Como Lionel Messi, mi vecina dice que este puede ser su último mundial
Se llama Nelly como la señora que atendía el quiosco en mi escuela secundaria. Si Nelly, (quien me vendía las facturas con crema pastelera unos minutos antes del primer recreo para que me librara de la espera en la larga fila de un estudiantado adolescente voraz) viviera, tendría quizá, una edad similar a la de mi vecina: 94 años. Esa edad precisa pude descubrirla hace menos de un mes. Porque como Mirtha Legrand, mi vecina Nelly, nunca antes pronunció el número exacto de sus años, ni dio pistas de cuándo pudo haber venido al mundo, ni siquiera, cerca de qué grandes eventos históricos nació: “Soy una joven en un cuerpo de muchas décadas”, me advirtió desde que nos conocimos hace ya casi 5 años. Aunque como Lionel Messi, aseguró esta vez que el Mundial de Qatar 2022 será su última competencia internacional.
Esta mañana de domingo 18 de diciembre se levantó temprano, dice que apenas salió el sol, ya que le molestó por la ventana porque olvidó correr las cortinas anoche porque se quedó mirando absorta los rayos amenazantes en medio de la tormenta. El séptimo día de la semana y pasadas las 9 décadas, suele dormir un rato más. En cambio, de lunes a sábado se despierta a las 8.30 con una puntualidad admirable e inmediatamente sale de su pieza derecho al baño y luego a la cocina. No le agrada hacer fiaca. Nunca lo hizo y con los años, cuesta aprender hábitos. “Esto de dar vueltas en la cama, no me gusta para nada. ¿Sabés por qué? Porque me pongo a pensar pavadas y la clave para llegar sana mentalmente a mi edad, es mirar la vida en positivo y además, ser activa”, se pregunta y se contesta a modo de consejo, con voz finita pero en volumen alto. No oye correctamente. Como mi abuela paterna, quien murió hace 21 años, no se escucha del todo bien así misma, por la pérdida progresiva de la audición.
Pero esta mañana es especial. Y cuando nos cruzamos en su vereda, (yo apuraba el paso de manera maratónica para comprar el desayuno mundialista para mis hijos) me contó algo de su rutina del final del Mundial de Qatar 2022. Lo primero que hizo esta mañana fue prender una vela blanca que compró su única nieta en frente de la plaza, donde hay un negocio que mi vecina supo concurrir en otros años. Prendió la foto al lado de una vieja remera de la selección del mundial 2014 que le trajo un sobrino que viajó a Brasil. Pero además, Nelly tiene una foto de Diego Armando Maradona firmada por el ídolo. Es que lo vio un año después del Mundial de 1986 en la ciudad de Buenos Aires, que antes era conocida como la Capital Federal- aclara-.Fue la primera y la única vez que Nelly viajó a la gran ciudad. “Después se me complicaron las piernas, nena”, me contó mientras señaló sus piernas vendadas fruto de la mala circulación y las várices que empujan por salirse de lugar. Fue con una sobrina a Buenos Aires. Lo vieron al Diego rodeado de gente y ella, que había recortado una foto de la revista El Gráfico cuando salimos campeones en México y la había guardado en su billetera, la sacó raudamente y con una lapicera que le pidió a un chico que también buscaba un autógrafo, logró el gran sueño: esa firma estampada del Diego en la fotito doblada.
“Este será mi último mundial”, me confesó Nelly un día antes de la charla de rituales del partido final, es decir, ayer. Yo haciéndome la distraía, le respondí: “¿Se pone muy nerviosa si mira los partidos?”. Ella me contestó con una risa irónica. “Casi un siglo tendré para el 2026. O estaré muerta, o mal de la cabeza”, contestó de manera tajante, como si luego de la frase, se esforzara por poner un punto final. “No diga eso, Nelly, usted, como el Diego, es eterna”, retruqué con un tono esperanzador. Es que en este mes, en el que la selección Argentina anduvo por Qatar, a Nelly, la alegría se le vino encima. Me confesó secretos de su vida larga, dejó de refunfuñar contra los niños que juegan a la pelota en la calle y usan su portón de arco y hasta la vi con lágrimas en los ojos, cuando Argentina pasó a la final tras ganarle a Croacia. “Este será mi último mundial, nena”, me repitió esta mañana mientras a paso cansino pasaba el lampazo, como quien repasa la vida, por una brillante vereda que huele a kerosene. “Será un hermoso final”, le contesté con más esperanza que ayer.

