Apuntes de siembra

Qué nos pasa cuando nuestros hijos nos mienten

No importa si se trata de una pequeña mentira piadosa, o de la mentira más grande del mundo, lo cierto es que a los padres siempre nos afecta cuando nos enteramos de que nuestros hijos nos mienten. ¿Qué nos pasa?

Lic. Magdalena Clariá y Mercedes Gontán domingo, 5 de junio de 2022 · 18:36 hs
Qué nos pasa cuando nuestros hijos nos mienten
Foto: Freepik

La mentira, según la RAE, es una «expresión o manifestación contraria a la verdad, a lo que se sabe, se cree o se piensa.» Con otras palabras, es la afirmación que una persona hace consciente de que no es verdad.

Todos los chicos mienten, decimos los adultos indignados. Ahora bien, cuando preguntamos a los mismos adultos si ellos mintieron alguna vez siendo niños y si ahora de grandes dicen ocasionalmente alguna mentirita, las respuestas a ambos interrogantes son afirmativas. Desde ya que no por eso, convalidamos ni justificamos la acción de mentir. Pero nos sirve para no escandalizarnos ante la mentira de un niño, y sobre todo, ser más comprensivos.

Con respecto a nuestros hijos, es interesante indagar cuáles son las causas que motivan a la mentira. Correr el velo de la falsa afirmación u ocultamiento, y focalizarnos en por qué ese chico dijo una mentira. Podemos quedarnos en el “está mal mentir, no vuelvas a hacerlo”, y pensar el peor castigo para esta conducta inadmisible, o ir más allá y ayudarlos a que no sientan más la necesidad de mentir.

“Tenía miedo de que me reten. Me daba vergüenza. Creía que era lo mejor para todos. Era más interesante que la verdad.” Estas son algunas de las razones que expresan los chicos cuando les preguntamos por qué mintieron. Y esto no ocurre sólo con las más chiquitos, a medida que crecen y llegan a la adolescencia, las mentiras pueden complejizarse, pero siguen la misma dinámica, incluso pueden ser más frecuentes si sienten que los adultos tratan de coartar lo que ellos viven como su proceso de individuación e independencia. Las intenciones son válidas, claramente eligen un camino equivocado.

Como siempre decimos, la clave muchas veces está en decidir nosotros los adultos, lo que vamos a hacer o decir. La pelota está en nuestra cancha. Desde ya que sería más sencillo que contáramos con un botón o una aplicación que al activarse hiciera que nuestros hijos no digan más mentiras, nunca más. Pero no existe ni existirá, por lo que mejor elaborar juntos algunas estrategias.

Muchas veces, sin quererlo, nosotros en la conversación, vamos acorralando a los chicos de manera tal que la única salida para ellos se vuelve una mentira. Supongamos que vimos su cuarto todo desordenado, cuántas veces los enfrentamos tipo “careo” preguntándoles con voz amenazante. ¿Ordenaste tu cuarto? A lo que seguramente nos dirán que sí, mientras salen corriendo a ver qué pueden hacer con ese desorden. Si, en cambio, al ver que el cuarto estaba desordenado, los encaramos diciendo, veo que no pudiste ordenar el cuarto, ¿Cuándo planeas hacerlo? Seguramente tendremos una conversación más efectiva.

Otras veces, los chicos van complejizando las historias inventadas, elaboran casi una novela de ciencia ficción para explicarnos por qué llegaron más tarde de la hora acordada. Si en vez de enojarnos ante esto, y reaccionar diciéndoles que no nos traten de tontos, etc, intentamos expresándoles con calma que eso que está relatando no nos suena a verdad, que a lo mejor necesita un rato para que podamos hablar con sinceridad de lo ocurrido, es probable que salga el niño de este lugar de acorralado, y en unos minutos nos cuente la verdadera historia. Haber hecho del diálogo un hábito en nuestra relación por supuesto que hará que las cosas mucho más llevaderas y claras, sobre todo una vez entrada la pubertad.

Como ya hemos compartido otras veces, más allá de nuestras palabras, en la educación de nuestros hijos, el ejemplo arrastra. Cuantas veces al mismo tiempo que nos escandalizamos ante las mentiras de nuestros hijos, naturalizamos esas pequeñas mentiras que nos acompañan en el día a día, y que a nuestros ojos “no están tan mal”:

  • Cuando llama alguien por teléfono: “Decile que no estoy”
  • Cuando vamos a un espectáculo: “Decí que tenés 11 años así pagás entrada de menor”
  • Cuando nos quedamos dormidos: “Decile a la maestra que te sentías mal”
  • Cuando no queremos ir a un lugar: “Decile que tenemos un compromiso al que no podemos faltar”

Y así podemos llegar a enumerar unas cuantas otras situaciones en las que los niños están en primera fila de nuestro show de mentiras. La contracara de la mentira es la confianza, y esta se construye en el día a día con nuestros hijos. En lugar de indignarnos porque nos mienten, pongamos la mirada en fortalecer nuestro vínculo, y que ellos se sientan siempre comprendidos y escuchados por nosotros. Desde ya que como padres es nuestra responsabilidad cuidarlos y ponerles los límites necesarios, pero siempre desde el cariño y recordándoles la incondicionalidad de nuestro amor.

Separemos la persona de la conducta. Puede ser que nuestro hijo diga una mentira, pero esto no lo vuelve un mentiroso. Si nosotros reprobamos la conducta, le damos la posibilidad de aprender para la próxima. En cambio, si rotulamos o etiquetamos a su persona, lo más probable es que esa conducta se haga hábito en él, y le sea más difícil evitarla. Que se “compre la etiqueta”. Y por el contrario si valoramos cuando nos dicen la verdad (a pesar de que sea una verdad que no nos gusta) motivamos en ellos la confianza y que siempre es mejor la sinceridad por costosa que sea, es más apreciada y resuelve conflictos en vez de complejizarlos.

Sembremos en cada una de nuestras casas un ambiente libre de amenazas, donde nuestros hijos puedan sentirse seguros de decir la verdad. Nos entristece ver una sociedad que a veces es tomada por la mentira, pero no nos quedemos en el lamento o en la queja. Trabajemos por la verdad desde cada una de nuestras casas, sabiendo que si crecen en la virtud de la sinceridad, nuestros hijos serán felices, y eso no es ninguna mentira.

*Magdalena Clariá es licenciada en psicología y Mercedes Gontán es abogada, mediadora y orientadora familiar. Juntas hacen Apuntes de siembra.

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