El Fantasma de Catalinas
No fue un incendio más, o al menos eso es lo que creen muchos de los ex habitantes del malogrado edificio de oficinas de Marcelo. T. de Alvear y Reconquista, en pleno centro porteño. El mismo que en un pasado no muy lejano albergó a una famosa discoteca under de la Ciudad de Buenos Aires.
La historia, sin embargo, había comenzado siete años antes y casi de la misma forma. Sus vecinos, los dueños del tradicional pub irlandés Kilkenny les habían alertado el mismo día de la mudanza “no hagan fiestas porque al fantasma no le gustan”. Los nuevos inquilinos se rieron, pero al día siguiente muchos de ellos comenzaron a creer.
La leyenda nació a partir de una muerte, la de un reconocido artista de la época y miembro fundador del espacio multicultural La Age of Communications fundado en 1992. Fue a fines de 2000 que Juan C, murió al caer de una escalera del edificio que en aquel entonces vibraba al ritmo del boliche La Age. Para muchos, The Age of Communications o "La Age" fue la disco más loca de los años ‘90. Los baños eran unisex, tenía una biblioteca que solía llenarse cerca de las seis de la mañana y una parrilla en la terraza.
Hay quienes adjudican la caída a un cocktail de drogas y alcohol, una postal habitual de La Age, para otros sólo fue consecuencia de un accidente desafortunado. Sea como fuere, y aunque también se la adjudicó a quejas de vecinos por ruidos molestos, lo cierto es que la muerte de Juan C provocó la clausura de la discoteca, cuyas instalaciones fueron luego alquiladas a un grupo de publicidad, marketing y consultoría en comunicación.
Cuando los nuevos inquilinos decidieron celebrar con una fiesta el inicio de sus operaciones, fueron advertidos por el encargado del Kilkenny quien les sugirió que suspendieran el festejo. Se rieron de él y, obviamente no le hicieron caso. Al día siguiente, el fuego castigó (con paredes, escaleras y barandas incluidas) el trayecto exacto que transitó el cuerpo del artista antes de estrellarse contra
el piso de uno de los patios interiores donde encontró la muerte. Una vez controlado el fuego, el hombre del Kilkenny les hizo ver su error apelando al clásico, “yo les avisé” y, ante un auditorio mucho menos escéptico, contó la historia del fantasma. Un fantasma en el cual los tres socios y los miembros más antiguos de la agencia, lentamente comenzaron a creer. Una noche, uno de los socios se encontraba solo en el edificio y fue a servirse una infusión a la máquina de café. Cuando se retiró a su despacho con el café en la mano, escuchó que la máquina se ponía nuevamente en funcionamiento.
Eso lo alteró, se suponía que para que se encendiera debía colocársele una ficha. Cuando llegó, directamente se asustó. La expendedora no solo se había encendido por sí misma sino que un vaso había sido colocado en posición y el café se hallaba perfectamente servido. Algo impensado en una máquina semiautomática en la cual los vasos de plástico debían colocarse manualmente. Según los miembros de la agencia, esa fue la más evidente de muchas apariciones. Hay quienes dicen haber visto al fantasma, otros aseguran haberlo escuchado, muchos cuentan historias de luces que se encendían y se apagaban sin motivo o puertas que se abrían y se cerraban por sí solas. Desde entonces, el convencimiento de que el espíritu de Juan C habitaba la
vieja casona fue tal que, a partir de allí, uno de los socios jamás olvidó dejarle un vaso de vino y un plato de comida cada vez que se organizaban festejos en la terraza.
El día posterior a cada fiesta o reunión, el vaso y el plato aparecían casi sin rastros del vino ni de la comida. Hay quienes creen que dicho tributo alimentaba a algunos gatos o tal vez ratas, aunque resulta difícil creer que dichos animales fueran proclives al consumo de alcohol. Otros, lo que alimentaron, fue la historia de un fantasma en el que comenzaba a resultar impropio no creer. Un ejecutivo de la consultora que hacía pocos meses había ingresado a la empresa, debió quedarse una noche hasta altas horas de la noche elaborando una presentación para un cliente. A la una de la mañana notó que se apagaron los focos de luz, pero las computadoras siguieron funcionando. Segundos después, sintió una presencia inquietante a sus espaldas. La historia del fantasma, de la que se mostró escéptico desde el principio, comenzó a tornarse verosímil para él. Incómodo y con temor a girar el cuello y ver a sus espaldas, recordó una escena de la película Sexto Sentido. Esa en la que Bruce Willis le recomienda a un paciente que ve gente muerta que se comunique con ella.
Tomó coraje y se animó a decir en voz alta: “¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?” “¿Necesitás algo?”. La extraña presencia se desvaneció e inmediatamente se encendieron las luces. El edificio albergaba a unas 90 personas pertenecientes a tres empresas del grupo, mientras que las otras dos compañías que completaban el holding compartían oficinas en el barrio de Belgrano. La oficina de Catalinas contaba con una cocina en la que, en distintos turnos, la mayor parte del personal compartía el almuerzo. En ese ámbito, al día siguiente de la extraña situación vivida, el nuevo empleado contó la historia casi mordiéndose los labios, temeroso de ser objeto de burla por parte de sus compañeros. El resultado no pudo estar más alejado de aquella presunción: no sólo los 12 o 15 comensales que lo escuchaban le creyeron, sino que el más antiguo de todos sentenció: “Es muy importante que esto lo digas vos que sos nuevo y no estás influido por nosotros. Así quizás nos crean y no piensen que somos sólo un grupo de locos que cuenta historias de fantasmas”. Uno de los socios puso al empleado en evidencia frente a los otros dos, el resultado fue el mismo y el nuevo empleado que temía ser descalificado pasó a sentirse mucho más integrado a ese grupo de hombres que no renegaban de lo sobrenatural.

Desde entonces el fantasma no volvió a manifestarse como si al igual que en la película, el hecho de que se dirigieran a él y trataran de ayudarlo hubiera serenado aquel espíritu. Pasaron más de 18 meses sin noticias del fantasma y todos creyeron que había encontrado la paz. Sin embargo aún estaba rondando. El ejecutivo que había intentado dialogar con el fantasma decidió poner fin a su vinculación con la firma, aunque nunca imaginó que también sería, literalmente, el fin de la oficina. Dos días después de su desvinculación y concluido el fin de semana, los empleados se aprestaban a iniciar una nueva jornada laboral. Cuando
estuvieron a una cuadra del edificio, comprendieron que algo grave había ocurrido. Otra vez un incendio, pero esta vez de grandes proporciones. Los bomberos hacían su trabajo final luego de tres arduas horas de lucha con el fuego. El resultado, todas las instalaciones de la consultora fueron consumidas por las llamas. El fuego literalmente derritió las instalaciones de la consultora y
afectó en menor medida a la agencia de publicidad que funcionaba en el segundo piso y a la de marketing con dependencias en el ala oeste del edificio.
Curiosamente, del cartel de recepción, las llamas destruyeron sólo los nombres y logos de las tres empresas que funcionaban en Marcelo T. de Alvear, mientras que las imágenes de las dos empresas radicadas en el barrio de Belgrano no fueron alcanzadas por las llamas. Un cortocircuito ocurrido pasadas las 6 AM en una lámpara de la consultora fue la causa esgrimida por los peritos para explicar el siniestro. El edificio debió ser evacuado por temor a derrumbe y las tres empresas debieron buscarse nuevas locaciones. Mientras tanto, un guardia de una reconocida empresa de seguridad quedó a cargo de la custodia de la vieja casona. Al día siguiente había abandonado su puesto. Los dueños de la compañía exigieron una explicación a la empresa de vigilancia. La respuesta de la firma fue que su guardián había abandonado el edificio como consecuencia de eventos continuos e inexplicables vinculados a la espontánea apertura y cierre de puertas y encendido y apagado de luces. La empresa no lo reconoció, pero el
personal de limpieza asegura que el guardia habló también de sombras y voces.

Otra vez el fantasma se instaló como principal sospechoso en la mente de quienes estaban esperando su reaparición y la casona quedó deshabitada por varios años.
* Diego J. Muñiz, consultor en Comunicación

