Es mendocino, estudió en Harvard y trabaja con gobiernos de todo el mundo
Fernando Márquez es un economista mendocino con recorrido internacional y experiencia, tanto en el sector público como privado. Se ha desarrollado en estrategias, desarrollo internacional, asesoría de gobiernos y competitividad. Ha trabajado en varios países de Latinoamérica, Europa del Este, África y Asia, y también junto a Tony Blair, exprimer ministro del Reino Unido.
Hoy en día, se encuentra radicado junto a su esposa e hijos en Weston, una ciudad ubicada a 40 minutos al norte de Miami, dentro del estado de Florida, en Estados Unidos, y en algunas semanas emprenderá viaje rumbo a Qatar para desarrollar un proyecto junto al gobierno de ese país para mejorar la eficiencia en la implementación y monitoreo de proyectos, utilizando metodologías adaptativas e incorporando técnicas de planificación que incluyan principios comportamentales.
Nacido en San Rafael, en Mendoza, de pequeño se trasladó junto a su familia a la capital provincial por cuestiones laborales de su padre. Allí, transitó su educación secundaria en la Escuela de Comercio Martín Zapata, con una gran formación en la modalidad de economía, y fue allí donde tuvo sus primeros acercamientos con los temas económicos.
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Luego, se graduó de economista en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNCuyo, y posteriormente realizó una maestría en Administración de Empresas de la Escuela de Economía de la Universidad de Valparaíso, en Chile. Además, se graduó hace unos años de la Maestría en Administración Pública en la Harvard Kennedy School of Government.
Comenzó su carrera profesional dentro del Ministerio de Economía de la provincia de Mendoza y, en 2008, emigró por primera vez, en ese caso, hacia el vecino país de Chile. A lo largo de su trayectoria, trabajó con organismos multilaterales como el Banco Interamericano y el Banco Mundial, además de agencias de desarrollo internacionales como USAID (Estados Unidos) y KOICA (Corea). Ha trabajado en más de 40 países de África, Asia, Europa del Este y América Latina. En los últimos años, desarrolló una empresa en la cual apoya proyectos que incorporan las economías del comportamiento en el desarrollo económico y social.
A través de una reunión virtual, Fernando se comunicó con MDZ para hablar su recorrido profesional, sus inicios, sus experiencias y su visión.
- ¿Cómo fue ese acercamiento que tuviste con la economía, en qué momento y cómo fue que decidiste incursionar en esa carrera?
En el año 1995, ir a Ciencias Económicas en el Martín Zapata era un puente bastante directo porque te iban preparando. Cuando tuve la oportunidad de ir a las ferias educativas, me explicaron cada una de las tres carreras (Economía, Contabilidad y Administración de empresas). En ese momento casi nadie estudiaba Economía y tuve un tiempo la duda. Pero conté con el apoyo de mi familia que me aconsejaron estudiar algo en lo que realmente sintiera pasión. “El título no garantiza el éxito, lo garantiza el que vos hagas algo que realmente te guste y te apasione” me dijeron, y aunque suene cliché, realmente es verdad.
- ¿Cómo fue la experiencia en Harvard?
Venía buscando desde hace varios años la chance de perfeccionar y reconectar un poco con temas sobre los nuevos desarrollos, las nuevas metodologías de trabajo y otras experiencias existentes. Ya había tenido la tentación de volver a la universidad y aquí apareció la oportunidad de Harvard, que era algo que buscaba hace tiempo. Entre trabajo y estudio, terminé ingresando a la Escuela de Gobierno Kennedy hacia fines del 2018 y a mediados de 2019 comencé un Máster en Políticas Públicas, que se hace para un grupo de gente con más de 10 años de trayectoria en temas de desarrollo, donde había gente de todo el mundo que había trabajado con gobiernos, algunos eran ex ministros, otros habían sido funcionarios, otros que habían estado en experiencias de multilaterales como el Banco Mundial. Toda esta gente puesta a compartir experiencias, a conectarse con lo que estaba pasando y las nuevas tendencias, como el tema de machine learning y la inteligencia artificial, cómo aplicar eso a los proyectos de desarrollo y cómo aplicarlo en gobierno. Temas como justamente lo lo que estuve trabajando yo, que es la economía del comportamiento. Ahí empecé a conectar con esa otra área que conecta la psicología con la economía y ayudar a mejorar la implementación de políticas públicas.
- Hoy en día trabajás desarrollando proyectos que refieren a la implementación de las ciencias del comportamiento en el desarrollo económico, ¿podés explicar de qué se trata?
Las ciencias del comportamiento agregan una perspectiva desde el individuo y el impacto de su contexto en la toma de decisiones. Al incluir en el diseño de políticas públicas esta lente que analiza cómo se va a comportar el beneficiario de dicha política en el análisis económico tradicional, se toman en cuenta aspectos cognitivos, de contexto y como estos elementos pueden estructurarse para facilitar procesos y promover comportamientos que alcancen el bienestar individual y colectivo. Por ejemplo, en el caso de la pandemia se empezaron a colocar en las filas de supermercados las rayitas para que la gente estuviera a medio metro, comunicación más asertiva con mensajes específicos para fomentar la vacunación, etcétera.. En los aeropuertos hay mucho de economía del comportamiento para que uno se mueva: al bajar de un avión naturalmente saben que hay que seguir un camino aunque nadie lo diga, pero la forma en que está organizado, el diseño de esa arquitectura tiene detrás temas de comportamiento que está hecho para que uno no tenga que hacer un análisis económico de cómo salir de un aeropuerto o llegar de una puerta a otra, sino que sea mucho más intuitivo.
Esa parte de la psicología llevada al ámbito de las políticas públicas estudia cómo va a reaccionar la gente y cómo desarrollar ciertos programas o políticas. Todo este tipo de mensajes que se articulan para que la gente, por ejemplo, lea un cartel y ese mensaje sea mucho más específico para que su impacto sea más preciso y logre el objetivo que se busca. Detrás hay mucho diseño con el uso de herramientas de economía del comportamiento, es decir, cómo va a reaccionar la gente ante ciertos estímulos sin necesidad de utilizar incentivos. Esto trabaja desde lo cognitivo y la observación.
Lo particular que tienen las ciencias del comportamiento es que no utiliza una herramienta igual para resolver todos los casos en todos los países, sino que lo utiliza esas herramientas adaptándolas a la idiosincrasia y a la situación, porque el comportamiento siempre termina siendo más situacional y la gente reacciona dependiendo de un montón de factores individuales y del entorno.
- ¿Cómo ves a Argentina en ese sentido? En relación con las políticas económicas relacionadas a las ciencias de comportamiento.
Es muy interesante ver que dentro de Latinoamérica, junto a Chile, Brasil, México, Colombia y Perú, Argentina está en esos niveles de desarrollo de investigaciones y aplicación práctica. Está bastante avanzado, hay mucho estudio y gente muy bien preparada. Esto se empezó a ocupar en los gobiernos de Inglaterra, en Alemania y en Estados Unidos, hace 12 años, pero en Latinoamérica es bastante reciente. Sin embargo, en Argentina el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el gobierno nacional ya tienen equipos en varias agencias trabajando en pensar políticas para el desarrollo de este tipo de proyectos.
Se está avanzando mucho, a pesar de que es algo que no hace mucho ruido y que todavía, en general, no lo conoce todo el mundo. Pero al comparar con el resto de los países, hay mucho conocimiento y de hecho se están exportando experiencias de casos que se hacen en Argentina para replicarlos en otros gobiernos.
- Has emigrado varias veces, ¿cómo fue la primera vez y cómo vivís esa experiencia?
Cuando terminé la maestría que realicé en la Universidad de Valparaíso, surgió la posibilidad de trabajar allá en Chile, por lo que mi primera experiencia de migración fuerte fue dejar Mendoza en el 2008 e irme a vivir a Santiago y descubrir las oportunidades que había allá. En ese momento era soltero y cada mes volvía a Mendoza un fin de semana. Después, cuando conocí a Macarena, mi esposa, me costó de a poco volver más seguido a Mendoza. Cuando me fui de Chile definitivamente, en lugar de ser una vez al mes, empezó a hacer cada dos o tres meses, y al final una vez cada año. Ahora hace tres años que, por la pandemia y todo, se me hizo más complejo volver. Pero como mendocino, cada vez que veo una foto de Mendoza o la Fiesta de la Vendimia, trato de no perdérmela desde donde esté.
- Podrías haber terminado esa maestría en Chile y quedarte en Mendoza con tu familia y tus afectos. Apareció la oportunidad de ir para allá y decidiste salir de la zona de confort para experimentar, tener nuevas experiencias en cuanto al trabajo y armar tu propio recorrido.
En nuestra familia nos autodefinimos como nómades después de haber vivido en tantos lugares. Uno al principio siempre extraña su lugar, pero también tiene la necesidad, en mi caso, de ir descubriendo nuevas experiencias y aventurarse a conocer nuevas cosas. Al principio está esa nostalgia de haber dejado tu lugar, pero se termina compensando a la hora de volver y juntarse con amigos, colegas y con familia y compartir esas aventuras que vivió en otro lado.
Siempre estoy conectado con amigos que están trabajando en el tema y desde el lugar que me tocó estar en distintas experiencias laborales trato de colaborar. Uno por más que está fuera y extraña siempre, trata de ver de qué manera esa nostalgia se puede transformar de una manera positiva para su ciudad o su provincia. La manera que encontré fue tratar de que lo que aprendí, ver cómo compartirlo con la gente en Mendoza. Cómo lograr que todo ese conocimiento de mendocinos que hay dando vueltas, llevar el granito de arena propio, para ayudar a que se hagan cosas para que Mendoza siga creciendo porque al final mi familia y mis amigos están todos allá.
- Implica una cantidad de esfuerzo realizado a lo largo de los años, que, a veces en el momento, uno no lo dimensiona. Pero, al mirar hacia atrás, se da cuenta de todo el esfuerzo y el esmero que le ha puesto. ¿Cómo es también con respecto a la familia?
Al principio uno va remando solo y está la familia en casa que te apoya. Eso uno lo ve, pero no lo pone mucho en valor. No se da cuenta tanto de eso en el momento y va; después, mientras más va avanzando, va formando su familia también. En mi caso, mi esposa me ha acompañado desde que nos conocimos en Chile, vivimos un tiempo en Etiopía y me acompañó, nos hemos mudado a Colombia, a Estados Unidos tres veces, a Albania. Ahora me va a acompañar a vivir a Doha, en Qatar, con todos mis hijos, con mi familia.
Es el esfuerzo que uno pone, pero también poner en valor el esfuerzo que representa para los demás acompañarte en esas aventuras: dejar todo, desarmar la casa y armar otra en otro país y adaptarse. Para mí, que voy por un tema laboral, me conecto con el trabajo y la realidad de los proyectos, pero para los que están a mi alrededor a veces no es tan sencillo llegar, y les toca la parte más complicada a veces, porque tienen que rehacer su vida, pero tienen que ir porque van por mí y para apoyarme. Eso para mí tiene un valor que con el tiempo cada vez más se valora y trata de compensar también ese sacrificio. Lo valoro mucho porque, por más que yo me prepare y todo, si ellos no me facilitaran las cosas y no me acompañaran sería más difícil todo. Eso me hace más fácil aventurarme a estos desafíos.
"Que siempre hay algo nuevo por aprender y por aportar. Esa ha sido mi motivación más grande. Ser generoso en compartir lo que uno va aprendiendo, pero también no perder de vista que, a pesar de que las oportunidades llegan, uno siempre tiene que estar preparado para aprovecharla"
- Has estado en varios países, Colombia, Estados Unidos, Etiopía, Mongolia, Albania, entre otros. En ese recorrido habrás visto y vivido las diferencias existentes entre sí en cuanto a, principalmente, aspectos económicos y políticos, pero también en cuanto a la sociedad y cultura, ¿cómo lo has visto y cómo te impacta?
Lo veo de dos formas. A veces, te impactan las grandes diferencias; pero también las similitudes que encontrás, porque a veces los problemas del día a día en varios países son los mismos. Le ponen nombre distinto, lo dicen en otro idioma o lo pronuncian diferente, más allá de las realidades económicas y de los contrastes que uno puede ver en África versus Latinoamérica, o en Europa del Este versus el resto de Europa.
Uno convive con la gente del lugar y cuando empieza a indagar un poquito, a meterse un poco más en la cotidianidad, la gente sufre los mismos problemas cotidiano: pensar cómo darle más oportunidades a sus hijos, que los temas del colegio, cómo lograr mejorar su desempeño en el trabajo. Eso me sorprendió, porque compartir con gente en Etiopía, por ejemplo, además de los contrastes de la comida y los sabores, los olores de los lugares, que eso cuando uno se lleva ese olor de Mendoza cuando va a otro lugar eso se le queda muy marcado. Uno encuentra que en la familia es donde contrasta, esa persona en Etiopía o en Mongolia tiene sus temas -que hay mucha contaminación u otro-, pero al final sufre los mismos temas que sufro yo como papá, de tratar de darle una mejor educación a sus hijos.
Cuando uno descubre eso también lo enriquece mucho porque siente que no existen esas fronteras que siempre se imagina. Al final del día somos todos humanos, sufrimos lo mismo y reaccionamos igual a los mismos incentivos. Hay muchas cosas que, sea en África o en Asia, si no supiera que son de ese país, realmente pensaría que estoy hablando con otro mendocino y tendríamos los mismos problemas. Descubrir eso también es muy rico y muy satisfactorio para trascender esas fronteras y conocer que suceden estas mismas cosas en lugares más recónditos de del planeta también.
- Trabajaste junto al ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, ¿cómo se dio esa oportunidad y cómo impactó también a lo largo de tu recorrido profesional?
Se dio a través de otros proyectos donde había trabajado en Chile. Mi jefe de proyecto en ese entonces se había incorporado al equipo de consultores de Tony Blair en un proyecto y necesitaban gente de confianza y con experiencia en la región, y el primero en quien pensaron fue en mí para formar parte del equipo.
En el caso de los proyectos, uno hace más la parte del trabajo en el terreno directamente con el equipo de gobierno que se asesora e interactúa permanentemente con los diferentes expertos internacionales. En ese intercambio es donde uno aprende mucho al estar rodeado de ministros o altos funcionarios con kilómetros y kilómetros recorridos en temas de gobierno, de manejo de personas, de situaciones complejas y niveles de decisión de alto impacto en los paises. Con esas conversaciones, y con esa mirada de estadista que un líder de su trayectoria, uno aprende mucho, es como un curso o un plus trabajar al lado de esa gente. Fue muy bueno, la verdad que aprendí mucho al lado de Tony Blair y su equipo.
- ¿Qué síntesis podés hacer de tu trayectoria y qué mensaje darías para las generaciones que vienen?
Que siempre hay algo nuevo por aprender y por aportar. Esa ha sido mi motivación más grande. Ser generoso en compartir lo que uno va aprendiendo, pero también no perder de vista que, a pesar de que las oportunidades llegan, uno siempre tiene que estar preparado para aprovecharla. Siempre dicen que no dejemos pasar el tren, pero si no estamos preparados para saltar, no vamos a alcanzarlo. Tenemos que pensar en que todo deja un aprendizaje, es una opción de enriquecerse y también una herramienta más que ponemos en la mochila, porque no sabemos en qué momento tendremos que echar mano y usarla. Las cosas llegan y hay que tener esa paciencia, pero también si no llega, buscar y complementar lo que tengo para que, a lo mejor, me facilite que me llegue.

