Presenta:

De la ilusión a la tragedia de enfrentar el dolor extremo y la muerte

Alejandro Rodríguez tenía 19 años cuando le tocó viajar a las islas. Se enfrentó junto a su grupo de combatientes a miserias extremas causadas por el aislamiento, el abandono y la falta de recursos básicos. Sobrevivió por comer carne cruda de oveja. Los ingleses salvaron su vida tras un bombardeo.
Alejandro a los 19 años, junto a sis compañeros del regimiento Foto: Archivo
Alejandro a los 19 años, junto a sis compañeros del regimiento Foto: Archivo

Durante años se había guardado el sufrimiento. Fue después de transcurrido el tiempo, al volver de una charla en la que decidió exponer por primera vez lo vivido, cuando su propia hija supo que fue él uno de los 23.428 combatientes que desde todos los rincones del país fueron a las islas Malvinas, esperanzados, valientes y convencidos de defender la soberanía argentina. “Papá, ¿por qué nunca me lo habías contado?”, le preguntó entre llantos, aquél día, su hija al regresar en el auto a casa.

Alejando Rodríguez tenía 19 años cuando el 14 de abril de 1982 emprendió el viaje al sur junto más de 30 jóvenes de otras provincias que integraban el Regimiento N°8. Recuerda cada detalle de manera exacta, como si cada segundo de aquellos momentos permaneciera vívido en su mente, en su cuerpo y en su corazón. Cuenta que antes viajar al territorio ubicado en la Pradera del Ganso o “Ganso Verde” (isla Soledad), perteneciente al istmo de Darwin, cuenta que ni él ni sus compañeros sabían exactamente el destino que les tocaría. “Había rumores cada vez más fuertes de que podíamos ir a Malvinas mientras estábamos en Comodoro Rivadavia. Hasta que ya el 14 de abril nos vinieron a decir que preparáramos los equipos porque nos íbamos a Malvinas”, recuerda Alejandro.

Transcurridos 40 años desde aquél entonces, el hombre que es hoy, mira con desvelo a aquél al que chico cuya alegría se le fue disipando en cuestión de segundos. La tristeza, el miedo, el hambre, la desolación. La muerte acechando a cada paso, el dolor de llorar vidas que se iban frente a él, en la fría inmensidad, casi sin posibilidades reales de defensa.

Por aquellas horas eternas, el grupo dispuesto a cumplir la misión de custodiar un helipuerto en esos paisajes de pradera bañados de agua nieve solo contaba con una muda de ropa, algo de comida y agua mineral. En cinco días, el alimento y el agua se habían terminado. El regimiento había quedado aislado, pero además, desamparado.

Comer carne cruda para no morir

Alejandro relata que “cada pequeña ración de comida era compartida; empezamos a adelgazar y a debilitarnos”. En la gran extensión de campos minados, la estrategia a mano fue subsistir con todo aquello que pudieran encontrar en el propio entorno. Si una oveja aparecía como una visión en medio de la desesperación, entonces era llevada al campo de explosivos para poder comer su carne y saber –de paso- hasta dónde llegaba el límite dentro del cual los jóvenes se podían movilizar. “Teníamos que siempre dejar un pedacito para el otro día, era la única forma de salvarnos”, dice.

La lluvia y la nieve incesantes les impidieron hacer fuego para calentar su cuerpo, la escarcha empapaba sus uniformes y la esperanza poco a poco se les diluía en un palpitar de abandono y dolor que jamás se borrará de su memoria. Hoy, el dolor es colectivo y sin embargo, fueron ellos, muchos aún adolescentes, los enviados a una guerra donde ni siquiera se habían garantizado aquellos recursos básicos para sobrevivir. Para llegar al agua de mar, el grupo debía arriesgarse a morir como la oveja, en el campo minado. Por las noches, la sensación térmica llegaba como mucho, a los 14 grados bajo cero.

Los pozos de zorro, esa estrategia de antaño usada por los soldados para protegerse de posibles ataques estando hundidos en la tierra, tampoco eran una posibilidad óptima: el terreno de las islas, presenta roca imposible de ablandar. Solo era posible cavar tan solo 40 centímetros. Pero además, esos huecos para esconderse, se llenaban de agua. Agua congelada.

“Cuando estaba tiritando del frío y con tanto temor y tristeza, solo pensaba en mi familia”, reflexiona Alejandro con la humildad de quien sobrevive con el solo objetivo de honrar la vida a cada paso, con cada segundo y dejando una huella positiva en cada acción. “Solo he tratado de ser digno de estar aquí”, comparte el hombre de 59 años que no deja de destacar que “los héroes son aquellos que se quedaron en las islas, que no pudieron volver”.

El día del bombardeo inglés en aquél inhóspito territorio fue el 1 de mayo. Era la primera jornada en la que no cayó agua nieve y como una especie de guiño pasajero de la naturaleza, salió el sol. Alejandro y sus compañeros aprovecharon el momento para sacarse la ropa y dejarla secando. La debilidad causada por el hambre y el frío era tal, que la tropa se había quedado, prácticamente, sin fuerzas. Tampoco tenían más municiones. De los 37 jóvenes argentinos que formaron parte de ese grupo, solo 13 sobrevivieron al ataque y de ellos cuatro murieron tiempo después como consecuencia del daño provocado por las esquirlas de las armas inglesas. 

El milagro de "volver a la vida"

De milagro Alejandro pudo salvar su vida. Fue justo mientras corría desesperado a buscar su arma, cuando un tiro le atravesó el mentón y siguió hasta su nuca. De ahí en más, su provenir y sus sueños habían quedado a disposición absoluta de las decisiones de la tropa inglesa. "Nos atacó un batallón de paracaidistas ingleses que llevan a sus médicos de primera línea y si tienen que asistir a la tropa enemiga, lo hacen", explica Alejandro y aclara que a diferencia de otras delegaciones del ejército inglés, en este caso, las pautas de acción se ajustaban a los tratados internacionales. 

 

Alejandro fue a buscar su arma en el momento que fue herido en el rostro

 

"Era gente muy preparada. A los que sobrevivimos del ataque nos llevaron a un hospital de campaña y allí atendían tanto a los ingleses como a los argentinos. La prioridad, en ese caso y en ese instante, era salvar las vidas", rememora. Allí fue justamente, cuando le administraron morfina para calmar el dolor y le cosieron la mejilla. Pero aún restaba salvarlo de posibles infecciones. De hecho, con el maxilar gravemente herido, Alejandro no podía alimentarse. "Ahí perdí la noción del tiempo, sabía que había dormido mucho", dice. Pasaron en total seis días antes de ser derivado al buque argentino Bahía Paraíso. 

Al estar internado allí y después de enfrentarse a la peor cara de la muerte, Alejandro cuenta que pudo probar el manjar más exquisito de su vida: un yerbeado que iba tomando de a milimétricas gotitas, con algunas migas de pan. "No podía abrir la boca pero me las arreglé para poder tragar algo porque ya no podía más del hambre", sigue. Luego, en el Hospital Naval de Punta Alta le realizaron curaciones. Fue recién en ese momento, cuando Alejandro pudo avisar a su familia que estaba con vida y que le estaban realizando estudios y curaciones. 

 

Los ingleses le sacaron esa foto a Alejandro mientras estuvo internado

 

El 14 de junio de 1984, el "Alto al Fuego" llegó como un bálsamo que lo llenó de esperanza. Miles de padres y madres conservaron hasta último momento la esperanza de ver regresar a sus hijos con vida. En su caso, fue distinto: sus padres estaban llorando su pérdida luego de haber sido notificados sobre su muerte. El cartero que solía repartir las correspondencias en el barrio, les había confirmado que un Alejandro Andrés Rodríguez había perecido en la guerra. Pero lo cierto es que la víctima fatal no había sido él sino otro joven con el mismo nombre, que había llegado desde Formosa para combatir en el enfrentamiento. "Mi  nombre es muy común, entonces se armó la confusión. Incluso el mismo día que ellos iban en camino a una misa que habían encargado por mí, llegó el cartero con la notificación de que yo estaba vivo".

Cuenta Alejandro que según le contó su mamá un tiempo más tarde, ese día todo era algarabía en el barrio Aeronáutico. "Todos los vecinos festejaron la noticia". Sus padres sintieron que el alma les había vuelto al cuerpo.

Heridas abiertas para no olvidar

Alejandro asegura que lejos de ser hoy un día para festejar, el 40 Aniversario de la Guerra de Malvinas es una jornada dolorosa, de recogimiento y reflexión. "Íbamos convencidos de lo que hacíamos. Queríamos defender nuestra identidad y sin embargo, a pesar de las heridas por todos los que murieron allá, que no pudieron seguir con su vida, nos ocultaron durante muchos años hasta que fuimos nosotros mismos los que alzamos las voces y nos unimos para dar a conocer todo el sacrificio que hicimos allá", reflexiona el ex combatiente que desde hace años comparte su experiencia en charlas en los colegios. Quiere mostrar lo vivido, que los jóvenes sepan el valor de la vida, que se cuiden, que sean conscientes de preservar su salud, de lograr metas, de soñar con un país mejor. 

 

Alejandro, a la izquierda de la imagen, escoltando al abanderado Nacional, en un acto 

 

Durante muchos años después de volver de la guerra, Alejandro prefirió no hablar del tema. Comprendió con el pasar de los años que lo vivido fue el resultado de decisiones incorrectas tomadas desde el poder y bajo la presión social de la época. "Nunca se exigió por ejemplo, que nuestros soldados volvieran", aclara. Una de las luchas que todavía llevan adelante los ex combatientes, es nada menos que lograr con cobertura médica para afrontar de manera adecuada las secuelas que les dejó la guerra, entre otros derechos que hasta hasta hoy les han sido negados por el Estado argentino. 

 Alejandro recalca que por eso, vive esta jornada con gran dolor. "Tenemos todo para ser un gran país. Solo falta que en realidad lo veamos y actuemos para que así sea", deja su mensaje.