El costo social de la deuda que Argentina no logra saldar

El costo social de la deuda que Argentina no logra saldar

En los últimos 15 años un título se repitió cíclicamente -aunque con mínimas diferencias- en MDZ. Es el del porcentaje -alarmante- de jóvenes que no estudian ni trabajan. Lejos de resolverse, es una deuda que crece. Los ni-ni, que quedan en al margen del sistema, son cada vez más.

Florencia Rodríguez Petersen

Florencia Rodríguez Petersen

fpetersen@mdzol.com

"Novecientos mil jóvenes argentinos no estudian ni trabajan", titulaba MDZ hace más de 10 años. Entonces, había en el país 3.253.000 adolescentes de entre 15 y 19 años y 3.174.000 jóvenes de entre 20 y 24 años a los que los medios caracterizaron como "generación ni-ni" ya que un alto porcentaje de ellos no estudiaba ni trabajaba. 

Se habló, entonces, de falta de interés. Y eso fue una señal de alarma para que las instituciones hicieran foco en este grupo muchas veces olvidado. A nivel internacional el problema había sido diagnosticado mucho antes. El término ni-ni fue usado por primera vez en un informe británico: Cerrando la brecha: nuevas oportunidades para jóvenes de 16-18 años que no estudian ni trabajan ni reciben formación.

Si bien se universalizó la expresión, no tiene el mismo sentido en todos lados. El recorte etario varía según el país y el abanico de razones por por las que los jóvenes pueden pertenecer al grupo de personas que no estudian ni trabajan también es muy variado. El universo de personas que integran este "colectivo" -si es que vale llamarlo así- es diverso por demás: incluye, efectivamente, a aquellos que no tienen intereses o eligen tomarse un tiempo para definir el rumbo que quieren dar a su vida, pero también a persona con enfermedades o discapacidades que les impiden trabajar y a quienes tienen dificultad para encontrar empleo (y conservarlo), entre otros. 

A pesar de la recomendación de no caer en generalización, los ni-ni son un grupo al que la sociedad y el Estado debe prestar atención para dar respuesta a sus necesidades -diversas, claro está-. En Argentina enfocar la realidad de los ni-ni deja al descubierto la desigualdad. Entonces, cuando MDZ publicó la nota alarmando sobre la realidad que englobaba a casi un millón de jóvenes (en un universo de poco más de seis millones) de los cuáles el 80% vivía en "hogares sumidos en la pobreza". 

La información se desprendía de un informe de la Cátedra Unesco sobre las Manifestaciones Actuales de la Cuestión Social del Instituto Torcuato Di TellaEntonces, Mariel Romero, una de las sociólogas involucradas en la investigación, señaló que "si uno antes se esforzaba, lograba estudiar y trabajar, el progreso no tenía límites. En cambio, ahora, los chicos observan que los padres o los abuelos trabajan o se esfuerzan mucho pero no ven ningún progreso”.

 

Unos años antes, en 2007, un estudio sobre niñez y adolescencia del Observatorio de la Deuda Social de la UCA hacía foco en la adolescencia. "El 64% de los adolescentes (entre 15 y 19 años) sólo se dedica a estudiar", sentenciaba el artículo de Edith Byk y Gustavo Ponce incluido en el informe. Enseguida aclaraba que un 11% sólo trabajaba y un 10% no trabajaba ni buscaba trabajo. Un dato detrás de esa primera información servía como primer llamado de atención: dentro de los que sólo trabajaban, la mayoría eran varones, mientras que entre los ni-ni, la mayoría eran mujeres. "Esto refleja cierta persistencia de patrón de comportamiento bastante tradicional según el cual los varones son preparados para ingresar en el mundo de trabajo y las mujeres para ocuparse de las tareas domésticas y del cuidado de los niños", explicaban los autores. 

Con cambios sutiles, sus palabras siguen teniendo valor a 15 años después. En 2018  un análisis de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) realizada por Indec detallaba que en la franja de adolescentes, de entre 15 y 19 años, el número de ni-ni ascendía a 12,4% mientras que el 24,7% de los jóvenes de entre 20 y 25 años pertenecen al grupo de los ni-ni. Y este año las cifras son similares: apenas se nota un aumento. 

"La sociedad argentina de la post pandemia presenta un escenario de desigualdades agravadas que afloraron luego de la crisis sanitaria, pero también en un contexto de estancamiento económico y ocupacional que lleva más de una década, de consecuencias dramáticas en materia de exclusión social", expresa el último informe del Observatorio de la Deuda Social acerca de la evolución de los ni-ni en Argentina.

La expresión "exclusión social" aplica perfectamente a la realidad que ya tiene larga data en el país y que padece 1 de cada 4 jóvenes. Son hombres -pero más aun mujeres- a quienes el sistema educativo expulsa y el mundo laboral no les da espacio. No hay lugar para ellos quedan al margen.

Pasó más de una década desde que, en su intento por explicar la situación, Guillermo Pérez Sosto y Mariel Romero señalaban que “en la Argentina de la poscrisis de 2001, la problemática juvenil y la precariedad laboral ocupan el centro de la gravedad de la cuestión social”. Las palabras nuevamente, tienen vigencia. Pareciera que crisis (pos, en ese análisis), problemática juvenil y precariedad laboral son realidades que atraviesan al país eternamente, como un denominador común que atraviesa políticas, geografías y épocas. "Se quebró el mito del progreso", sentenciaba entonces Pérez Sosto y agregaba que en nuestro país los ni-ni "surgen de un proceso de descomposición social, de una historia de degradación de la economía y de la sociedad de largo período, que supone la precarización del mundo del trabajo, la desprotección social y, por último, el abandono de niños y jóvenes".

Cambiar la realidad, para ese 25% de los jóvenes parece ser una misión imposible en un contexto de creciente inflación, crisis e incertidumbre donde la pelea por el poder tiene más relevancia que el trabajo por el bien común. Mirar al otro (ya ni que decir, aceptarlo, escucharlo y valorarlo) parece ser algo exótico. Tras años de grieta, el otro parece ser para algunos un enemigo al que conviene aplastar o una amenaza (percepción que se acentúa en medio de una escalada de violencia). Pero eso no es lo peor: muchas veces el otro es invisible, no se lo nombra, se lo mantiene al margen.

Entonces, si no hay un cambio radical -en las políticas, pero también en la sociedad y en cada uno de los que la conformamos- es esperable que se sigan repitiendo títulos con la misma fórmula: "Novecientos mil jóvenes argentinos no estudian ni trabajan", "Crece el número de ni-ni en Argentina" o "Uno de cada cuatro jóvenes es excluido del sistema".

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