Una década sin Adrián Otero es un montón, "un montón de nada"
Cada 12 de junio recuerdo aquel martes cuando, trabajando en casa, escuché la noticia del accidente que se llevó la vida de Adrián Otero. Y al hacerlo siempre reaparecen imágenes de una tarde de 2005. Eran tiempos del Vélez dirigido por Miguel Ángel Russo y la fecha 15 del Clausura ratificaría, o no, si ese equipo estaba para coronar un campeonato. Jugábamos de visitantes contra Argentinos Juniors, y decidimos ir con mi viejo a la cancha. Yo vivía por Flores, muy cerca de Gaona. Él pasó por casa y fuimos hasta Boyacá y Juan Agustín García pateando.
Caminábamos mucho. Alejo ya era veterano pero estaba en forma. La pasábamos muy bien juntos y era habitual que uno de los días del fin de semana saliéramos a pasear un rato para terminar en un bar. Un poco porque la próstata del viejo ya no daba larga autonomía, pero por sobre todas las cosas porque lo disfrutábamos.
Elegíamos mesas cerca de las ventanas. El programa era simple: picar algo y mirar la vida, no teníamos charlas sesudas. Leyendo más tarde algunos libros de género pude encuadrar esos encuentros como una típica “comunicación masculina”: no hay un profuso intercambio de datos, la cosa va más por la cercanía física y un ritual compartido (que puede tomar la forma de fútbol, pesca o asados). La nuestra, si bien variaba, tenía dos factores comunes: Vélez y un bar. Además, si no íbamos a la cancha, en esa etapa de fútbol codificado las dos vocaciones se unían naturalmente.
Habíamos aprendido que esas instancias eran las más desafiantes para los hinchas de los equipos chicos, que entre las mesas estábamos más desamparados que en las canchas . A veces la cosa se picaba un poco. Recuerdo un Boca-Vélez que me dejó (solo por querer separar) el moretón más grande y oscuro que vi en la vida.
Había que marcarlo de cerca al viejo. Criado en tiempos civilizados, tenía la broma a mano como una de sus cartas credenciales, nunca en afán de incomodar sino como estrategia de entrada. Pero el horno nunca estaba para bollos en esos años. Era, como la velocidad de la gente por las veredas, una de las señales del paso del tiempo que lo dejaba cada vez más seguido en offside.
Cuando llegamos al Diego Armando Maradona descubrimos que no se podrían sacar en el estadio generales visitantes. Nuestra gente llegaba con los micros o con su entrada desde Liniers. Como no nos daba para comprar plateas decidimos ver el partido en la cabecera del Bicho. En el rincón de Gavilán disfrutamos, secretamente, un 3 a 0 que nos instalaba como candidatos serios.
Volvimos, felices, a pie. Hicimos la posta en una pizzería de Bolivia y Gaona repleta de nuestra hinchada. Ajustados en una mesita, descubro una cara conocida en el fondo del local estrecho y alargado.
-Viejo, mirá quién está
-¿Dónde?
-Ahí atrás.
-¿Quién?
-Otero, el de La Blusera, el de Vélez.
-¡Uh! Voy a saludarlo.
-No, pará, no jodas– le dije. El clima era muy festivo. A esa altura ya habían corrido varias cervezas y tuve miedo de que la diferencia de edades y códigos generaran una situación incómoda, que lo bardearan un poco y le lastimaran el corazón dulce. -Quedate acá, papá.
-Voy.

Fue, por supuesto. Ya le conocía el “protocolo” con los famosos. Como era un cholulo sin mucha información, su secuencia laudatoria no lograba ser precisa y tomaba, con muy pocas variantes, esta forma: “¡Genio, ge ni o! Dejame saludarte, vos sos, mirá, lo más grande que hay”.
Me quedé mirando, de lejos, la situación. Me pareció reconocer en el grupo de Adrián Otero a otro de los integrantes de Memphis, un canoso de barba que tocaba el saxo. Estaba listo para ir al rescate ante el menor indicio.
Mis temores quedaron en desuso rápidamente. Un minuto después de la irrupción del viejo la charla de todos, y sobre todo entre ellos dos, era animada. Quien los hubiera visto entonces habría imaginado que el viejo había llegado con esa gente.
La sorpresa creció cuando Adrián, con gestos ampulosos, grandilocuentes –como todo en esa tarde- comenzó a llamarme. Alejo, ya uno más del grupo, quería presentarle al hijo. Me acerqué con timidez mal disimulada. “Chocá esos cinco, velezano”, saludó con voz inconfundible, animado, feliz, campeón.
A eso le siguió una charlita de hinchas satisfechos, subjetiva, exagerada y parcial. Cuando nos retirábamos exclamó con tono ronco y blusero: “Venga un abrazo, fortinero”. Y se despidieron así, como dos viejos compañeros.
Mi viejo se fue un año antes que el cantante. Apenas supe lo del choque mi fantasía reprodujo aquel abrazo en otro bar. En esta nueva ocasión, era mi papá el habitué y al ver al recién llegado, todavía atribulado por la conmoción, le dio una bienvenida cálida y sincera: “Venga un abrazo, fortinero”.
*Alejandro Perandones es periodista y analista de comunicación.

