La tragedia de apuntar a planes y no a fortalecer el capital humano

La tragedia de apuntar a planes y no a fortalecer el capital humano

El incentivo a continuar viviendo de un plan social que baja desde el Estado conspira con el desarrollo del principal activo que tiene la economía de un país: las habilidades de sus ciudadanos. Lo que no se invierte en los primeros años de vida raramente pueda recuperarse.

Ángeles Reig

Ángeles Reig

Numerosos estudios sociales y económicos a nivel mundial muestran que el motor y el éxito de las economías modernas está relacionado con lo que llamamos el capital humano, es decir, las habilidades que poseen las personas que habitan un determinado lugar.

En medio de la crisis económica, el crecimiento de la pobreza y la falta de proyecto de país que padecemos los argentinos, es importante plantear este tipo de cuestiones a la hora de buscar una salida.

Ahora bien, si el capital humano es lo más importante, tanto las políticas públicas como las inversiones que hace el Estado deberían estar orientadas a fortalecerlo. Pero ¿cuál es la mejor manera de potenciar las habilidades humanas?

De acuerdo con las investigaciones llevadas a cabo por el Premio Nobel James Hackman, el mejor momento para invertir en el capital humano son los primeros años de vida. Y esto por dos razones. La primera es bastante obvia: cuanto más tempranamente se haga la inversión habrá más tiempo para cosechar sus resultados. Sin embargo, hay una razón que es mucho más profunda, y es que la calificación, la adquisición de habilidades y los aprendizajes generan más calificación, mayor adquisición de habilidades y mejores aprendizajes. Cuanto antes se ponga en marcha este circuito virtuoso, más lejos se podrá llegar en la calidad de habilidades y aprendizajes adquiridos.

A la vez, las condiciones con que los chicos llegan a la escuela juegan un papel fundamental en el desempeño escolar. Más aún, el rol de las familias y de la educación preescolar es mucho más importante a la hora de explicar resultados que los elementos que brinda la escuela.

De hecho, si miramos los resultados de las Pruebas Aprender 2021, veremos que mientras que el 60% de los alumnos que asistió al jardín de infantes obtuvo resultados satisfactorios o avanzados, esa cifra se reduce al 40% entre los que no pasaron por el nivel inicial.

Lamentablemente, los recortes en el presupuesto de educación llevados adelante por Sergio Massa, impactan directamente sobre este nivel educativo que todavía no alcanza a cubrir la matrícula de manera universal como indica la ley.

Sin embargo, existen en el país numerosas iniciativas y políticas públicas que buscan fortalecer la primera infancia e invertir allí donde se juegan los momentos fundamentales en el desarrollo cognitivo y emocional de cualquier persona.

Uno de estos casos es el del municipio de San Miguel en la Provincia de Buenos Aires que desde el año 2013 lleva adelante un importante trabajo que busca fortalecer y acompañar a niños entre los 45 días y los 3 años de vida en lo que se denominan los Centros de Desarrollo Infanto Familiares.

Conversamos con el Dr. Pablo de la Torre, que es quien lleva adelante este proyecto desde sus orígenes.

-¿Por qué como municipio hacerse cargo de un área como la primera infancia?

-Esta política pública surge en realidad de un estudio que en el año 2012 me encargó el que entonces era Intendente, Joaquín de la Torre, que consistía en hacer un relevamiento sanitario, oftalmológico y de uso y comprensión de la palabra en chicos que iban a sala de cuatro años en jardines de los sectores medios o altos y de los barrios más pobres de San Miguel, para saber en qué situación se encontraban. Y nos encontramos con que, en la parte de salud, no había grandes diferencias, pero detectamos una brecha enorme en el uso y comprensión de la palabra: los chicos de los sectores medios tenían un vocabulario de entre 600 y 800 palabras, mientras que los más pobres manejaban solamente entre 120 y 180. La diferencia era abismal.

Sin embargo, la educación formal, la escuela obligatoria arranca, con suerte, a los cuatro años, es decir, cuando la brecha ya es un hecho. El estado llega tarde.

Si queremos igualdad de condiciones, necesitamos que todos los chicos lleguen a la escuela formal con las mismas herramientas y capacidades, y eso fue lo que nos propusimos hacer.

-Pero ¿por dónde empezar? Parece un proyecto demasiado ambicioso y casi utópico si tenemos en cuenta los índices de pobreza a los que estamos llegando…

-Sí, es cierto, y es cierto también que estamos muy lejos de haber alcanzado la meta, pero si uno traza los lineamientos, se pone objetivos a corto, mediano y largo plazo, y tiene preparados los proyectos, es más fácil que aparezcan las oportunidades para ir haciéndolo realidad. Y eso fue lo que hicimos.

Primero buscamos experiencias en la región y nos terminamos inspirando en el modelo que lleva adelante la ciudad de Guayaquil que propone un enfoque no solo en los niños sino también en su entorno familiar. De nada sirve cuidar, atender y estimular a un chico durante cuatro horas si después vuelve a un medio que le juega en contra. El trabajo tiene que ser con la familia. Por eso nuestros centros se llaman Centros de Desarrollo Infanto Familiares.

Acabamos de inaugurar el noveno. Algunos los hicimos de cero, otros conveniamos con guarderías que ya existían para adaptarlas al modelo CDIF. Deberíamos tener unos 15, todavía nos falta.

-¿Son guarderías?

-Nosotros evitamos esa palabra. La guardería hace referencia a un lugar donde se cuida a los chicos mientras las madres trabajan, es más para pasar el rato que otra cosa. El trabajo que se hace en el CDIF es mucho más que eso. Los cuatro pilares son el juego, la nutrición, la estimulación y el afecto. Todo el trabajo está coordinado por especialistas: el menú (los chicos reciben el 50% de la nutrición diaria), las actividades, el diseño de los edificios, todo está pensado para brindar un servicio de la mejor calidad.

-¿Ya pueden ver algún resultado?

-Está claro que este trabajo es un trabajo muy a largo plazo y los resultados finales se van a ver cuando estos chicos tengan 18 años y estén en condiciones de ir a la universidad o de conseguir un buen trabajo. Hacemos un seguimiento de los chicos vamos teniendo indicios. También recibimos muchos testimonios, por ejemplo, de abuelas que cuentan cómo notan la diferencia entre los nietos que van al CDIF y los que no: saben los colores, saben dibujar, empiezan a escribir antes… Tenemos varios egresaditos que son los abanderados en sus cursos. Eso nos llena de orgullo y esperanza.

Es una apuesta difícil y costosa, sobre todo para un municipio que tiene un presupuesto acotado. Pero también tenemos la convicción de que es la plata mejor gastada. Es una verdadera inversión, esos chicos van a tener, el día de mañana, las herramientas para cortar con ese círculo vicioso que genera la falta de educación y trabajo y que convierte a las personas en dependientes de un plan estatal o una changa. Nosotros queremos terminar con eso desde la raíz.

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