Yrigoyen y De la Torre: el duelo a sablazos entre dos políticos de raza

Yrigoyen y De la Torre: el duelo a sablazos entre dos políticos de raza

“No se lo voy a permitir”; le gritó Yrigoyen a De la Torre. De ejercer “influencia hostil y perturbadora” lo había acusado el rosarino (De la Torre) al caudillo de Balvanera (Yrigoyen).

Gustavo Capone

Gustavo Capone

Eran tiempos de desasosegadas asambleas y convenciones de comité. Hacía seis años había nacido el radicalismo y en medio de uno de esos conclaves partidarios, seguro más de una “chicana” habría volado por los aires y aflorado en el debate interno. Y aunque actualmente parecería un hecho cotidiano, insignificante y menor, la discusión entre Lisandro e Hipólito derivó en un duelo.

Estuvo lejos de ser una puesta en escena. Y lejísimo de jugar ambos para la tribuna. Estos tipos no andaban con macanas. Yrigoyen y De la Torre; dos políticos de raza. Habían nacido a la vida pública sabiendo que el honor y la ética son bienes personales que no se delegan jamás.

Yrigoyen. 

Todo eso en el marco de un partido popular donde las discusiones generalmente se dirimieron con resoluciones drásticas: la ruptura, la pelea o el duelo.

Con el coraje y el valor cívico de dar la cara siempre en pos de defender las convicciones partidarias o propias, pero también con el paralelo riesgo consecuencial de “armar un rancho aparte” cuando el debate se bloqueaba y se tornaba antojadizamente irreconciliable produciendo el inevitable debilitamiento opositor.

Los duelos de entonces

Corría 1897. Como era por esos tiempos, los padrinos de los duelistas convinieron que la puja no sería a "primera sangre". Irían hasta las últimas consecuencias. Los códigos de honor determinaban que la disputa no terminaría cuando aparecieran las primeras heridas en uno de los contrincantes, sino que continuarían hasta que alguno pidiera perdón, muriera o los padrinos en caso extremo actuaran de oficios disponiendo que el duelo no podía continuar por una situación dramática.

Lisandro era un muchachón de 28 años. Abogado. Convencional radical por Santa Fe. Había liderado el levantamiento revolucionario nacional de 1893 en su provincia contra el presidente (por ese entonces) Luis Sáenz Peña.

Hipólito ya tenía 45 años. Era el jefe del partido radical de Buenos Aires desde el suicidio de Alem y la muerte de Aristóbulo del Valle. Pero también recordemos que la relación entre el sobrino (Yrigoyen) y el tío (Alem) venía muy deteriorada tras el fracaso de aquella mencionada revolución de 1893.

El contexto nacional tampoco ayudaba mucho: debilidad en el partido gobernante. Aguda crisis económica y divisiones entre el mitrismo, el roquismo y los seguidores de Pellegrini, sumergieron al débil gobierno nacional en una grave situación.

Por el lado de enfrente: la oposición radical. Quienes en paralelo debían elegir la conducción nacional partidaria ante la muerte de los líderes Alem y Aristóbulo Del Valle. Ya Hipólito surgía como el sucesor natural, pero Lisandro pensaría otra cosa, y obviamente propondría otro candidato.

Nada de medias tintas

No había tiempo para indirectas, ni sutilezas. Se discutía el poder. Con bravura, y en serio.

De la Torre había renunciado a su cargo partidario con una filosa carta ante la Convención Nacional: “El Partido Radical ha tenido en su seno una influencia hostil y perturbadora, la del señor Hipólito Yrigoyen, influencia oculta y perseverante que ha operado lo mismo antes y después de la muerte del Doctor Alem, que, destruye en estos instantes la gran política de la coalición, anteponiendo a los intereses del país y a los intereses del partido, sentimientos pequeños e inconfesables” (textual).

Esa carta será el disparador de la ofensa y del reto a duelo por más que los resquemores y desconfianzas ya venían desde hacía tiempo.

Una breve síntesis histórica de la situación interna radical ubicará la discusión en un enfrentamiento que podría simplificarse (haciendo un ligero recorte) en una especie de pleito entre “halcones” y “palomas”, y que venía desde tiempo atrás cuando afloraron las primeras aristas entre los “rojos” de Alem y los “líricos” de Yrigoyen. Pero sobre todo en pleno curso de la revolución de 1893 cuando los ejércitos radicales establecieron gobiernos revolucionarios en San Luis, Buenos Aires, Tucumán, Corrientes y Santa Fe, llegando además a designar en la ciudad de Rosario a Leandro Alem como presidente provisional de la República, pero donde las divisiones internas y la falta de coordinación en un liderazgo claro tiraron todo por la borda, permitiendo al oficialismo reorganizarse y sofocar el levantamiento.

Tras el fracaso de la insurrección, Alem escribiría haciendo un diagnóstico del momento: "Los radicales conservadores se irán con Bernardo de Irigoyen; otros radicales se harán socialistas o anarquistas; la canalla de Buenos Aires, dirigida por el pérfido traidor de mi sobrino Hipólito Yrigoyen, se irá con Roque Sáenz Peña y los radicales intransigentes nos iremos a la mismísima mierda".

"¡Que se rompa, pero que no se doble!"

Premonitorio aquello de Alem. Y así, tras su suicidio el grueso del radicalismo se reorganizó en torno a Bernardo de Irigoyen y controlaron el Comité Nacional desde donde comenzaron a pensar en una nueva alianza con la Unión Cívica Nacional de Mitre. El golpe de gracia al radicalismo lo dará Roca cuando al tiempo le ofrezca a Bernardo de Irigoyen la candidatura a gobernador bonaerense.

Yrigoyen se oponía rotundamente a cualquier arreglo. “Estaba lejos de doblarse”. Ni con Mitre, ni con Roca. Mientras tanto Lisandro De la Torre propuso la candidatura a presidente partidario de Patricio Guido Gentile y buscará un acercamiento con Mitre para derrotar a Roca, pero encontró como era de esperarse una férrea oposición en Yrigoyen, el líder radical de la provincia de Buenos Aires.

En ese contexto se precipitará en duelo entre Yrigoyen y De la Torre.

“Quiero romperle la jeta”

Y así se llegó al duelo. Yrigoyen lo desafió a De la Torre con el arma o de la forma que éste eligiera. Aunque especulaba que fuera a trompada limpia, De la Torre lo sorprendió eligiendo la esgrima.

“Quiero romperle la jeta a ese cajetilla perfumado; declaró entonces Yrigoyen. Como el líder radical no sabía nada de esgrima, todos sus conocidos se horrorizaron y trataron de hacerlo desistir del duelo. No y no. Eligió como padrinos al coronel Tomás Vallée y a Marcelo Torcuato de Alvear; y con calma se preparó, una vez más, para jugarse la vida. (…) De la Torre, que eligió como representantes a Carlos Rodríguez Larreta y a Carlos Gómez, les dijo a estos: Usaré sable porque lo voy a moler a planazos a ese viejo de mierda. Y se floreó ante ellos, en el Jockey Club de Buenos Aires, con unas elegantes fintas con el arma elegida”. (Andrés Bufali: “Secretos Presidenciales”. Sudextremo. 2010. Buenos Aires).

De la Torre

Otra paradoja fue la preparación específica de Yrigoyen para el duelo. Y si bien era un buen tirador de revolver y escopeta, no sabía de esgrima y estaba excedido de peso. Es ahí donde surgió la figura del “entrenador” y padrino: Marcelo T. de Alvear. Dieta, ejercicios y estocadas. Contra espejos y contra sparring. Varias madrugadas completaron el acelerado plan de entrenamiento diseñado por Alvear y por un especialista en sable, florete y espada, como el coronel Vallée, aquel correligionario de la Logia de los 33 Oficiales quien peleará junto a los futuros radicales en la revolución del 90”.

Lo demás ya es historia. El enfrentamiento fue un 6 de setiembre de 1897. Frente de uno de los galpones portuarios de las “Catalinas Sur” de Buenos Aires.

De una sincera y profunda amistad otrora, ahora se odiaban con ferocidad, a tal punto que pelearían a muerte. “Se batieron media hora y cuando ya Lisandro tenía varias heridas (en la cabeza, nariz, antebrazo y en la mejilla que lo obligaría a usar barba el resto de sus días), y a pesar de su inexperiencia en la esgrima, Yrigoyen no había sufrido ningún tajo. Luego de ese tiempo, los padrinos acordaron el fin de la pelea y los convocaron a la reconciliación”. De la Torre maltrecho extendió la mano a su rival, pero Yrigoyen ignoró el saludo y tiró el sable a los pies de Lisandro sin pronunciar palabra. Lo esperaban Vallée y Alvear con una botella de agua y un balde de hielo.

Destino, tragedias y caminos bifurcados

Lo demás es conocido. Yrigoyen fue dos veces presidente y Lisandro De La Torre terminó suicidándose desencantado de la política, cansado de peleas intestinas en pos de esclarecer los dudosos negocios sobre la venta de carnes argentinas a los ingleses en la página de nuestra historia recordada como el Pacto Roca-Runciman y extremadamente deprimido tras el asesinato en el senado nacional de su correligionario Enzo Bordabehere.

La noticia de la muerte de De la Torre. 

Lisandro había sido un pionero cultor del municipalismo, fundador del Partido Demócrata Progresista (1914) y candidato a presidente enfrentando al propio Yrigoyen.

Previo a ese trágico derrotero, quince años después del duelo de 1897, Yrigoyen y De la Torre se encontraron nuevamente en el Hotel España de la Ciudad de Buenos Aires. Dirigentes radicales los juntaron por un tema importante: se venían unas elecciones y los congresales de Santa Fe querían que el popular Lisandro volviera al partido y los representara. Yrigoyen estuvo de acuerdo y así se lo pidió. De la Torre dijo que se negaba “por una cuestión de principios y de procedimientos”. A partir de eso, sus caminos no volvieron a cruzarse.

La década del ’30 seguirá generando polémicas. Surcará como siempre pasó en nuestra historia nacional desavenencias y criterios dispares. Marcará el final de dos vidas intensas.

Yrigoyen será derrocado como presidente, iniciando nuestro país el camino de los golpes de estado. Ese primer quiebre constitucional fue el 6 de setiembre de 1930. Vaya paradoja, justo 33 años después de aquel duelo con Lisandro.

Por otro lado, años más tarde Lisandro volvería a batirse a duelo. Precisamente después de un acalorado debate sobre el tema (ya nombrado) de las ventas de carnes a frigoríficos británicos en cuyo debate parlamentario presentó pruebas del escandaloso negociado que involucraba a dos ministros del gobierno del general Justo. En medio de la discusión además era asesinado Bordabehere.

La misma noche del crimen y ante las acusaciones fundadas de De la Torre, los involucrados Duhau y Pinedo, retaron a duelo a De la Torre. Lisandro rechazó el reto de Duhau porque adujo que el duelo debía ser entre caballeros, condición que para él no reunía Duhau.

Aceptó el duelo con Federico Pinedo que se concretó en Campo de Mayo, un 25 de julio de 1935. De la Torre profundamente dolido y desconsolado por el asesinato de su amigo tiró al aire mientras que Pinedo le apuntó a la cabeza a su contrincante. Pinedo falló.

Terminado el desafío, ante la pregunta del director del duelo Adolfo Arana, si deseaban reconciliarse, Pinedo se negó y De la Torre contestó que nunca habían sido amigos, así que no podía existir reconciliación posible.

De la Torre se recluirá en su departamento de calle Esmeralda. Estaba solo y ese alojamiento era el único bien que le quedaba. El jueves 5 de enero de 1939 recibió al abogado Díaz Arana. Quedaron en almorzar ese mismo día. El letrado ignoraba que De la Torre lo había citado para despedirse. Con un balazo en el corazón se quitaría la vida. Solo había dejado una carta.

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