Presenta:

Sudor, lágrimas y sobre todo sangre: el lado B de la historia de Rocky

El 23 de junio de 1977 se estrenó en nuestro país una de las sagas más exitosas de todos los tiempos. No son pocos los que creen ver rasgos de Ringo Bonavena en Rocky Balboa. ¿Fue esa la inspiración de Sylvester Stallone? ¿Querés saber quién fue el que iluminó con su vida real la ficción?
1236920.jpg

El hombrón rubio llega tambaleante al rincón y se desploma en el banquillo. Prácticamente no ve debido a la inflamación de sus párpados y la hemorragia copiosa de los arcos superficiales. Percibe, apenas, formas y luces. Desde hace cinco rounds el ahogo es constante. La etapa del dolor quedó atrás. Ahora “solo” hay aturdimiento, falta de coordinación y un cansancio extremo que provoca que cada uno de sus brazos pese como un auto.

Confunde las indicaciones de su entrenador con los pedidos del hombre que contrató especialmente, Bill Prezant, el “cutman” más reconocido. Él extrae el pomulero del cubo de hielo y con él aprieta las heridas durante poco más de medio minuto. Luego mete un dedo entero en los cortes, cargado de vaselina, para coagular  la sangre. El ardor es insoportable. Alguien le apoya una toalla empapada en la nuca. Con otra le frotan el pecho.

Aprovecha que le sacaron el protector bucal para respirar con lo que le queda sano de la boca, aunque el aire se rehúsa a entrar en los pulmones llenos de humo de cigarrillos y el vapor de la transpiración. Lo hacen tragar grandes sorbos de un líquido espeso, cóctel de agua, sangre y saliva propia y ajena.

Su manager, Al Braverman, le vacía el balde helado en los testículos, con otra mano lo obliga a aspirar un algodón con sales capaces de resucitar una momia. Sabe, pese a todo, que es el descanso antes del asalto final, el 15. Sin un nocaut jamás podrá ganar en las tarjetas. A quién le importa. No vino a ganar. O mejor dicho, no vino a ganar un combate. Esta noche peleó para justificar la vida entera.

Chuck Wepner se crió en los suburbios de Bayonne, Nueva Jersey. Ser marine fue su propósito más duradero. No era cuestión de patriotismo. Una película quedó grabada en su mente, Battle Cry. En ella, los uniformados se quedaban con las mejores chicas y eso era un estímulo más que suficiente. Pero sus superiores esperaban algo más de él y esa fue la causa de la expulsión temprana en el ‘59. Sin muchas opciones para el flaco currículum del grandote, tras un paso por la sección de seguridad de la Western Electric, los clubes nocturnos mutaron de afición a lugar de trabajo, que no resultaba más complicado que acomodar de un prematuro tortazo a los galanes que empezaban a derrapar.

En ese ambiente le propusieron probar cuán duro era en realidad subiendo a un ring. De ahí al debut en el torneo Guantes de Oro para amateurs hubo solo un paso. Cinco victorias al hilo lo colocaron a la puertas del profesionalismo una etapa pletórica de tentaciones para un buen peso pesado. Los promotores de la época buscaban desesperadamente a la “esperanza blanca”. Un retador pálido capaz de poner en vereda a tanto morocho perfecto. Algo de esto sabemos por acá, Ringo Bonavena también aceptó ese hierro caliente.

Muhammad Ali es el arquetipo, el monarca del desplazamiento en el cuadrilátero, el modelo a seguir por todos los que quieren hacer un arte del boxeo. Su especialidad es hacer simple lo imposible. Dos piernas prodigiosas lo ponen a resguardo del alcance rival y le permiten llegar, puntual, a la distancia exacta para descargar, afirmado, golpes precisos, demoledores. Además, por si fuera poco, logra hacerlo con gracia, con atlética elegancia.

Nunca antes -y nunca después- un pugilista estuvo tan cerca del show. Es bocón, exuberante, histriónico, fanfarrón. Inventó un negocio donde había solo deporte y puso al deporte en la cima de todos los ratings. Es bello, cariñoso con los niños y a diferencia de muchos de sus contrincantes con pasados pendencieros y penitenciarios, es dueño de una pulcra trayectoria personal. 

Supo arrojar una medalla de oro olímpica al río porque se sintió insultado por su sociedad. Se negó a empuñar armas en la guerra para evitar verse obligado a matar desconocidos. Eso le valió perder el cinturón y su licencia. No le importó. Pagó el precio que exigía su conciencia. Volvió para reconquistar todo lo que por derecho y talento le pertenecía. Hizo de la disciplina de los puños una atracción masiva, exquisita y popular; un arte marcial, una danza.

Fue el mejor de todos. Para narrar su campaña y su vida no son suficientes las crónicas deportivas. Los hechos que protagonizó cruzan la historia de los Estados Unidos. La transformación de Cassius Marcellus Clay Jr a Muhammad Ali permite comprender algo de Vietnam, de la lucha por los derechos de los afroamericanos en Norteamérica y buena parte del mundo. Contra él, contra el mito, contra la leyenda viva, tenía que enfrentarse Chuck. Lo haría con sus limitaciones técnicas y los 37 años que se hacían sentir.

A esta altura del combate Chuck es blanco fácil. Caminar el ring nunca le resultó sencillo y menos ahora, agotado, mareado y casi ciego. El bailoteo armónico de su rival lo muestra aún más mecánico de lo que es. Lo expone previsible. Es un toro malherido que no para de topar. Alí sabe que no tiene que permitírselo. Lo verificó en el noveno, cuando lo dejó ponerse  a tiro y recibió un golpe que lo mandó a la lona.

“Yo tenía un arreglo de palabra con Foreman para una pelea por cien mil dólares. íbamos a hacerla luego de que combatiera con Muhammad Ali en Zaire. Cuando vi lo que hacía Ali (aguantar recostado en las cuerdas todo lo que le tiraba) me di cuenta de que Foreman se iba a complicar. El nocaut en el octavo en la noche de Kinshasa terminó, además, con mi sueño de una pelea por el título”.

Sin embargo, una nueva puerta se abrió para Chuck. El boxeo es, o al menos intenta ser, una metáfora de la sociedad, sobre todo en esos años de los 60 y 70. Y la “tierra de las oportunidades” también tenía su correlato en el ring. El supercampeón, el dueño de todas las miradas, le daba una chance a un don nadie.

En la noche del 24 de marzo de 1975, en el Richfield Coliseum, Ohio, Wepner y Ali se verían las caras con los guantes puestos. El pleito despertó expectativas en toda la afición y el público en general. Dudaban cómo se las iba a arreglar el desafiante inesperado, un veterano mediocre, frente al rey de todos los tiempos.

Asuntos rutinarios en la vida de Ali eran grandes lujos para Chuck, quien por única vez en su carrera pudo entrenarse a jornada completa. Pese a los rigores del trabajo físico, las comodidades del lujoso hotel en el que lo instalaron con su esposa, los requerimientos de la prensa, las fotos y los autógrafos que le pedían los aficionados eran novedades que disfrutaba. Esto, más la bolsa que oficialmente se estableció en mil de los grandes -hay versiones que cuentan varios más- hicieron de esa etapa un tiempo que siempre recuerda como uno de sus grandes momentos.  

Un periodista le preguntó cómo iba a sobrevivir. Acomodándose el pelo, dijo sin inmutarse: “He sido un sobreviviente mi vida entera, he sobrevivido a los Marines, cómo no voy a sobrevivir a Ali”. Y la suerte, o al menos la cuota que hace falta, efectivamente se iba a hacer presente esa noche en el estadio, aunque no se iba a posar sobre “el Sangrador de Bayonne”.

Un guionista venido a menos, rechazado por todos los grandes estudios, cansado de rebotar ante todos los productores de la industria, decidió cortar unas horas su rutina de trabajo y presenciar la pelea que todos los medios publicitaban. Tan flacos eran sus bolsillos que había intentado vender su perro. Pondría para la entrada mediocre, bien alejada del cuadrilátero, buena parte de los dólares que le quedaban. Su nombre es Sylvester Stallone.

El público bramaba sobre sus asientos. Resultaba imposible creer lo que estaban presenciando. Ali recibiendo la cuenta en el piso y Wepner en un rincón neutral. Stallone cuenta muy bien ese momento. “Sentí que era una metáfora de la vida. Un boxeador aturdido logró derribar al mejor de todos. A partir de ese instante toda su historia se cristalizó. Lo recordarán por toda la eternidad, al menos los admiradores del boxeo. Él hizo algo extraordinario. Supe que era lo que necesitaba como catalizador para una idea. Un hombre que va a enfrentarse a la vida, a arriesgarse y tal vez a llegar. Creé un antihéroe”.

Más tarde, un estudio minucioso de las tomas de los fotógrafos acreditados develaría el secreto. Chuck, sabiendo que tendría que apelar a todo lo permitido y un poco más también para tener una mínima chance, combinó la derecha al flanco izquierdo con un discreto pisotón. Las dos cosas rompieron la vertical del campeón. 

No le llevó mucho tiempo armar el guión de la película. Asistir a la pelea fue experimentar una visión. “Ese soy yo, esa es mi vida”, se dijo. Durmió muy poco durante varios días. Escribió febrilmente. Las imágenes revoloteaban sobre su cabeza. Más allá del fuerte estímulo tampoco había muchas posibilidades de distraerse. El departamento era tan pequeño que podía abrir o cerrar la puerta y la ventana sin levantarse de la cama. Allí, en ese ambiente único de  2,40 por 2,70 metros, las anécdotas se embotellaban para entrar en la trama y conducirla al combate final. Habitualmente, las historias que transitaba eran triviales. Giraban en torno a los sueños, los proyectos irrealizables. Wepner, aunque lejos del aspecto del genio de lámpara, los materializó. Al cabo de tres dìas, al lado de su vieja máquina de escribir, se apilaba el primer guion de Rocky. Su personaje era muy oscuro, callejero, incorregible. Reescribió. Reescribió. Y volvió a reescribir.

Los productores cinematográficos se entusiasmaron con el proyecto. Bueno, con casi todo: Sylvester no negociaba perder el rol protagónico y ellos deseaban una figura de cartel. Ryan O’Neal, Burt Reynolds, Robert Redford, James Caan eran los candidatos y todos estaban en la cima. Stallone sintió que era una oportunidad que no podía dejar ir. No se resignó. Insistió y volvió a hacerlo, una y otra vez casi con la misma obstinación con la que Chuck se resistía a caer. No fue sencillo, le ofrecían al principio 25 mil dólares, luego 100 mil por el guion. Él contaba, luego de la venta del perro, con 106 dólares en el banco. Su auto, tasado en 40, estaba averiado. La tentación era grande.

Finalmente, llegó a una conclusión. Enfrentar a la pobreza no lo asustaba, había hecho de eso una ciencia, pero sentía, muy profundo en su conciencia, que tenía que correr ese riesgo. Alcanzaron un trato: Stallone actuaría prácticamente gratis. Cobraría el bolo mínimo establecido por el sindicato por su trabajo actoral a cambio de encarnar la historia en el celuloide.

Wepner se persigna y sale. El saludo en medio del ring señala el comienzo del último capítulo de la batalla épica. Los asistentes del Coliseo, la teleaudiencia y los prolijos relatores de la época no saben ya dónde buscar adjetivos para describirla. No se puede creer. Estadio, livings y bares son testigos del mismo hecho. Algo tan excepcional como inenarrable, no es un enfrentamiento de box, es una parábola.

El aspecto de los dos titanes dice más que las tarjetas de los jueces. Ali, todavía entero, lucía su tradicional short blanco -aunque teñido por la sangre de Wepner- igual que 10 años antes, cuando alcanzó el cinturón y la gloria frente a Sonny Liston y se llamaba, todavía, Cassius Marcellus Clay. La cara de Chuck es una máscara derretida. Su pelo -algo largo a los costados, un recurso que podía servir en la vida “civil” para disimular lo que faltaba arriba-, se sacudía ahora ante los golpes de los guantes negros que llegaban con excesiva frecuencia a la cara. El pantalón alto, azul y rojo por mitades, dejaba ver como dos piernas flacas perdían toda firmeza.

El veteranísimo Sangrador jugaba todas sus fichas -ya muy pocas- a un solo golpe. La probabilidad era la misma hacer hoyo en uno en un par 4 con un hierro equivocado. Pero para él, ser punto, buscar salvar la noche en la última bola no era una sensación desconocida. Todo lo contrario, era el día a día. Su rutina era vivir tapando agujeros.

El campeón medía sus golpes en busca de potenciar el daño. Chuck iba con lo que podía: a veces con los puños; otras con la cabeza en punta cuando buscaba trabar con los brazos. Muhammad se quejaba de los golpes en la nuca durante los clinches. “Qué me importa, ¿me van a descontar puntos acaso?”.

Sin embargo, un rapto de fe lo impulsa a tirar un cross muy largo, falto de tiempo, distancia y potencia. Ali lo hace pasar de largo llevando su espalda hacia atrás y se relame. Lo ve jugado, servido, desguarnecido por unas pocas centésimas de segundo. Tiempo de sobra para él. El uno-dos llega letal a la cara. Chuck aguanta de pie, pero como un árbol muerto, absolutamente conmocionado. Ali buscó la estocada final con una gancho alto de izquierda como para salir en las portadas de todos los semanarios. Milagrosamente, no llega a destino. El impulso del golpe lo lleva, casi, hasta el extremo opuesto del ring. Tuvo tiempo de volver antes de que Chuck lograra dar con una guardia decorosa. "Wepner is in trouble, now!!", vocifera el relator. "¿Ahora en problemas? Qué sabrás vos. Toda mi vida fue así".

Los impactos llevaron a Chuck contra las sogas. Su cabeza, durante cuatro eternos segundos, es un puching-ball para el campeón. Intenta una fuga pese a que casi no puede caminar. El propio peso de la parte superior de su cuerpo lo hace viajar, semi inclinado, al otro lado del ring. Lleva la guardia baja; un metro antes de llegar a las sogas, sobre las que hubiera podido encontrar un mínimo apoyo, una derecha a la mandíbula terminó con el suplicio. Tocó la lona celeste por primera vez en la noche. Miró el suelo, luego al vacío y trató de pararse. No pudo conseguir coordinación en sus miembros para hacerlo. Manoteó con desesperación de ahogado una de las cuerdas, la superior, la roja (entre las cuatro aportaban los colores de la bandera estadounidense) pero se pasó de largo y quedó enredado, colgado con medio cuerpo fuera del ring. El castigado cerebro no podía enviar las órdenes mínimas: qué músculo contraer y cuál estirar para salir de esa red. Además, ayudaba poco el piso que no dejaba de balancearse.

El referí decretó el final. Tres asistentes fueron a buscarlo. Uno de ellos intentó una queja. Al hacerlo, soltó a Chuck que, de bruces, estuvo a punto de caer sobre su banquillo. Faltaban 19 segundos para la campana. Estuvo cerca. Quedó a un paso del objetivo que se había propuesto: terminar de pie frente a Ali. "En ese momento, de todos modos, me sentí aliviado. Quería que todo eso terminara de una vez".

El film se convirtió rápidamente en un suceso y se quedó con el Oscar de la Academia en 1976. Tal fue el éxito que sería el comienzo de una de las sagas más populares del mundo.

La escena del combate estelar es prácticamente una crónica de la verdadera velada, con James Brown incluido cantando el himno sobre el ring. Apollo Creed es la representación de Muhammad Ali. Es el campeón indiscutido, negro, mediático al extremo, amigo de los espectáculos y exagerado devoto del histrionismo. Es él quien decide darle la oportunidad a un ignoto boxeador, un perdedor casi retirado. Tan claro es el paralelo que Ali participa en la ceremonia de la Academia de Hollywood, jugando en un pase de comedia su reclamo a Stallone.

Chuck no estuvo en la alfombra roja, pero sí fue varias veces a las salas de cine. El público lo aplaudía de pie en las escenas del combate y lo esperaba a la salida. Hay cientos de fotos de esos tiempos. Se ve en ellas a Wepner abrazado a aficionados en bares y eventos a los que era invitado especialmente. Las crónicas cinematográficas decían desde las páginas de los diarios que en esa ocasión, como sucede pocas veces, la vida imita al arte, y viceversa. Daban cuenta de la transformación que un personaje de la pantalla grande era capaz de plasmar con un ser de carne y hueso: “Rocky hace de Wepner un ganador”. Fueron incontables los llamados que recibió con felicitaciones por los Oscar (la película se quedó con tres). “Fue un gran momento para mí -asegura Chuck-. Aunque no recibí un centavo, muchas personas pensaban que había cobrado una fortuna”.

Sylvester Stallone no solo reconoció en muchas notas que Chuck había sido su fuente de inspiración para desarrollar el personaje de Rocky Balboa sino que lo convocó para participar de la segunda parte. Finalmente, Wepner no fue incluido, aunque lo cuenta sin rencores: “Me puse tan contento con la invitación para pasar unas líneas que me pasé de la raya con los festejos la noche anterior. No llegué en buena forma. No fue culpa de nadie”.

A partir de allí, los contactos entre el boxeador y su reflejo en la pantalla grande se terminaron. Chuck no se alteró: “Son cosas que pasan”. Stallone, sin embargo, no dejó de hurgar en la vida de Chuck. Las similitudes entre la trayectoria del esforzado deportista y Rocky asombran a más de uno.

Por ejemplo, ya muy de vuelta, Chuck, necesitado de dineros aceptó participar de algunas atracciones circenses del estilo de los casinos de Las Vegas. Luchó contra un oso y enfrentó a Andre el Gigante. Chuck es, todavía a los 83 años, un hombre imponente que supera el 1,90m de estatura. Frente a Andre lucía como un chico de 8 años jugando con su padre.

El espectáculo -pautado- se fue de madre con el transcurso de las vueltas. Los muchachos fueron entrando en calor y Chuck, impotente, le aplicó un cabezazo en la cara a su oponente. Andre, iracundo, lo levantó en sus brazos y lo revoleó fuera del ring con la misma facilidad con la que un escolar arroja su mochila cuando llega de la escuela. Los memoriosos, recordarán ahora la escena de Rocky III, cuando un Balboa de pantaloncitos amarillos vuela sin escalas hacia el ringside impulsado por "Thunderlips", el luchador interpretado por Hulk Hogan.

El palmarés de Wepner nunca impresionó. Y si bien su declive se hizo sostenido su teléfono no dejaba de sonar. Los promotores, lejos de soñar con el cetro instalado siempre en la testa de un afroamericano, sabían que con él el espectáculo estaba garantizado. Corajudo, pero con la acepción que Víctor Hugo Morales muchos años después usaría para un tal Diego Armando: “Es el más guapo; no porque pegue, sino porque sabe que le van a pegar y sigue yendo”.

Le pegaron, sí. Es dueño de un récord. A lo largo de su carrera acumuló 329 puntos de sutura en su rostro. Eso se debía a dos cosas. A lo cruento de los combates de esos años, con guantes de menos onzas que los actuales y protocolos médicos más permisivos y una llamativa tendencia a los cortes de su piel. Algunos viejos reporteros de la época comparten una broma: “Wepner empezaba a sangrar cuando chocaban los guantes en el saludo inicial”. De allí, entonces, el apodo que signó su carrera, “el sangrador de Bayonne”.

A medida que sus peleas se fueron alejando del centro los excesos se hicieron más frecuentes y mayores. Su primera esposa, Phyllis, ya se había cansado de sus desapariciones en los burdeles y lo echó de la casa. Una noche la policía lo sorprendió con una buena cantidad de cocaína. Los argumentos de Chuck no lograron convencer a nadie y fue a dar con sus huesos unas temporadas a prisión. Pero aún allí supo ganarse el afecto de los internos. Siempre fue, sobre todo, un tipo amigable.

Esa facilidad para relacionarse sería el sostén de su último negocio, la venta mayorista de licores. Fue un buen corredor comercial. Era regular en sus visitas, conocía (muy bien) las bebidas y, por sobre todas las cosas, resultaba simpático. Clientes y habitués  siempre disfrutan la charla. Se siguen sacando fotos con el “verdadero Rocky”, como suelen llamarlo. En algunas el grandote amaga una guardia; baja, siempre baja.

De los muchos chistes que cuenta, uno es su preferido: “La noche de la pelea con Ali le compré a mi mujer un camisón azul. ‘Usalo esta noche, vas a dormir con el campeón del mundo de los pesados’. Luego del combate, cuando llegué al hotel, al entrar en la habitación la veo vestida con la prenda, mínima. Entonces me preguntó: ‘¿Ali viene para aquí o tengo que ir yo a su habitación?’”. Las risotadas siempre traían algún trago y más tarde un pedido.

Cuando ya pensaba en largar llegó una oferta que no pudo resistir: una pelea por el título estatal. “Quería irme así, llevándome ese cinturón. Era justo, luego de tanta lucha, y donde había comenzado todo”. En el arranque, el propósito parecía alcanzable pero el correr de las vueltas se hizo cuesta arriba. Desde algún punto de vista, no resultó un mal cierre; fue representativo de su campaña. Esfuerzo, entrega total, intercambio recio de golpes, espectáculo, sangre, fallo adverso en las tarjetas.

Muchos años después, un estudio jurídico lo convenció de reclamar dinero al titular de la saga construida con la materia prima de su historia. Fue otra batalla difícil, como todas las de Wepner. Según uno de los abogados, Stallone es el propietario de una de las franquicias más exitosas. Los más conservadores calculan en mil millones de dólares las utilidades obtenidas bajo la marca “Rocky”. Hay quienes piensan, en cambio, que podría llegar a tres mil.

Hace pocos años Chuck llegó a un acuerdo fuera de las cortes para retirar su demanda. Dicen que fue a cambio de 15 millones de dólares. Es imposible saber, con certeza, si esto es justo. Pero, sin duda alguna, está más cerca de lo que corresponde que lo que había logrado hasta entonces: nada. Solo un lacónico llamado de aquel guionista quebrado: "Oye Chuck, gracias por la inspiración".

*Alejandro Perandones es periodista y analista de comunicación.