Una mirada artística a los contenidos digitales

Una mirada artística a los contenidos digitales

Estamos en contacto permanente con los dispositivos, sobre todo con el celular, y siempre encontramos multitud de imágenes que asociamos a momentos del día en que chequeamos los medios o las redes por motivos diversos.

Damián Fernández Pedemonte

Damián Fernández Pedemonte

Nos gustaría haber escrito una frase que leemos en un libro. Leyendo The Poetics of Digital Media de Paul Frosh me encuentro con un párrafo que yo ya había pensado escribir. Este interesantísimo libro sobre la incorporación de los dispositivos y los contenidos digitales a nuestros hábitos de percepción cotidianos realiza una detallada alusión a una escena del filme de 1995 Cigarros (Smoke). En la muy premiada película del director de origen chino Wayne Wang, con guion de Paul Auster, el empleado de una tabaquería le muestra un extraño álbum de fotos a un cliente escritor. El álbum contiene fotos del frente de la tienda de cigarros tomadas todas exactamente desde el mismo lugar a la misma hora durante un año. "Son todas iguales", exclama el escritor. El dependiente le pide que las mire con detenimiento. Entonces empiezan a notarse las diferencias de iluminación, de clima, de transeúntes. Hasta que en un momento el escritor se emociona cuando descubre una foto en la que se ve a su mujer, que ahora está muerta por una bala perdida.

Recuerdo muy bien la escena, y Frosh la emplea para ilustrar lo mismo que me gustaría hacer a mí. El momento en que el escritor se detiene en la foto de su mujer ejemplifica la mirada del artista que detiene el repertorio de lo aparentemente siempre igual, registrado en forma planificada por una cámara fotográfica en su trípode. Del mismo modo, los medios digitales capturan un flujo incesante de imágenes (fotos, selfies, videítos, stikers, gifts…) indiferenciables para nuestra mirada desatenta (deslizamos la pantalla de TikTok o hacemos scroll por la de Instagram de manera ligera y adictiva), a menos que nos propongamos detenernos, como hacemos cuando vamos a ver una exposición de fotografías de Sara Facio.

Cada medio de comunicación introduce un registro de la realidad y modifica nuestra percepción de ella. La televisión, de acuerdo con el clásico estudio de John Ellis, Visible fictions, incorporó a nuestra mirada la posibilidad de ser testigo de acontecimientos que por su lejanía nunca podríamos haber visto. El directo televisivo nos permitió tener acceso a eventos lejanos en tiempo real, por ejemplo, el funeral de Michael Jackson o la boda del príncipe Harry con Meghan Markle, con la posibilidad de advertir lo imprevisto. De los últimos acontecimientos vistos en vivo y en directo por multitudes en el mundo es el rescate de los mineros en Chile en 2010.

Con la ayuda de Netflix las audiencias se han liberado de los horarios de la programación televisiva y la cita con un programa transmitido en directo ha menguado muchísimo, quedando prácticamente reducida a los eventos deportivos, con audiencias globales en la apertura de los juegos olímpicos, la final del mundial o el Super Bowl. En cambio, otros muchos eventos que aún se transmiten en directo son vistos en diferido, si son vistos, como le pasa a la entrega de los Oscar o a los debates de los candidatos a presidente. Pocos vieron la cachetada de Will Smith mientras sucedía, pero todos tuvieron infinidad de posibilidades de verla al día siguiente en YouTube o Twitter. Nos enteramos por los diarios digitales que Macron y Le Pen se debatieron dentro de la campaña por el ballotage en las elecciones presidenciales de Francia. Aunque uno estuviera advertido de la importancia de esas elecciones por la posibilidad de acceder al poder de una candidata de extrema derecha, es mucho más fácil ver el clip que los medios cuelgan al día siguiente. El directo se está transformando en diferido.

Si lo propio de la visibilidad televisiva era el acceso a sucesos remotos en tiempo real, el cambio de escala producido por la sobreabundancia de imágenes fotográficas y de video, su envío imparable desde todos los medios y canales, su consumo desde diversos dispositivos, en cada uno de los cuales se mezclan imágenes públicas y privadas, reales o ficticias, dramáticas o banales, sin duda ha producido una mutación en nuestros modos de ver la realidad pública.

Lo primero que diferencia el consumo audiovisual digital del propio de la era anterior es su penetración en nuestro repertorio icónico cotidiano: estamos en contacto permanente con los dispositivos, sobre todo con el celular, y siempre encontramos multitud de imágenes que asociamos a momentos del día en que chequeamos los medios o las redes por motivos diversos. En segundo lugar, no vamos a buscar esas imágenes, sino que nos llegan, se propagan en forma transmedia, se viralizan y finalmente nos dan alcance. Lo que nos llega no es necesariamente el registro de lo que sucedió, sino un meme, un comentario o una adulteración de la imagen original.

De lo primero y de lo segundo se desprende que nuestra mirada puede ser hoy un receptáculo pasivo y apenas atento a esa sobrecarga de imágenes. El mismo sistema mediático digital en su redundancia nos indica a qué deberíamos prestarle atención. Con un criterio marcado por los algoritmos y con el propósito de generar tráfico, por ejemplo, nos destaca las publicaciones de Cristiano Ronaldo o Billie Eilish o la saga de la crisis entre Wanda Nara y Mauro Icardi.

Tal vez haya aquí una pista sobre lo que puede significar el tan deseado consumo crítico. Alcanzar esa mirada artística sobre las imágenes sobre las que nos interesa volver para disfrutar o para comprender (experiencias que suelen ir juntas). Educar esa lectura inteligente es ayudar a encontrar criterios para seleccionar los eventos sobre los cuales debería recaer más atención, criterios externos a la caza de clicks de los medios digitales.


 

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