Messi y la eternidad
Cuando uno piensa en su vida, la de "Lio" seguramente fue una vida de abundancia, pero también de privaciones y de muchos sacrificios, exactamente como la de todo ser humano que transita como un viajante las vicisitudes de la vida.
En su juventud, seguramente pasó por su cabeza que con su pequeño físico no iba a ser capaz de conseguir estar a la altura de lo que un jugador profesional tiene que lograr. Luego de mudarse a otro país y pensar todo desde otra perspectiva, nada le indica a un hombre que las raíces son importantes hasta que uno deja su patria y su pago. Eso duele y hace mal. Pero Lionel no solo superó esas cuestiones sino que supo encaminarlas en su justa medida.
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Su cara de avergonzado cuando los periodistas lo idolatran habla de su grandeza, la posición frente a su familia y a la dignidad de la base de la sociedad lo consolidan, quizás sin querer, en un ejemplo incómodo para la sociedad moderna del individualismo exitista. A través de sus años fue madurando, sin dudas, y como él mismo expresa, con la experiencia y el descanso en su comunidad de jugadores, viene la paz.
En una entrevista, "Lio" dice que él no hizo nada para jugar tan bien, que fue Dios quien le dio el don de su destreza. Y seguramente por su fe, exagera, pero no tanto. Evidencia que existe un camino en la vida que él fue recorriendo, y que tuvo mil posibilidades de desviarse, con aciertos y errores, pero lo que logró superar, lo hace agradecer infinitamente a su Creador.
Como nos pasó con el Diego y ahora pasa con "Lio", todos queremos ser parte de algo de su historia, de algo de su vida y poder compartir alguna anécdota. Sin embargo, para Messi y para Maradona, lo más grande era poder estar en el corazón de cada uno de los argentinos con sus pasiones entremezcladas. Ese tango extenso agridulce que representa nuestra querida azul y blanca.
Se nota la sensibilidad diferente y los debates son otros tiempos de la selección. Los jugadores hablan del sufrir del pueblo, de que los sueldos no alcanzan a los hombres y mujeres de su país y lloran emocionados de poder llegarles una alegría a millones de personas en Argentina. No son posturas.
La humildad de Messi es una ruptura del modelo mental que tienen en todo Hispanoamérica sobre el prototipo del argentino soberbio. Y es por eso que se hace más grande su figura, se golpea la cabeza el anti-argentino medio que entre envidia y odio nos desea una derrota deshonrosa.
La vista del 10 va hacia el infinito candor de la tribuna con una sonrisa, sin drama ni revancha, sin odio ni gesticulación, solo admira y percibe que es probable que su tiempo en la selección nacional haya llegado a su fin, pero con ese fin, comienza el Messi eterno. El que solo le rinde cuentas a Dios.
* Agustín O’Reilly es politólogo y director General de Moody Brook Consultores