Joseph Ratzinger y el peso de las últimas palabras
“Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos”, esas son las últimas palabras del célebre libro de Marguerite Yourcenar “Las memorias de Adriano”. La autora le da voz a un emperador que vuelve hacia su vida y reflexiona, desde la vejez y la cercanía de la muerte, sobre aquello que ha hecho, el impacto que ha tenido y el peso verdadero que toman sus decisiones; puede sopesar sus reacciones y tomar distancia de sus vivencias del momento; evaluar y evaluarse. Y cierra todo ese ejercicio proponiéndole a su alma entrar en la muerte con toda claridad.
La muerte en nuestros tiempos suele ser menos poética. Quitemos a aquellos que mueren súbitamente, sin posibilidad de pensar últimas palabras; a la gran mayoría en general la muerte nos encuentra peleando contra ella en la cama de un hospital, muchas veces rodeados de gente que no conocemos. Es un pensamiento incómodo, pero la imagen de una persona en su propia cama, esperando la muerte rodeado de sus familiares, se nos va haciendo más lejana y casi impracticable. Hemos olvidado cómo morir.
En esos ambientes de despedida es donde uno encontraba esas últimas palabras, significativas, que el enfermo había estado rumiando. Algo que quería dejar, la transmisión de una verdad purificada por el crisol de la experiencia del abismo. ¿Quién arreglaría cuestiones prácticas cuando sabe que no tendrá otra oportunidad de pedir perdón por algo que el orgullo impedía hablar; o transmitir un cariño que la rutina podría haber desdibujado, de tal forma que el otro pueda volver siempre a ese momento? Ya no tenemos últimas palabras. Nos las hemos robado. Incluso podría ser un buen ejercicio pensarlas. ¿Qué diría? ¿A quién? ¿Por qué me parece que esas deberían ser? La muerte tiene la virtud de acomodar las cosas a su peso relativo. Pero no queremos pensar en ella. Nos asusta. “Filosofar es aprender a morir” decía Platón en el Fedón. No queremos aprender de eso, lo que quiera que signifique.
Esta semana, lo que parece un apéndice de una noticia mayor, nos ha permitido espiar y tener acceso a unas últimas palabras. Supimos cuáles fueron las últimas palabras del Papa Benedicto XVI antes de morir. Y creo que nos dicen más sobre su persona que las diferentes semblanzas que han aparecido en los distintos medios del mundo. “El teólogo conservador”, “el primer Papa que renunció”, “el rottwailer de Dios”, “el Cardenal Ratzinger, guardián de la ortodoxia”. Los títulos se suceden. Pero, en su habitación del Monasterio en el que vive, es Joseph el que dice, antes de expirar: “Jesus, ich liebe dich” ("Jesús, te amo”).
Estas últimas palabras nos dicen mucho de él que no es lo que se dice de él: que concibe la religión ante todo como una relación personal con alguien, que escucha y con quien se relaciona afectivamente, y no solo desde el intelecto; y que hayan sido dichas en su lengua materna, el lenguaje de su infancia, de su docencia, de sus primeros apostolados, habla de que no estaba pensando en otros, en dejar una frase para que otros recojan, sino que fue una expresión natural, que brota como resumen y casi como pedido a Jesús de estar con él. Si se trata de mirar a la Iglesia como una Institución política y a su obra como una actividad de proselitismo, estas palabras no tienen sentido.
No soy un experto, pero lo que he podido leer de Benedicto XVI está en consonancia con esa imagen de alguien que señala hacia quien le ha transformado la vida: alguien erudito, pero no oscuro; claro y directo para discernir y proponer sin engaños, pero al mismo tiempo amable en su tono y preocupado por el otro en su intención; alguien que puede explicar qué significa un pasaje del Evangelio en términos históricos y culturales, para después pasar a escarbar en qué significa para nosotros y qué podemos tomar que conecte con nuestra realidad y nos sea útil (como dice en el prólogo del segundo tomo de su Jesús de Nazaret: “he tratado de desarrollar una mirada al Jesús de los Evangelios, un escucharle a Él que pudiera convertirse en un encuentro”).
Leerlo es una forma de cambiar la mirada que muchas veces se presenta sobre él. Donde unos ven a un guardia que no deja entrar a todos a un club para que sea sólo de algunos, la realidad nos muestra más bien a alguien que sale a invitar gente a entrar al club, pero tratando de que no compren pescado podrido o imitaciones que terminarán siendo insatisfactorias.
Se trata de conocer a alguien real, no de generar una proyección tranquilizadora. Así, el “guardián de la ortodoxia” tiene un conocimiento que no viene del estudio, sino del amor. Es emocionante escuchar el diálogo que tuvo con Jesús en su primera comunión, cuando la evoca 69 años después en un encuentro con niños: “Prometí al Señor: 'Quisiera estar siempre contigo' en la medida de lo posible, y le pedí: Pero, sobre todo, está tú siempre conmigo'. Y así he ido adelante por la vida. Gracias a Dios, el Señor me ha llevado siempre de la mano y me ha guiado incluso en situaciones difíciles. Así, esa alegría de la primera Comunión fue el inicio de un camino recorrido juntos”.
Peter Seewald, el periodista que lo entrevistó largamente y cuyos diálogos formaron 2 libros, dice en el Prefacio de Luz del Mundo: “En lo tocante al papa en cuanto tal, se me ha preguntado: '¿Cómo es cuando está de pronto sentado frente a él?'. Yo me vi llevado a pensar en Émile Zola, que en una de sus novelas describe a un sacerdote que espera, temblando y casi paralizado, el inicio de una audiencia con León XIII. Pues, ante Benedicto XVI, nadie tiene por qué temblar. Él se lo hace francamente fácil a sus visitas. No lo espera un príncipe de la Iglesia, sino un servidor de la Iglesia, un gran hombre que da, que se vacía totalmente en su acto de don”.
Quizás tengamos la experiencia de conocer a alguien inteligente, incluso muy inteligente, pero es cosa distinta conocer a alguien sabio. Es decir, alguien que no solo sabe mucho, sino que además integra lo que estudia en una cosmovisión que incorpora la realidad cotidiana y la guía. Si esta persona además es amable y buena, y le interesa transmitir lo visto para que otros puedan sacar provecho de eso, directamente es un regalo. No puedo imaginar lograr tener acceso a la intimidad de las últimas palabras de alguien así, que “entra a la muerte con los ojos abiertos”.
Que nos aproveche.
