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Malentendidos familiares, mortificaciones innecesarias

Si hay algo que nos disgusta es estar peleados con los miembros de la familia. Es un argumento reiterado en cualquier dispositivo terapéutico. Desde las terapias individuales hasta las grupales. Es un fantasma que amenaza cualquier vínculo.
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Los conflictos familiares pueden tener sus fundamentos y no todos son iguales pero, en líneas generales, se trata de establecer  "la verdad" cuando en realidad se trata de puntos de vista. Hay elaboraciones inquietantes que dejan a cualquiera sin argumentos, sin poder continuar conversando para intentar aclarar la situación -en algunos casos ni siquiera importa porque "la verdad” la tiene arbitrariamente una sola parte, es decir una verdadera tiranía de la elección posible o una variable cínica. Algo así como Diógenes en el tonel, sin permitir una dialéctica posible sobre el conflicto en cuestión.

Algunas de las partes “enojadas” dicen no tener tiempo para aclarar estas cuestiones. Y sabemos que la falta de tiempo, influye en nuestro corazón. En esos casos, existen comentarios en modo automático que continúan impidiendo el diálogo: “estoy intentando descansar", "tuve una semana complicada", "tengo silenciado el celular". 

Esta sensación provoca caos en nuestra mente. Nos preguntamos si ese desconcierto confunde los “puntos de vista” y deriva en algo peor: no poder hablar a tiempo y que a raíz de esto el malentendido familiar se profundice día a día.

En Japón el carácter que significa “ocupado” se escribe con los símbolos “perder” y “corazón”. No es cierto que estemos tan ocupados porque nos falta tiempo para hacer las cosas sino que estamos tan atareados porque no queda espacio en nuestro corazón: no queda espacio para el cariño y sí en cambio, para sostener el gusto por lo erróneo. 

Sumergidos en estas cuestiones imaginarias inevitables, ese punto de vista nos hace perder de vista a nuestro yo que sólo se asegura de este modo perder la auténtica felicidad. Las conflictos familiares se intensifican por tres venenos del alma: avaricia, rabia, ignorancia.

Nos aqueja la avaricia porque queremos más. La rabia nos hace enfadar con cuestiones insignificantes y la emprendemos contra el otro semejante. La ignorancia es un estado de locura que nos conduce a la falta de educación. Cuando nos gobiernan estos tres ingredientes somos incapaces de alcanzar la paz.

Hay familias numerosas y familias que tienen pocos miembros. Está la familia que uno elige y la familia que no, pero lo importante es saber qué se hace con esta última. Pelearse nunca es la mejor salida, porque hasta para alejarse uno puede ser amable. 

Muchas veces ese argumento que distancia a las familias y que por alguna razón se mantiene encubierto (y que a la vez todos conocen o intuyen) es una semilla que como la cizaña vuelve estéril lo que toca. Luego, cuando se hace público, aparece el verdadero conflicto. Freud nos mencionaba “la política del avestruz”, esconder el rostro exponiendo el cuerpo. Y de eso se trata. Ocultar o visibilizar la palabra. Estos malentendidos familiares llevan a situaciones erróneas donde reina el resentimiento e incluso alcanza la ruptura de lazos familiares.

Estos conflictos se provocan por problemas de confianza; expectativas diversas a las de los otros; mala comunicación o dinámica interrumpida por fuera de festejos o reuniones por cumpleaños, fin de año, etc. Los consejos sobre qué hacer en estas situaciones resultan inservibles porque la tensión sobre cualquier acontecimiento sucedido es de tal magnitud que el tiempo de resolución del conflicto tarda en llegar o directamente no existe acuerdo alguno.

De todos modos hay algunas observaciones que pueden resultar útiles en estos casos: 

  1. Los interrogantes pueden ser el principio de la solución. 
  2. En caso de no querer o no poder hablar con quien se está enojado, se puede compartir con otro esta perspectiva o buscar ayuda profesional, algo así como un referente emocional que medie entre uno mismo y ese aparente malestar que tanto nos fastidia.
  3. Diferenciar o separar a la persona del problema.
  4. La idea es resolver el conflicto, no “ganar” una discusión.
  5. Dejar las emociones de lado.
  6. Tomarse tiempo necesario para la solución pero con un plazo lógico.
  7. Desechar la idea de no hablar de lo que ocurre.

Comprar un tomate en el supermercado no es  lo mismo que cultivar uno. A través del acto de cuidar de algo en concreto cultivamos la mentalidad de preocuparnos por las cosas. Lo mismo ocurre con los afectos. Y vale rescatar el vínculo afectivo es algo que vale la pena y que, por tanto, haremos con esfuerzo. El afecto de ambas partes recuperará la confianza perdida. Lo ideal es hacerlo a tiempo y no que el tiempo nos juegue la mala pasada del desencuentro que siempre nos conduce a lo peor.