez Sosa en la ciudad balnearia de Villa Gesell. Hubo transmisiones en vivo de los canales de televisión, cientos de centímetros y segundos de parte de periodistas, opinadores mas menos que más formados y especialistas en diversas materias. Casi como un continuum espectacular del mundial de fútbol, Gran Hermano u otras vicisitudes de duración efímera.

Vimos padres doloridos, tanto del joven fallecido como de los agresores. Vimos a muchas personas pidiendo perpetua; “que se pudran en la cárcel”, “espero que que les toque la peor cárcel”, “ahora sabrán lo que es bueno cuando estén a solas con los otros presos”, “que sufran todos los días de su vida”. Deseos de venganza que no resolverán el dolor de los padres de Fernando, venganza que no resolverá ningún conflicto, venganza que solo tranquilizará al que lo dice por solo decirlo y mañana será otro día. Todo humano muy humano...

Lo que rompe con semejante humanismo es que exista una política pública criminal que considere que encerrando 50 años, sí 50 años de acuerdo a una ley que lleva el nombre de un legislador mendocino, resolverá los conflictos, cesará los dolores, permitirá a un puñado de jóvenes resignificar sus vidas, proyectarla, “reformarla” si es necesario.

Así con este caso y con varios otros... son 50 años los que pasaran estos jóvenes encerrados. Si sobreviven a la cárcel y a sí mismos, tendrán entre 68 y 70 años cuando puedan pedir el beneficio de la libertad condicional y ahí surge el interrogante...¿qué buscamos con semejante castigo?, ¿cuál es el sentido del mismo?, ¿no es una negación del principio que dice que la cárcel es para resocializar?, ¿50 años para resocializar?.

Las preguntas siguen surgiendo y se enfrentan a escasas o débiles respuestas que en su mayoría están basadas en el carácter emotivo provocado por la situación y la intencionalidad política. ¿Creerá alguien que es el carácter preventivo de la pena, que si te digo que te daré 50 años de condena no se producirán delitos?, ¿seguirá creyendo alguien que existen el delincuente nato, el que nació así y no cambiará? Bueno, tendremos que admitir que sí, que aún los hay...sin ir más lejos el Gobernador lo afirmó recientemente.

Corriendo velos

Hace 200 años surgió el humanismo con relación a los castigos por los delitos, se dejó de lado la marcación de los cuerpos, las mutilaciones, los azotes, las muertes. Todo un intento de evitar la venganza privada como modo de resolución de los conflictos. Eso dio nacimiento al derecho penal moderno, a las cárceles tal y como las conocemos (la cárcel de Mendoza tiene menos de 120 años).

El paroxismo conservador y los vedetismos políticos, en nombre la voluntad popular, ahora nos traen esta deshumanización del derecho penal. Así el derecho penal se convierte pristínamente en la guerra en momentos de paz.

Nadie podría sostener que estos jóvenes u otros casos recientes con resultados de muerte violenta, deban quedar en libertad. No sostenemos semejante cosa pero ¿realmente es necesario encerrar al menos 50 años a estos jóvenes?. Son casi dos vidas más de las que llevan vividas, ¿por qué 50 años y no 10, 12 o 15 con la posibilidad de tener su libertad de acuerdo a su comportamiento, su evolución?. 

¿No les estamos diciendo a estos jóvenes que no importa lo que hagan con sus vidas que igual tendrán que esperar 50 años para poder pedir libertad condicional?, ¿no les estamos diciendo que ya no nos importan, que esta sociedad ya no le es propia?, ¿no es una declaración de impotencia social porque no sabemos qué hacer para evitar las violencias de nuestras juventudes, que no sabemos qué hacer con los conflictos?.

La impotencia nos lleva a esconder nuestras miserias, a taparnos los ojos creyendo que así no nos ven, que la realidad desaparece cuando negamos, cuando tapamos, cuando ya no oímos. Elogiamos la venganza como placebo mágico para suturar nuestras heridas. Negamos el futuro de algunos para intentar anestesiar nuestro presente como un sacrificio pagano al Dios confort.

Estos jóvenes de sectores más o menos acomodados han generado una reacción pública que cientos de jóvenes de todos los sectores sociales viven a diario. Otras juventudes no tienen la posibilidad de ser protagonistas de un show mediático, pero viven las mismas inseguridades, expectativas, necesidades de una sociedad que los guíe, los oriente, les de una red de afectos, posibilidades, palabras y actos que le permitan formarse, proyectarse. Esta política criminal es un elogio a las subjetividades desatadas de toda trama social, es la negación de la sociedad, del futuro.

Este populismo penal es la contracara de los dolores e inseguridades reales de nuestras juventudes, de la pobreza que alcanza al 60% de ellas, de la obturación del futuro, de la abrumadora carencia de dispositivos de salud mental, de la educación para pocos, de inserciones laborales precarias y precarizantes.

Este populismo penal de modo recurrente genera, inventa, exacerba situaciones propias de cualquier sociedad, como enemigos, como depositarios de todos los males, ora juventudes, ora desocupados, ora vendedores ambulantes, ora mujeres empoderadas, ora etnias, ora consumidores de determinadas sustancias definidas como ilegales y así sucesivamente. Campañas de ley y orden que generan nuevos tipos penales, nuevos códigos contravencionales, o nuevas (viejas) formas procesales y de juzgamiento penal como el juicio por jurado y la lista sigue.

Así como en la economía la inflación provoca desesperanza, desempleo, pobreza y poca expectativa de futuro; la inflación del populismo penal trae debilitamiento de la sociedad, desmembramiento de los lazos sociales y raquitismo de políticas públicas adecuadas para evitar y resolver las violencias y los conflictos sociales. La inflación penal es renunciar al presente y al futuro, es vivir en el pasado. Al igual que en la economía, cuando la tasa de interés es alta es porque se apuesta al pasado, a los que ya tienen capital, y cuando es baja se apuesta al futuro a invertir, a desarrollar. Aquí es igual, el populismo penal es como jugar a la mancha venenosa.

Misteriosamente el conservadurismo se escandaliza frente a las políticas de distribución del ingreso mientras propone distribuir pobreza y penas o dolores. Contrariamente, penas más bajas atadas a una evaluación del proceso penal (régimen progresivo de la pena) es una apuesta y un desafío para la persona condenada y fundamentalmente para las políticas e instituciones públicas. Nadie sobra, solo falta dispositivos de integración y reinserción social.

30 años de experiencia de trabajo con jóvenes en conflicto con la ley penal nos ha grabado a fuego la necesidad de trabajar en el vínculo y la trama social, en políticas públicas de salud mental juvenil, educativas y productivas antes que en penas o castigos penales largos. ¿ Es más fácil? Ni cerca de eso, es una apuesta al futuro y al buen vivir comunitario.

Nada ni nadie devolverá la vida a Fernando ni diluirá el dolor de sus padres. Tampoco les dará consuelo el dolor de sus victimarios.

Podrá Ud. preguntarse qué diría si Fernando fuese mi hijo.. Tal vez, dominado por mi emocionalidad, quisiera sus muertes o sus dolores. Pero no se trata de mí, se trata del nosotros. El Estado, pretendido como mínimo por los cultores del populismo penal, no puede tomar para sí el sentimiento primario de venganza privada. La venganza es avanzar hacia atrás, es aniquilación, es negación del otro.

Y como dice el filósofo contemporáneo Luis Alberto Spinetta “aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo el tiempo pasado fue mejor, mañana es mejor”

*Andrés Cazabán- Trabajador Social. Dirección de Responsabilidad Penal Juvenil. Docente en Educación Superior. Integrante de Fundación Regional para el Desarrollo y el Trabajo (Furdetra).