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El cambio puntual y conmovedor que introdujo Benedicto XVI y que pocos recuerdan

El papado que marcó un antes y un después en la forma de entender el futuro del hombre tras su muerte. Un papado plagado de críticas que ignoraron la parte sustancial de su trabajo.

La familia y la vida formaron parte del eje central del papado de Benedicto XVI. Repetidas veces marcó lo nefasto del aborto y la eutanasia, tanto como pecados graves en sus ejecutores, como en sus promotores. Así, se ganó que muchos ignoren el enorme trabajo intelectual de Benedicto XVI y su legado tanto para la Iglesia como para lo secular, dejando una literatura que invita a repensar muchas cosas de la modernidad, sin caer necesariamente en dar pasos hacia atrás. Entre sus trabajos, resalta los riesgos de Occidente al renegar de sus orígenes, cuna de desarrollos tan importantes como los derechos humanos.

Pero detrás de esa imagen de hombre conservador y en apariencia algo hosco se escondía un cultor del "amor" y del "perdón", que supo hacer de ellos parte sustancial de su obra. Fue así que tras un largo análisis junto a otros clérigos, resolvieron un tema que tenía en vilo a muchos católicos: "el limbo no existe".

Benedicto XVI renunció en 2013, lugar que luego ocuparía Francisco.

El limbo, era un estado del alma adonde iban los niños que no habían sido bautizados. La Iglesia Católica cree que al Cielo se llega solo mediante el Bautismo, sacramento que limpia el alma del hombre del Pecado Original heredado de Adán y Eva, mientras que al no recibirlo, se corren mayores riesgos a la vida pecaminosa. Bajo esa doctrina, la Iglesia instruyó durante mucho tiempo que los bebés que morían sin bautizar no iban al Cielo ni al Infierno, sino que pasaban la eternidad en el limbo.

Benedicto XVI, luego de un profundo análisis y trabajo sobre la doctrina, entendió que esto no era así, sino que los bebés que fallecían sin ser bautizados, carentes de cualquier acción voluntaria que represente una ofensa a Dios, no podían más que ir al Cielo. "Será fuente de consolación para los fieles que han sufrido en su familia la muerte inesperada de un niño", diría el ex papa sobre la llegada a la presencia de Cristo y los Santos de los bebés que no pudieron alcanzar el Bautismo.

El limbo fue una hipótesis medieval que, en plena búsqueda del conocimiento de lo divino que caracterizó a esa era, terminó perdurando durante siglos. Esta hipótesis sostenía que los niños fallecidos antes del Bautismo iban a un lugar donde no sufrían el llanto y rechinar de dientes del Infierno, pero tampoco gozaban del encuentro con el Padre. 

Esa visión fue considerada como "excesivamente restrictiva de la salvación" por el papa Benedicto XVI y explicó que no muestra compatibilidad con la misericordia divina de Dios. Esto se refiere a que Dios "quiere que todos los hombres se salven".

"Vuestras reflexiones se convertirán también en ocasión para posteriores profundizaciones e investigaciones en esta materia" y con el objetivo de "penetrar de un modo cada vez más profundo en la comprensión de las diversas manifestaciones del amor de Dios" principalmente "hacia los más pequeños y pobres", fueron las palabras con las que concluyó Benedicto XVI su presentación del tema en la Comisión Teológica Internacional de 2007.

El papado de Joseph Ratzinger estuvo marcado por una obra teológica que no se veía en mucho tiempo, así como San Juan Pablo II brilló con su Catecismo, mas allá de sus viajes apostólicos. Benedicto XVI, el papa al que muchos eligieron marcar por las interpretaciones propias pero que lejos estuvo de los títulos que le dedicaron. Un papado que marcó un hito en la intelectualidad puesta al servicio del bienestar y el inicio de muchos trabajos para terminar con los abusos y la corrupción de miembros clericales.