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El día de Mateo Messi y su padre

Lionel Messi está en la cumbre del mundo y, sin embargo, no pierde las formas de un hombre común.
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“Mateo, no hinches más, ya te dije que cuando vuelva de Qatar te voy a patear unos penales. Ahora me tengo que ir a entrenar. Y pórtate bien con tu madre. No la hagas rabiar, porque después se la agarra conmigo”. Es Lionel Andrés Messi Cuccittini que ante la idéntica circunstancia que cualquier chofer de colectivos, que cualquier maestro, bancario o verdulero que se va a la feria como todas las santas mañana de la vida saliendo bien tempranito para cumplir con su trabajo, refunfuña advirtiendo rutinaria y enfadadamente a “las fieras” que no jodan con “la patrona”.

Mientras tanto, el petiso Mateo sale lanzado a romperle “los quinotos” a su hermano Thiago, que como el mayorcito de los pibes Messi estará payaneando un fulbito, pintando un dibujo o tratando de cazar a ese sapo que apareció bajo las plantas del jardín. En tanto, su madre, “la patrona”, pondrá el grito en el cielo: “¡Leo, Leo! Mira al Mateo que ayer rompió ‘la play’ y ahora le quitó la pelotita al Ciro. ¡Claro!, vos te vas y estos no paran de macanear en todo el día”.

El Mateo (siete años) está considerado unánimemente como el atorrante de la familia. Todas las encuestas familiares le dan guarismos bajísimos en el rubro “prudencia”. Los abuelos le temen. Los hermanos “lo odian”. Su madre está harta.

“Che; ustedes; a ver si dejan de festejarle todas las locuras a éste, porque después los que se lo tienen que bancar todo el día somos nosotros”.  El que ahora alza la voz es Lionel, quien dirigiéndose a los tíos Rodrigo y Matías con la misma calentura que si le hablará a Van Gaal le recriminará la desfachatada actitud populista con que consienten a los pendejos.

Más tarde, en la tribuna del estadio de Doha se observarán varias camisetitas azules. Otra de las tantas cábalas. Las cámaras de la televisión los enfocarán a cada ratito. Son los pibes de Antonela Roccuzzo Blanco. La muchachita ojos de miel que iba a Punta Mogotes en la segunda quincena de enero. Es la hija de José y Patricia. Un secreto a voces es que Leo le arrastraba el ala desde que eran chiquitos.

Antonela siguió cada partido desde la tribuna. 

Ella reza, se come las uñas, abraza al Ciro, le pregunta la hora a su suegro mientras el otro anda por ahí haciendo lo que mejor le sale. Estoy hablando de Mateo; no del padre. Aunque en eso sí se parece al viejo. En hacer lo que mejor les sale: Leo en modo futboleros diríamos: “la rompe a la pelota”. Mateo hace lo mismo, pero en plural.  

“Que esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar. Ponga huevo Argentina, ponga huevo”. Viene otra canción: “Que esta hinchada quilombera, no te deja, no te deja de alentar”.  Ahí el Mateo se transforma. Se sabe todos los cantitos; los entona y baila a todos, pero a los que tienen una palabrota le pone una manija especial. El concepto “cagón”, “puto”, “vigilante”, “concha de tu madre”, presentarán una carga teórica (en el marco de un exagerado contexto de cantito futbolero) que seguramente en la criatura no serán dimensionados por completo. Que le importa al Mateo. Además, hay notas que son muy “argento” para los chavales que se criaron en Europa. Pero este Messi “del medio” es tan intuitivo como su viejo, entonces los canta con una fuerza especial. Percibe la picardía, sabe dónde hay un espacio: “quilombo”, “huevo”, son palabras ideales para un chanta de siete años; entonces las aprovecha, sabiendo que contará con la complicidad de los compañeros de tribuna, repitiendo esa recordada histórica ceremonia de aquel que tuvo el enorme (incomparable) beneficio de ir a la cancha con su viejo o con su abuelo. Habrá un masivo apañamiento tolerante. Ayer y siempre. Sea en el estadio de fútbol más parecido a un teatro de ópera como puede ser el Lusail de Doha o al tablón del “albirrojo” de Atlético San Martín que cuando saltaban los cuarenta locos de la hinchada chacarera se movía como si pareciera un flan.

“Muchachos, nos volvimo’ a ilusionar…. Ya ganamos la tercera, ya somo’ campeón mundial”. Todos cantan. El papá Lionel desde la cancha hace señas con los brazos que ya está. Los agita y cruza arriba en el aire. Señala a Jorge, a su madre Cecilia, a la Antonela. “¡Ya está! Ya cumplí. Lo conseguimos”, pareciera decir Leo desde el verde césped (como decía Ángelito Labruna) a la emotiva y multitudinaria platea que componen una inseparable foto familiar. Mientras tanto el Mateo mira sin comprender demasiado ese gesto. Al lado de él están los que estuvieron siempre, los que nunca lo van a abandonar. En el fondo, no le preocupa demasiado la imagen. Él quiere seguir cantando y jugando a la pelota con su papá. Y si viene una puteada, mejor.

 “Papi cuando me pateas el penal”, pregunta el atorrante. “Mateo, nunca te cansas de joder. Pero uno solo y nada más”. Es Mateo y Lionel Messi, el mejor del mundo que a lo que mejor juega es a ser papá. Un buen ejemplo que más allá de la gloria nos volverá a recordar que cuando tuvimos un buen padre no importa si ganó 7 Balones de Oro o arregla relojes en una Terminal.