Cómo el fútbol es un reflejo del derrumbe argentino como país
El deterioro de la Argentina como país se viene produciendo desde hace décadas. Hay distintas formas de comprobarlo. Indicadores como el PBI, los ingresos per cápita, los índices de pobreza, la desocupación, los resultados del sistema educativo, son algunos de ellos. Todos parámetros desde un concepto técnico y estadístico. Sin embargo, hay otras maneras de medirlo menos académicas que surgen de la simple observación de pequeños detalles de la realidad.
Un caso puede ser lo que sucede en el fútbol local, la gran pasión argentina y, tal vez, la que más refleja a los argentinos como sociedad. Como muchas veces se dice: se vive como se juega. El partido disputado el domingo entre Boca Juniors y Colón de Santa Fe puede ser un buen ejemplo.
Más allá de las acciones de juego, el mal estado del campo fue el centro de las críticas y generador de innumerables memes. Un césped en malas condiciones, plagado de parches de arena, en los que los jugadores luchaban por dominar el balón. No tan grave, pero con algunas similitudes se percibió en el encuentro entre Independiente y Estudiante de La Plata, donde las quejas por el estado de la cancha estuvieron presentes. No son excepciones. Se acercan más a la norma.
Hay que tener en cuenta que era el inicio del campeonato y no el final, donde se pueden justificar estas irregularidades. También que se jugaron en estadios de clubes de primer nivel. La exigencia es mayor. En esas condiciones, sin respeto para el espectador, daban la bienvenida al “show”.
El tema podría ser un dato menor si no se fuera porque se produce el contexto. Más que un hecho circunstancial, es un reflejo de lo que sucede en gran escala. Hoy, con la posibilidad de ver partidos de fútbol de diversas partes del mundo, por las distintas señales de televisión, queda claro el contraste que existe entre lo que sucede localmente con lo que pasa en el exterior y exhibe un problema más profundo.
El fútbol es un símbolo que está mostrando la gran brecha que hay entre la Argentina y otros países, no sólo en lo deportivo. En todo sentido. Los campeonatos en Europa, Estados Unidos o muchos países de Asia cumplen con la premisa de ser un espectáculo, en el que la gente va a disfrutar. Los torneos locales de España, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, entre los principales, resaltan ese contraste. Incluso, campeonatos de segunda división como el inglés, mantienen los mismo estándares de calidad. Ni hablar de la Champions League, que llega a niveles superlativos.
No sólo los campos de juego están en condiciones. En su mayoría, los estadios son modernos o reacondicionados como nuevos, con comodidad para todos los espectadores, las instalaciones son acordes a esa imagen. Los baños están limpios, los lugares de comida no generan dudas desde el punto de vista bromatológico, el orden impera en todo los sentidos.
Hay público de los dos equipos. Incluso, comparten las mismas plateas, cada uno portando los colores del club del que son hincha sin ningún problema. No existen los alambrados y en gran cantidad de estadios, los jugadores pueden ir a abrazarse con sus simpatizantes. Cualquiera que haya concurrido a algún partido en esos países pudo comprar esa realidad. Nadie se pelea por un lugar ni tiene que estar cuidando su celular o reloj. Está lleno de familias, de chicos, de mujeres en una ambiente de tranquilidad.
A los estadios se puede llegar por medios de transporte público, como el subte, porque las principales ciudades tiene una red amplia. También el transporte publico está cuidado, es limpio, eficiente y seguro. De lo contario, hay estacionamientos para ir en auto. Todo muy lejos de lo que sucede en el país. Los argentinos están acostumbrados a vivir mal y, a esta altura, esa idea es la normalidad.
El problema no es sólo el mal estado de un campo de juego. Es mucho más. Concurrir a una cancha se parece más a un calvario que a un placer. En muchos casos, es elegido como campo de batalla y lugar para descargar frustraciones. Los estadios no están en condiciones. Falta de mantenimiento, baños en malas condiciones, puestos de comidas improvisados y demás. Nada está pensado para atraer al público que quiere disfrutar un momento. El fútbol se convirtió en un ghetto para fanáticos que están dispuesto a aceptar esas reglas de juego.
Desde hace años, se dispuso como norma que sólo puedan concurrir los simpatizantes del equipo local. La violencia y las mafias se adueñaron del deporte que más le gusta a los argentinos. Difícil explicar a un extranjero lo que sucede. Más que un juego, se asemeja a un campo de batalla para repartirse los negocios paralelos que surgen de la actividad.
Llegar a un estadio merece toda una estrategia previa. La prioridad la tienen los barras bravas que vienen en colectivos, violando todas las normas, pero escoltados por la policía. Después viene el momento de lidiar con los “trapitos”.
El espectador común tiene que sortear una serie de controles en los que está sujeto al maltrato y autoritarismo de inspectores o policías. La hinchada, accede sin ningún problema porque las normas están para que las cumplan unos pocos, como sucede en muchos ámbitos de la vida en la Argentina.
Otro tema es el espectáculo en sí. El fútbol argentino es pobre, como el país. Los jugadores deben ser los pioneros en la ola migratoria de la que hoy tanto se habla. Desde hace años, cualquier juvenil con siete u ocho partidos de trayectoria y una par de goles ya es tentado para irse a un equipo del extranjero.
Los clubes no pueden retener a ningún jugador y las estrellas argentina brillan en el exterior. Hay que verlos por televisión. En el campeonato local, hay que conformarse con jugadores jóvenes que están a punto de irse, de mediana edad que no les dio la talla para hacerlo o veteranos que ya ganaron algunos millones y regresan, pasado los treinta y pico, hacer sus últimas gambetas antes del retiro. Algunos ni eso. Prefieren continuar su vida en el país que les enseñó que hay un mundo mejor.
Esto, está claro, es una resultante directa de la crisis económica. Los clubes locales no pueden competir con los salarios en dólares que se ofrecen en el exterior Lo mismo que un trabajador o un jubilado, tampoco pueden comprarse con los ingresos de sus pares en esos países.
Pero todo esto no fue siempre así. La brecha no era tan grande. Hace cuarenta o cincuenta años, los argentinos podían disfrutar del fútbol de otra manera. Ir a la cancha era una fiesta, se lo hacía en familia y no estaba en juego la integralidad física como norma. Podía haber incidentes, pero eran la excepción. Azorado, el público argentino miraba, a la distancia, lo que sucedía en los estadios ingleses con los temibles “hooligans”. Hoy ven como Cristiano Ronaldo se abraza con los seguidores del Manchester United, en el festejo de un gol, o Pep Guardiola le da la mano a un plateista, sin temor a recibir un golpe o un botellazo.
Cuando no se había entrado en esta crisis económica sin final, las estrellas jugaban en el país y los que migraban a clubes extranjeros eran la excepción. En el mundial 78, sólo Mario Kempes jugó como repatriado. El resto se lucía, cada fin de semana, en estadios llenos, con hinchas de los dos equipos y sin miedos.
Algunos éxitos deportivos, como consecuencia de la buena materia prima, han disimulado el retroceso de todo lo que rodea al fútbol local. Pero no es un hecho aislado, es un emergente más del derrumbe de la Argentina como país.

