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Fuera de control: la anarquía ganó las calles de Buenos Aires

Imprevisión y falta de dimensión. La Ciudad de Buenos Aires y los alrededores se encuentran tomados por una turba albiceleste. Del otro lado, un Gobierno que parecería haber dejado los festejos librados al azar y la AFA que jugaba al misterio y complicaba todavía más.

Las imágenes abruman. Hablan de imprevisión y, por ende, de falta de organización. Una manifestación colectiva de 4 millones de personas, cerca del 10% de la población total del país, que se volcó a las calles para protagonizar un festejo que les pertenece por nacionalidad, pero no por mérito propio.

El desborde que vemos como un "loop" a través de los canales de televisión prueba que ni el Gobierno de la Ciudad, ni la provincia de Buenos Aires ni la Nación han sabido estar a la altura de la circunstancia, más allá del diálogo permanente del que se jactaron durante las últimas horas tanto el ministro Aníbal Fernández, como su par porteño, Marcelo D'Alessandro o el propio Sergio Berni. 

El desorden y el caos no son sólo responsabilidad de las autoridades de gobierno. Son, en gran medida, consecuencia de la improvisación de la AFA, que resolvió a último momento cuál iba a ser el recorrido final de los jugadores. Esa estrategia de jugar al misterio complicó las chances de establecer un esquema de contención y de control de las masas que previsiblemente buscarían llegar para saludar a la "Scaloneta". 

Decreto innecesario

Una suma de irresponsabilidades que incluye el decreto trasnochado del presidente Alberto Fernández, cuyo alcance terminó siendo tan amplio como limitado. Un feriado contraproducente para un país que necesita poner a todo vapor la maquinaria productiva para salir de la ciénaga en la que se encuentra. Y una decisión que contradice la máxima enseñanza que debería habernos dejado el triunfo de la Selección: que para salir adelante después de un enorme tropiezo hay que ponerse a trabajar, con seriedad y con el mayor de los empeños. Un feriado que, en rigor, también favoreció que la presencia en los festejos se multiplicará por millones.

El mundo mira atónito las imágenes que llegan del Obelisco. Desconoce la motivación legítima de cada argentino que por estas horas enfrenta una marea de síntomas psicológicos, que se sube al goce que le provee la fortuna de haber tenido una Selección que mereció la Copa del Mundo. Un premio que como país todavía estamos lejos de merecer.

La anarquía ha ganado las calles porteñas. Y ante la ausencia de un Estado que garantice la seguridad individual sólo resta esperar que prime la civilidad. Mañana puede ser tarde para lamentarse.