Fiesta de la cultura: una extraordinaria muestra se abrió en el museo Fader

Fiesta de la cultura: una extraordinaria muestra se abrió en el museo Fader

Anoche, se inauguró la estupenda exposición del maestro Alfredo Ceverino, con más de 90 obras del talentoso pintor y enorme cantidad de público. Fue una fiesta de la cultura, en un lugar privilegiado. Aquí, te lo contamos en primera persona.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

unaranjo@mdzol.com

Alfredo Ceverino detestaba las inauguraciones multitudinarias, esas en las que su nombre podía resonar en una de cada dos oraciones y todas las miradas se fijaran en sus transparentes ojos claros, su sombrero malevo y su pañuelo en el cogote. 

Ceverino, El Flaco, Ceve, El Viejo, prefería las muestras íntimas, la charla en voz baja, el vino lento, el chiste fuera de lugar, la discreción por sobre todas las cosas. 

Pues bien, lo cierto es que este gran artista lasherino y maestro de generaciones murió en enero de este año y, entonces, todos aquellos que lo quisimos y no podemos olvidarlo, decidimos hacer todo lo contrario a sus preferencias. 

Esto es: montar una enorme muestra en el museo Fernando Fader, de Lujan de Cuyo, que dé cuenta de su enorme talento y en la que el público en general y distintas personalidades de la cultura disfrutaran de las delicias que dejó su puño. 

Alfredo Ceverino, en su taller

Así las cosas, en primer lugar su familia (su mujer Violeta y sus hijos, los artistas Ini, Yayi y Alejandro), tomó la posta del trabajo de curaduría y el resultado es francamente sorprendente y quedará exhibido en Fader durante tres meses, por lo cual hay tiempo de sobre para ir a disfrutar esos maravillosos cuadros, en un estupendo lugar. 

Alfredo Ceverino se fue a los 82 y dejó una muy importante cantidad de cuadros que provocan contemplación, conmoción, alegría, azoramiento, interpelación, belleza al fin. Además, está su importante obra escultórica y quienes deseen saber de qué se trata, pueden ir a verla a la bodega A16

Anoche, en el Fader, se vivió una fiesta de la cultura, de mano de los organizadores del evento: el Ministerio de Cultura y Turismo, la Municipalidad de Godoy Cruz y el propio Fader. Fue la noche perfecta: luego de los discursos oficiales, brillaron artistas como Daniel Talquenca, Griselda López Zalba y el Grupo LaCuerda; mientras personajes salidos de las pinturas del Ceve se paseaban entre los asistentes y las copas de vino chocaban en nombre del Viejo. 

Arriba, brillaba una Luna imposible, que el lasherino hubiera pintado, para poner a sus pies a algunos de sus personajes inolvidables: ángeles caídos, mujeres con poca ropa, poetas melancólicos, Henri de Toulouse-Lautrec, Elvira y sus gatos, los maniseros, los niños, los quijotes, los caballos…

Los cuadros estarán colgados hasta fin de año en el Fader, no se los pierdan por nada del mundo. Por cierto, debo decir que la familia Ceverino me concedió el gran honor de presentar esta tremenda muestra.

A continuación, el texto al respecto, un intento de acercamiento a la figura del maestro Alfredo Ceverino. 

Ceverino y “La Muralla” 

Alfredo Ceverino es una de las personalidades más importantes de la cultura de Mendoza. En él, se resume todo aquello que por cultura debemos entender: la construcción de identidad, la pertenencia e identificación con su suelo, el ejercicio del talento, la búsqueda de un estilo personal y su consecución, la apertura a nuevas dimensiones de lo real y, muy importante, la necesidad de devolución de lo heredado, el legado, en su caso, multiplicando por miles los beneficiarios de su forma de ejercer la cultura. 

Todas estas variables determinantes están presentes en la obra del maestro Alfredo Ceverino. Maestro: este es otro de los perfiles a valorar, pues, como pocos, Ceverino fue, durante décadas, un agente transmisor de talento, de entusiasmo y de constancia. Varias generaciones se han alimentado de su puño, ya sea en la enseñanza formal (nunca tan formal, en su caso), como en la enseñanza informal. 

Alfredo, el Viejo, fue un maestro de las artes plásticas, pero, sobre todo, de la vida. Y su obra lo llevó a consolidarse como un alto representante de las artes plásticas de Latinoamérica. 

Se sabe de él que nació en Las Heras en 1939. Aclaremos algo: nacer en Las Heras no es lo mismo que nacer en Luján, Godoy Cruz, San Rafael, San Martín, Buenos Aires o Paris. En Las Heras, nacen los lasherinos y las lasherinas y el mero hecho de transcurrir la infancia en ese épico, casi mítico, escenario, deja marcado de por vida al individuo en cuestión. 

Ceverino, hermoso. (Foto Ricardo Rivas)

Mírenlo a Ceverino, el lasherino: altivo, sencillo, orgulloso, zanjonero, sensual, pendenciero, peronista de Perón, futbolero hincha del Globo, genio hecho a sí mismo desde el barrio, los potreros y cañaverales. Mírenlo a Ceverino: todoterreno, antivuelco, salvaje, hermoso en sus ojos claros, valiente, atorrante y muy generoso, muy solidario, tanto con lo que sabía del arte, como con su prolífica y extraordinaria obra, de la que no dudaba en desprenderse sin más, si de ayudar a alguien se trataba. Me consta.   

Todo eso era Alfredo Ceverino, un hombre con tanto talento, que se empecinaba en intentar ocultarlo, pero torpe, lasherino, el talento se le escapaba a borbotones como pechuga de matrona. No le gustaba hablar de sí mismo, le gustaba, entre mates, hablar de sus pinturas y esculturas como si hubiesen sido hechas por otro o como si vinieran de una nada misteriosa y no de esas manos fuertes, obstinadas, lasherinas. 

Del arte, de lo específico del arte, no hablaba mucho, al menos conmigo, pero sí hablaba de la factura del arte y de las historias que descubría en sus obras. Ceverino, el Ceve, El Flaco, El Viejo, creaba obras que recién nacidas, que venían ya con un pasado recóndito que él iba descubriendo, del que se iba maravillando. Después, no se guardaba ningún secreto al explicar lo que hacía, no había mezquindad en Ceverino y lo saben quienes, año tras año, década tras década, generación tras generación, bebieron de su fuente. Y hablamos de una multitud y de un acto de amor que azora. Tan prolífico era que hasta su familia abrazó el arte y así disfrutamos el hecho de saber que, por empeño de sus hijos Yayi, Ini y Alejandro y su nieto Iván, hay Ceverino para rato. Y claro, con su empeñosa mujer Violeta, ahora, sosteniendo el reino. 

Alejandro, Ini, Yayi y Alfredo Ceverino. (ALF PONCE MERCADO Archivo)

El Viejo expuso en el país, en Latinoamérica y en Europa, viajó bastante y también vivió como protagonista la bohemia de aquellos dulces años, cuando Mendoza era más osada y divertida y la cultura se cocinaba en los bares, entre el humo y la risotada y en los clubes barriales y en las casas y en los talleres y los cabarets y las peñas. Entonces, se hablaba mirándose a los ojos y se bebía vino en vasos, se leían libros y se peleaba con los puños y se usaban verbos definitivos y colores en las pinturas que portaban el adn de su autor y también se atrapaba al viento en un punto determinando de las esculturas. Todo esto lo vivió Ceverino, ese que ganó montones de premios y los olvidó a los diez minutos, ese paseó por aquí y por allá, pero siempre volvió a su lasherino lugar en el mundo: el taller de los encantos en el patio de su casa. 

Entre muchas decisiones, tomó la de secuestrar y llevar en tren a Las Heras al pintor francés Henri de Toulouse-Lautrec: hizo que recorriera las calles de Panquehua, que sufriera por amor, que se mojara las patas en las acequias, que se enamorar de Elvira y que Elvira se enamorara de sus gatos, que hiciera amistad con músicos, bailarinas ligeras de ropas, vendedores de maní, equilibristas, ángeles y poetas sórdidos… Ceverino llegó incluso, en 1993, a montar una muestra, acompañada de textos del gran poeta y también amigo Julio González, quien recientemente también nos dejó. 

Toulouse Lautrec, Elvira, un ángel y un gato, motivos habituales del maestro

Sin embargo, Alfredo quiso más rosca existencial con el cumpa Toulouse-Lautrec e intentó involucrarme para que publicáramos un libro que reinventara aquellas aventuras del pintor francés en Las Heras. Recuerdo aquellos encantadores encuentros con Alfredo, en su taller, entre mates, poniéndome todas esas hermosas pinturas delante del hocico y pidiéndome que urdiera un relato, porque esos relatos llevarían a nuevas pinturas y más aventuras. A mí me faltó valor y después nos separó la pandemia y, ahora, me arrepiento por no haber tenido más determinación y por no haber pasado más tiempo en su taller, escuchándolo. El tiempo es cruel y nosotros, unos zonzos viviendo los días como si no fueran a acabarse alguna noche. 

Me siento profundamente honrado por el vínculo que tuvimos. Siento que me eligió para que nos hiciéramos amigos, me concedió ese honor y se lo agradeceré por siempre. 

El Fader lució repleto. (Foto: gentileza Eduardo Faggian)

El día que murió escribí una despedida urgente en las redes sociales, un puñado de palabras que hoy, aquí, bien puede funcionar como bienvenida a su esta estupenda muestra retrospectiva: “La Muralla”. Dice así: 

"Gracias y adiós, maestro y amigo Alfredo Ceverino. Gracias por invitarme a tu casa, a tu taller, por tus mates, tus consejos y tu sentido del humor, por intentar involucrarme en las aventuras lasherinas de Toulouse-Lautrec, por los dos cuadros que me regalaste y atesoro, por la coherencia ante los estúpidos, por ese patio con metales preciosos, por los cuadros que me donaste para que ayudáramos a familias humildes, por haberme contado tu vida obrera y lasherina, por dejar una familia de seres hermosos. Tus cuadros iluminan mi hogar: cada día, pensaré un ratito en vos. Gracias por tu enorme talento y tu generosidad. Hasta siempre, maestro y amigo”... 

Bienvenidos a “La Muralla”, de Alfredo Ceverino… 

 

Ulises Naranjo (texto y fotos) 

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