¿Por qué nos cuesta tanto a los padres decirles "no" a nuestros hijos?

¿Por qué nos cuesta tanto a los padres decirles "no" a nuestros hijos?

Decir que no puede sonar antipático, pero sin duda es una mejor opción que decir siempre que sí. Entonces, ¿Por qué se hace tan difícil usar esa palabra con nuestros hijos?

Lic Magdalena Clariá y Mercedes Gontán

En una escena de una conocida serie cómica, aparece Lily de dos años, su papá y su tía. La pequeña va por la casa prendiendo y apagando luces, tocando todos los interruptores que encuentra a su paso desenfrenadamente. La tía, sorprendida y un poco molesta porque que están en su casa, pregunta al papá por qué no le dice nada, ya que va a quemar las bombillas de tanto jugar con el interruptor. Él le responde: “Tenemos una nueva política de no usar el ‘no’ con Lily, creemos que coarta sus capacidades creativas y su posibilidad de desarrollo intelectual”. Acto seguido, el papá mete su mano en el desagüe de la pileta para destaparlo y se le traba la mano. Su cuñada con una mirada maliciosa le anuncia: “el triturador de basura de esa pileta, se enciende con los interruptores hacia los que está yendo Lily…suerte con esa mano”. 

Es sólo una broma, pero la cara de horror del papá de Lily, los nervios que pasa y sus intentos de persuadir a su hija sin decirle que no, son maravillosos.

A veces como padres creemos que la palabra “no” tiene implicancias negativas (valga la redundancia) en la educación de nuestros hijos. Que no es necesario usarla, que incluye cierta violencia y que frustra a los chicos en sus deseos. Y acá aparece la palabra mágica: “frustración”, definida justamente como la imposibilidad de satisfacer una necesidad o deseo y el sentimiento de tristeza, decepción y desilusión que esta imposibilidad provoca.

Pero ¿quién dijo que frustrarse es malo? ¿Y si mis deseos no son adecuados a la realidad, o no son sanos, o incluso peligrosos? El deseo de Lily era prender y apagar indefinidamente todos los interruptores de la casa, sin conciencia de las consecuencias que esto podía ocasionar.

Le gusta apretar botones, eso no tiene nada de malo”. Por supuesto que no. Pero podemos ajustar su deseo a las posibilidades que la realidad otorga sin que esto tenga consecuencias negativas para nadie. Podemos darle cualquier juguete con botones, o simplemente decir “No”. 

Y ¿por qué frustrarla?  Porque los preparamos, en pequeñas dosis, para las frustraciones de mañana, del futuro, de su vida adulta.

El “¡Quiero ahora, ya, en este momento!” de los niños pequeños, es un período evolutivo normal y por el que todos suelen pasar. Depende de nosotros, sus padres, encauzarlo de la mejor manera posible, mostrándoles a nuestros hijos que existen limites en el mundo que los rodea y esos límites no hacen más que cuidarlos, a ellos y a los demás.

A veces podremos encontrar alternativas a sus requerimientos, otras veces no, y será un “más adelante podrás hacerlo”, “cuando tengas edad”, o simplemente “esto no puede hacerse por las siguientes razones…”

Las generaciones actuales de padres venimos de una educación con más distancia, menos opinión por parte del bloque infantil y más castigos ante las desobediencias. Afortunadamente, en la actualidad conocemos más sobre la educación emocional y todo lo que ello implica. Por eso, hemos ganado terreno y las relaciones padres-hijos han mejorado ampliamente en ese sentido. Hablamos de consecuencias lógicas y de “tiempo fuera” en vez de penitencias, y entendemos que, sin ninguna duda, los niños tienen los mismos derechos y necesidades que los adultos. Pero no por ello, la autoridad se vuelve mala palabra. Cada uno debe ocupar su lugar, y todos intentaremos vincularnos con respeto y sobre todo con mucho cariño. 

No tenemos que olvidarnos de que los niños aún están en desarrollo de sus capacidades intelectuales, emocionales e incluso motoras, por lo tanto nos necesitan. Pensemos en la imagen de las plantas cuando están creciendo, qué importante es para ellas ese tutor que nos guía. Es clave nuestra presencia en su desarrollo múltiple.

Muchas veces, por evitar una crianza rígida que no tiene en cuenta las emociones de los más chiquitos, confundimos transmitirles nuestro cariño con dejarlos hacer absolutamente todo lo que quieren. 

La pandemia, sin duda, ha tenido también su impacto en este sentido. Adultos y niños nos hemos frustrado demasiado y como padres sentimos la necesidad de sobreprotegerlos, no queremos que sufran más. Sabemos que como todos, pasaron por días de encierro, se perdieron de días de clases y momentos con sus abuelos, amigos, tíos, primos. Suspendieron paseos, cumpleaños y vacaciones. Nada de esto justifica que como padres tomemos la decisión de “darles todos los gustos”, algo que sería imposible y que les generará más sufrimiento. 

Nuestra tarea será acompañarlos en entrenar su tolerancia a la frustración, teniendo en cuenta sus sentimientos y validando sus emociones. “Se que te pone triste, pero esto no podés hacerlo”. “Veo que estás enojado, pero eso que querés no es bueno para vos en este momento”. A veces nos deshacemos en explicaciones, o en la búsqueda de alternativas, y simplemente se trata de decirles que no en algunos casos, y ya. 

¿Se van a enojar con nosotros? ¿Van a “odiarnos” y a jurarnos “venganza”? Por supuesto. Esto es parte de la educación de los hijos. La parte más áspera tal vez, pero que tendrá maravillosos frutos a futuro. ¿Dejaran de amarnos? Jamás. El enojo pasará siempre y el equilibrio se restablecerá. No tengamos miedo a los sentimientos de nuestros hijos. Toleremos enojos, que también forman y estructuran la personalidad. Y hasta estrechan vínculos, aunque parezca increíble. 

A los padres nos cuesta decirles que no a nuestros hijos, pero recordemos que las cosas más valiosas requieren esfuerzo. Con cada "no" les decimos, les recordamos, que sí los queremos y que estamos ahí cerca para acompañarlos en el camino de crecer.    

*Magdalena Clariá es Licenciada en Psicología y Mercedes Gontán, abogada, mediadora y Orientadora Familiar. Juntas hacen Apuntes de siembra

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