La dignidad del enfermo, necesita ser tenida en cuenta
Somos seres que estamos afectados por el paso del tiempo. Ese tiempo nos permite crecer, madurar, enriquecernos, pero también, en muchos casos, nos trae algunas penurias. La dignidad, es una particularidad exclusiva de las personas, cuyas características están vinculadas a su espiritualidad y al hecho de ser única en el marco de la historia. Es decir, somos únicos e irrepetibles en toda la historia del género humano, de allí también nace nuestro valor como personas.
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Sabemos que la juventud tiene un tiempo de duración, y esa duración está acompañada de un conjunto de positividades, tales como fortaleza muscular, belleza estética, dinámica en los movimientos corporales, autoridad en nuestras decisiones, etc. Pero, también tenemos la certeza que esa juventud, con su autonomía, con el paso del tiempo dejará su espacio a la necesidad de ser ayudados, es decir, a cierto nivel de dependencia. Ayuda que solicitamos y a la cual tenemos amplio derecho.
Acá, en este punto, anida, muchas veces una cuota de debilidad no solo física, también anímica y espiritual. Física, es algo notorio y lógico, el organismo en su totalidad siente el paso de los años. Pero lo anímico y sobre todo lo espiritual, sienten una limitación que no debería existir. Limitación que no es provocada por el paso del tiempo, al contrario, suele tener una causa externa, vinculada a
la relación con las personas que rodean al adulto mayor, en cuya relación existe una asincronía en los vínculos.
fortaleza alimentada por los años de vivencias que fueron acumuladas. Foto: MDZ.
Asincronía que se manifiesta en el hecho de no ser comprendido, no ser escuchado por los otros y esa asincronía, genera exclusión. Una exclusión que es un proceso, al principio es muy sutil, comienza con no ser escuchado, luego no ser comprendido en las necesidades, dando paso a ciertos destratos, ciertos descuidos, ciertos abandonos. Y de este modo, cuantos deseos muy íntimos quedarán pendientes de realización.
Nuestros mayores, fuente inagotable de experiencia y por ello de sabiduría, muchas veces no son valorados, particularmente, los enfermos. Pero ello no debería dejar de lado la existencia de la dignidad que poseen, aunque muchos la olvidan. Aquellos que conocen el cuidado de adultos mayores, conocen a la perfección, la necesidad de un adulto mayor, y en particular el enfermo, de ser cuidado en su dignidad de persona. Dignidad que se expresa en la escucha, en la compañía, en la ayuda para algunas actividades, en la necesidad de compartir momentos, en definitiva, en la necesidad de subsanar los límites propios de la edad.
Pero necesitamos tener conciencia que la limitación, en ocasiones, es solo física, porque en lo anímico y en lo espiritual, existe una
fortaleza alimentada por los años de vivencias que fueron acumuladas. Con respecto a aquellos adultos que están internados en los centros de salud, y que en su interior, ven pasar proyectos que no saben si podrán cumplir, que ven día a día al profesional de la salud que los baña, que les suministran los medicamentos, que atienden sus dolencias corporales y también, pueden acompañarlos escuchándolos, pero sobre todo, estando, es decir, dedicándoles tiempo, su tiempo, algo que por estos años es algo escaso, porque son tiempos muy dinámicos, muy vertiginosos.
Y el adulto mayor, más si está enfermo, no puede seguir el ritmo, y por lo tanto se concentra en su interioridad, pasando a considerar y atesorar, en su intimidad y largos silencios, los recuerdos de momentos pasados y compartidos, que cada vez se visualizan más lejanos anidados en la memoria. Desde este sitio, invitamos a que podamos volver a rescatar la valoración del
adulto, que está enfermo, y que apela a la sensibilidad del profesional de la salud, que invierte sus horas de trabajo acompañando permanentemente las necesidades de ese enfermo, para poder transitar el momento de debilidad física, anímica y espiritual , que le propone el paso del tiempo, pero que esa propuesta no debería llevar a un estado de desvalimiento anímico y espiritual a aquel que en sus años de fortaleza juvenil, supo generar acciones personales y comunitarias, muy saludables por cierto y por ello cargadas de fortaleza positiva con fuerte impacto en ellos mismos y en aquellos que los rodeaban.
Para finalizar, hemos tratado en estas palabras, la necesidad de rescatar y reverdecer, la dignidad física, anímica y espiritual de aquellas personas que se alojan en los centros de salud y que diariamente requieren de la atención de los enfermeros y de los cuidadores de adultos. Debemos trabajar, como cuidadores de adultos, en la idea que las personas de edad tienen derecho a
ser queridos, a ser respetados, a ser valorados y vivir una sincronía afectiva con su entorno, porque no podemos olvidar, que una persona mayor, es sede de una multitud de experiencia y sabiduría cosechada a lo largo de los años.
Todo ello redundará en un gran aporte afectivo y espiritual en la consideración de los integrantes de la comunidad, que tendrá efectos positivos en todos aquellos que puedan visualizar dichos gestos.
* Lic. José Miguel Toro
[email protected]
Instagram: @josemigueltoro0


