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La guerra de Malvinas relatada en primera persona

Claudio Benítez llegó a Malvinas con 19 años, sin instrucción, sin información, pero emocionado por "pisar suelo argentino". Sin embargo, a poco estar ahí, sufrió todo lo malo de ese proceso que no terminó ni siquiera tras la rendición. Por su tenacidad rehizo su vida y hoy es consejero escolar.
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Claudio Benítez no es un excombatiente común. Apenas terminó la guerra, muy poco tiempo después de la rendición en las Islas Malvinas y luego volver a la guerra, tuvo que cumplir el tiempo que le quedaba en la conscripción militar.

“Los países no hacen a los pueblos. Yo creo que los ingleses son unos piratas y los norteamericanos, sus aliados. Pero eso no me frenó para irme para allá, buscar trabajo, esforzarme y progresar”, dice. 

Efectivamente, por motivos personales, en 1999 se fue a probar suerte a Norteamérica, donde hizo de todo hasta que decidió volver.

 

Durante veinticinco años no habló con nadie de lo que vivió en la guerra. “La angustia de la guerra que me hizo ir del país, fue lo mismo que me hizo volver, porque quería escuchar y compartir mi experiencia con mis camaradas de combate, yendo a los centros de ex combatientes… Necesitaba hablar, estar con ellos, de vivir un poco todo eso”.

Sin embargo, su vida se rehízo de tal manera que hoy es consejero escolar en Vicente López, y está gustoso de contar su experiencia, vivencia, e inculcar lo dramático de la guerra, en Malvinas y en todas las formas y en todas las partes del mundo.

La angustia de la guerra que me hizo ir del país, fue lo mismo que me hizo volver

Con apenas 19 años, sin instrucción militar, preparación física ni mental, un día llegó hasta su domicilio la citación para ir hasta Bahía Blanca porque debía combatir en Malvinas. "La sensación fueron todas. Emoción, sorpresa y ganas de pelear”.

El tren que lo trasladó tardó doce horas. En ese trayecto todos los conscriptos deseaban ir a Malvinas, “a lo que dispusieran los jefes militares. La inconciencia de la edad era todo entusiasmo, pero no sabíamos a qué íbamos, si sería por una semana, diez días… Para pelear, estar, no sabíamos, pero queríamos ir”.

“Llegué y sentí que pisé suelo argentino. Pero todo eran dudas sobre qué iba a pasar, no teníamos conciencia de lo que pasaba en una guerra. Estábamos felices, estoy feliz de haber estado ahí pero no orgulloso de haber estado en una guerra", dice.

“Desconocidos se matan por conocidos que se odian”, es su frase para resumir una guerra.

“Cada día era una aventura. En mayo empezaron los bombardeos. Primero muy lejanos y luego por mar, aire y tierra, hasta que el 12 de junio ya empezaron a ser mucho más incesantes y dos días después nos hicieron rendir sin más información”, cuenta.

“No sabíamos nada. Nos informábamos por una pequeña radio que teníamos y conectaba con una radio uruguaya que decía lo que sucedía. Pero no sabíamos contra quién peleábamos, si alcanzaba nuestro material o no…”, comentó Martínez, quien, como sus camaradas, descreía de las noticias que les daban porque “quieren desmoralizarnos”. Sin embargo acota: "Cuando hundieron el crucero General Belgrano, supimos que las cosas no estaban bien”.

En el momento de la rendición las emociones fueron “múltiples. No sabíamos cuánto tiempo más íbamos a estar peleando. Pero en un momento ya queríamos que terminara. Nos bombardeaban de noche, no podíamos dormir durante semanas, y todo era mucho más cercano que al principio”, se explayó el excombatiente.

Benítez relata cómo fue ir a la guerra y cómo fue regresar de Malvinas

“Cuando terminó todo sentimos frustración, impotencia porque peleamos mucho y nos tuvimos que rendir. También teníamos la sensación de volver a casa, nos consolábamos, pero llorábamos a nuestros muertos”, le comentó Benítez a MDZ.

Luego de la rendición, “los ingleses nos trataron con respeto, como combatientes de guerra. Casi sin derecho, pero con respeto. A la mitad de la noche, una semana después, nos llevaron a un lanchón y nos hicieron subir a un barco de la Cruz Roja, en medio del mar, donde no se ve nada, ni siquiera tu mano. Nos chocamos contra una pared de hierro y ese fue el transporte que nos llevó al continente”.

“Lo que más sufrimos fueron los destratos que padecimos en el combate y con posterioridad. A mí, personalmente, me estaquearon y me picanearon por diversos hechos -como casi dormirnos en una guardia- que ellos consideraban que debían ser penalizados de esa manera”, empezó su más tremenda parte del relato.

“La ropa no servía, no paraba el frío, no podíamos reponerla, y cuando las botas se rompían teníamos que usar unas zapatillas de lona Flecha, con lo cual el clima atroz que debíamos soportar hacía todo insoportable. Ni guantes como la gente teníamos. Eran de algodón y enseguida se mojaban”, recordó Benítez.

Y si eso pasaba en las Islas, en el continente, cuando llegaron, también todo fue tortura mental y presión. Funcionarios de la SIDE les hicieron firmar una declaración jurada para que no contaran nada de lo sucedido a nadie, ni siquiera sus familiares.

Siempre eran trasladados con micros con los vidrios tapados, en cada oportunidad que debían ir de un lugar a otro. incluso después de comer en Campo de Mayo, los hacían bañar con agua fría, lo cual era otra tortura y una forma de “crearnos miedo”.

Cuando llegaron al país, los militares “no les informaron a nuestros parientes. Una azafata de Aerolíneas tuvo la valentía de pedirnos a todos los teléfono y avisó. Llegamos a Constitución, me abracé con mi mamá, fui a Bahía Blanca, y volví a Buenos Aires… Todo ridículo y angustiante”.

En estos momentos, la guerra vuelve a atravesar nuestras vidas, aunque sea a la distancia, con la invasión rusa a Ucrania. “Es un desastre, porque los padres, familiares e hijos que pierden un familiar, es la pérdida total cuando su gente muere en combate. No ganan nada. Pierden todo. Es un desastre total”, remata.