Presenta:

Caso Baéz: L'omertà, la ley del silencio entre 8 acusados de un crimen

La sociedad está muy atenta en estos primeros días del al juicio por el brutal crimen de Fernando Báez Sosa. El Dr. Enrique De Rosa analiza en MDZ este "pacto de silencio" entre los 8 acusados del asesinato.
1343131.jpg

Todos hemos visto películas de la mafia italiana, en realidad más aquella relativa al Mezzogiorno, al sur de Italia como la napolitana, siciliana o calabresa, la temible y poderosa "Ndrangheta". De alguna manera esas películas, hoy vemos más series, nos cautivan a tal punto que “L'omertà”, la ley del silencio, nos aparece como épica, en la cual el casi caballero templario, el samurai, conserva su palabra, en realidad su silencio reteniendo su palabra, lo que sabe. La ruptura del código es conocido por todos, ser soplón, “whistleblower” se usa en inglés para aquel que hace sonar el silbato, que llama la atención. Más localmente denigramos a aquel que “boquea”, que habla lo no permitido, lo que no se habla, lo que no se debe decir.

El castigo es sabido, va desde el escarnio, la burla, hasta pagar con la propia vida y/o la de sus seres queridos. Romper la ley del silencio puede tener costas superiores a la propia existencia ya sea tanto civil, social, como física. El psicólogo estadounidense Stanley Milgram de la Universidad de Yale, en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título «Behavioral Study of Obedience» («Estudio comportamental de la obediencia»), en su famoso experimento de las descargas eléctricas, quiso demostrar que la idea de la “obediencia debida”, la obediencia a la autoridad, el aceptar órdenes que superarían los cánones morales implícitos en la naturaleza humana, podía ser fácilmente doblegada.

Graciela y Silvino, padres de Fernando Báez Sosa

Sin duda es una herida, un recuerdo doloroso para los argentinos, por las atrocidades que se cometieron en su nombre, “Obediencia debida”, pero no era novedoso, eso fue lo que llamó la atención a Hanna Arendt en el juicio de Nuremberg y generó la expresión la “banalidad del mal”, ya que la mayoría de los acusados se apoyaban en su silencio y en la “obediencia a órdenes  superiores”.

El experimento de Milgram y la historia nos muestran como existe una disociación entre los conceptos morales que creemos inamovibles, en conflicto con la realidad. Todas las películas nos muestran a “héroes” que ante un acto de supuesta injusticia, o traición a un amigo, o quizás por la pertenencia al grupo, tienen permitido “liberar el infierno, la tempestad de la inagotable venganza”.

La mal entendida Ley del Talión en realidad buscaba que el castigo se limitara a la herida padecida, por ello el ojo por ojo, no era perdí un ojo y mataré a todos tus seres queridos. Sin embargo, la expresión popularizada en una serie de un jefe narco que terminaría por “desenterrar a tu abuelita y volverla a matar”, no deja de ser repetida a veces como muletilla. En esa colisión de códigos morales: ¿cuáles son los que una sociedad premia, o más aún los pequeños grupos, las tribus, las mafias, los clanes valoran? Esa es la pregunta y ese es el enorme conflicto moral que enfrenta el individuo en su vida cotidiana: ¿denunciar la corrupción es un código de un ciudadano o es ser un soplón que se mete en temas que no le incumben?

En un grupo con reglas propias e implícitas que les dan coherencia interna, como un grupo que ejerce la violencia bajo el imperio de la ley como cualquier fuerza de seguridad, o la política partidaria, o una secta, o quizás inclusive un grupo de pertenencia deportivo, cuáles son las reglas y códigos morales a seguir, ¿los que se comparten en tanto ser humano, o los del grupo? Quizás la primera cuestión es si esos seres se plantean que vivimos, aun sin ser conscientes, en un universo construido por reglas morales y que el castigo por violarlas de todas maneras es inmenso. La existencia es moral, es decir está sometida a reglas, pero solo que de alguna manera creemos que ellas no existen, y que podemos librarnos de ellas. Grave error, el mito de Sísifo es sobre esto, pero es otra historia.

El Dr. Fernando Burlando, abogado de los padres de Fernando Báez Sosa.

Sin embargo, los códigos morales del grupo pequeño y cerrado, recortado del resto, seccionado, es decir sectario, sí las impone de manera extremadamente clara, y pide sometimiento a ella: omerta, que viene de “umiltá” que justamente en la Italia meridional se transformará en umirtá…omertá. La demostración de la humildad de saber que se pertenece a algo superior a uno mismo, el grupo de pertenencia, obligaba al silencio.

El silencio es salud decían algunos reclames antiguos, sin embargo sabemos por los abusos y violencias de todo tipo, el no te metas etc., que el silencio no es salud, sin embargo a quienes han sido atados, y separados de la sociedad y casi abducidos por una secta, el silencio es el costo de la pertenencia. Hablar podría significar dejar de pertenecer, y en realidad en la ausencia de propia subjetividad, es decir de propia existencia, solo el grupo la puede otorgar.

Ser expulsado del grupo, ser buchón, soplón, bocón, recubre de una indignidad superior a la muerte. Superar esa ley de silencio implica recuperar la propia existencia, quizás aceptar que estamos solos, y en ese momento hasta sentir que estamos solos en el mundo, pero que hacemos lo correcto, aún con el costo de la muerte civil y la expulsión, el exilio, el peor de los castigos en las sociedades grecorromanas.

Atreverse a ir contra la corriente a ser repudiado, injuriado, calumniado, estar solo, pero aun así saber que se está respondiendo a reglas morales, puede ser un camino solitario, pero en ese preciso momento encontrarse con uno mismo, ese ser que uno abandonó al unirse a la secta a la masa.

* Enrique De Rosa Alabaster es psiquiatra forense médico legista MN 63406
Presidente Asociación  Argentina de Victimología
@enriquederosa
www.enriquederosa.com