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Un último pedido, Selección

Estoy convencida de la pragmática de la comunicación, de que comunicar es hacer, hablar es posicionar, es nombrar puntos ciegos. Los que, si no se expresan solo existen en la categoría de “supuestos”, generando callada e inexorablemente un inconsciente colectivo. Lo que pensamos todos o no.
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Con la tercera estrella, con la copa llegando a casa, con el orgullo de ver las olas de millones de argentinos y argentinas celebrando con tanta pasión como en paz, sin grandes disturbios; con toda esa fuerza y con todas estas razones, si fuera ingenua y porque soy inquieta, le pediría a la selección un toque de magia más, una frase, un guiño, algo que aún no se me haya ocurrido. Muchas veces, casi siempre, el cambio de mirada, el resultado del inconformismo o la curiosidad, la habilitación a que algo sea distinto o deje de serlo, empieza por decirse.

Mucho antes de resolverse, el problema aparece como incomodidad, como inquietud. Y quizás no pueda resolverse. Pero queda enmarcado, tiene un framing, existe. Se ve. ¿Incomoda? Ante ideas que cambian el mundo, que cambian una organización, que cambian la mirada y entonces cambian la vida, siempre me imagino la previa. La germinación no solo de la idea, que seguramente surgió como una locura, o surgió sencilla, y se hizo inmensa. Pienso en aquel primer paso, cuando quien tiene la idea toma consciencia de que está por romper el status quo. Una palabra, una propuesta, una pregunta alcanza para hacer una revolución. Una evolución.

La de una médica que autoriza la entrada de un mascota a un hospital para que su dueño, en fin de vida, pueda despedirse de ella. La de un ejecutivo brillante que decide armar una start-up para transformar la comida que no se consume en un restorán en una cadena logística hacia comedores infantiles. La de un príncipe que decide ser plebeyo. Qué naíf, quizás. Qué inconformista. ¡Qué exigente! En la Final, creí que, tal vez, el partido no iba a empezar como esperábamos. Pensé que, justo antes, la Selección (no la de Francia; pensaba en la nuestra) iba a pronunciarse en repudio a la condena a muerte a Amir Nasr-Azadani. Que, a lo mejor, mostrarían un brazalete. O, mejor, nos sorprenderían con algún tipo de guiño en el que yo no hubiera pensado…

Me pasó igual al terminar. Es más, creí que no habían hecho nada al comienzo guardando un golpe de efecto. Me fijé: en el escenario de condecoración no había micrófonos… Ahí fui cayendo en la cuenta de que el deseo era inconmensurable. Seguí vigente, igual. De a poco y sin pausa, como humanidad, hemos estado avanzando hacia la consolidación de nuevas agendas.  Que ya casi no son “tema”. Porque, cada vez más, forman parte de lo que siempre había tenido que ser.  Por eso, y a riesgo de ser ingenua, inconformista, exigente, etc., terminando el mundial todavía estoy sorprendida del aval planetario a haber jugado en un terreno como Qatar. 

El mayor peligro de lo nefasto es, también, normalizarlo. Y, en algún punto, por distintas razones, esto sucede con frecuencia. El tiempo es corto, la mente es cómoda. O, para decirlo con un abordaje más técnico: no nos bancamos la disonancia cognitiva.  En síntesis: más allá de pequeños grandes pasos, aún se nos escapan, como humanidad, inmensos y tremendos pases. Se los pido a ellos, que nos han dado mucho más de lo que soñábamos.

Porque son inmensos y, entonces, pienso y elijo creer que pueden también esto. Hagan algo. Algo va a ser suficiente. Como quien pide un deseo cerrando los ojos, apretando los puños.  Como esperábamos, acompañábamos y, después, festejábamos ayer.  Como siempre, confiada y confiando, como quien todavía espera un último pase: que no pase.

Que la condena a Amir no suceda.

* Dolores Pereira Vázquez.

Directora Maestría en Comunicación para la Gestión del Cambio, Universidad Austral