Mi hijo, el campeón: el orgullo de una madre tras la consagración de Hindú
Con Marcelo nos casamos hace 37 años y somos padres de 5 hijos: Tomás María, María Sofía, Martín María, Sebastián María y Diego María. Todos han recibido muchas condiciones deportivas y las han desplegado, pero Martín y Sebastián, además, tuvieron la gracia de destacarse en el rugby de alta competencia.
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Con mirada retrospectiva, veo y valoro muchas vivencias, alegrías y sinsabores que ayudaron a los chicos a crecer como personas deportistas y a todos como familia.
Juegan desde los 5 años y, antes de salir a cada partido, rezamos dando gracias por el don -que siempre implica reconocer al Donante-. También le pedimos a Dios que los cuide a todos. Cuando eran chiquitos, para descomprimir presiones de ganar y mitigar el temor por lastimaduras, les decía cada sábado: “Si alguno te quiere golpear por sacarte la pelota se la das y yo te compro otra en el súper”. Aún me río al recordar cómo mantuve ese ritual hasta no hace tanto.
Ya de grandes, rezamos juntos y les pido que jueguen para Jesús, que es su tribuna más importante. En casa, Marcelo, mi esposo, les enseñó a vivir el rugby con pasión, a divertirse jugando, a disfrutar el frío, la lluvia y el barro, y así cada entrenamiento y partido se convertían en un evento que daba de hablar por días, sin descuidar sus obligaciones de colegio y luego de universidad graduándose Martín de licenciado en comunicación social y Sebastián de ingeniero industrial.
Marcelo disfrutó acompañar de cerca a los chicos, apoyándolos y estimulándolos y sin lugar a dudas ha sido importantísimo en el desarrollo de sus carreras ver a su papá al costado de la cancha. Reconozco que la “familia del Hindú” fue un buen socio para la educación de los chicos. Aprendieron mucho en la cancha y en la vida de club.
El juego en equipo reforzó valorar la vida en familia y la importancia de participar activamente en la comunidad. Vestir la camiseta con orgullo, los predispuso fácilmente al amor por su bandera y su patria. Aprendieron que los logros y caídas son parte de la vida, no sentirse tenidos en cuenta y las derrotas, fueron oportunidades para sobreponerse y no abandonar.
Aprendieron que todos somos distintos pero tenemos en común un fuego interior que nos hace brillar y eso les permitió hacerse de muchos amigos.
Le doy inmensas Gracias a Dios por todo y por tanto.
* María Carolina Astarloa de Cancelliere
