Una pelota, una coneja y una gomera: la revolución de la barriada

Una pelota, una coneja y una gomera: la revolución de la barriada

En el barrio Arcoiris de Tupungato, un grupo de niños disfruta del sábado más allá de los flagelos que imprime la pobreza. Encontrar la felicidad, en lugares donde muchas veces no la hay, es posible.

Juan Ignacio Blanco

Juan Ignacio Blanco

Es sábado por la tarde. Los últimos fríos se dejan sentir al pie de Los Cerrillos de Tupungato. En la barriada hay una especie de revolución.

A lo lejos, música. Hay un cumpleaños. Los vecinos se han juntado a celebrar. En el potrero, unos 15 niños que juegan y corren detrás de una pelota. Los arcos, hechos con palos de álamo, están torcidos. Los vientos que a veces sacuden la zona los han dejado tambaleantes. Así y todo siguen estoicos, soportando alguna que otra pelota en el palo.

Varias familias se juntaron a celebrar tres cumpleaños. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Uno de los pibitos ensaya una volada al grito de “el Dibu”, claramente en alusión a Emiliano Martínez, el arquero titular de la Selección argentina. ¿Quién, que no haya jugado al arco en los picados del barrio no lo hizo? “El Moooono”, fue un clásico de los ´90. Y se repartía, claramente, en las figuras de Carlos Fernando Navarro Montoya, de Boca, y Germán Burgos, de River. Hoy, a diferencia de aquella época, donde muchas veces la canchita era sobre el calor del asfalto, y los arcos eran los puentes de las casas, la globalización del fútbol nos lleva a jugadores que triunfan en el exterior.

Al piso. El arquero y el jugador disputan la pelota en medio de la polvareda. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

El tiempo parece detenerse más allá del presente que allí abandona. Deja de hacer frío por un rato. La pelota rueda. Niños y niñas se mezclan en los equipos. No hay árbitro, mucho menos jueces de línea. Dentro de la cancha reina una especie de anarquía futbolística. Alguna que otra patada vuela y llega a destino, pero no les importa, se caen, se sacuden y siguen corriendo, algo desprolijos, detrás de la número 5. 

El paisaje, en tanto, es clásico: jarilla, arbustos, cerros, cactus. El Cristo Rey, la enorme escultura de los tupungatinos, custodia desde lo alto al barrio Arcoiris, el asentamiento que colinda con el basural a cielo abierto del departamento valletano.

La clásica foto del equipo antes de que comience el partido. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

La pelota sigue rodando, y tras ella, la polvareda. Delfa, una especie de jefa del lugar, los mira. No les saca la vista de encima. Está un poco nerviosa. La presencia de extraños no es mucho de su agrado pero, entre charlas, va aflojando y hasta se sonríe. “Acá no hay solo niños de este barrio. Vienen primos y amigos de otros barrios cercanos”, comenta mientras sigue mirando con detenimiento el jugar de los culillos.

Delfa es la referente del barrio Arcoiris y una especie de abuela de todos los niños del lugar. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Y en eso aparece la Colo. ¿Quién es la Colo? Delfa, antes de que alguien pregunte, comenta: “Es de uno de los barrios de más allá y siempre viene los fines de semana porque sus primos viven en el Arociris”. La Colo, para los que ya peinamos canas de los 40, es igual a Pippi Calzaslargas, el personaje creado por Astrid Lingred en 1941 y que luego fue llevado a la pantalla del cine en 8 películas que van desde 1949 a 2001.

La Colo no vive en el barrio, pero siempre llega de visitas para ver a sus primos y amigos. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Los pibes siguen jugando, con la Colo como invitada. Un poco más allá, el "Abuelo", un señor arrimado al lugar al que todos los niños llaman así. Es de pocas palabras. Poco se conoce de su pasado. Se sumó a la comunidad luego de que lo encontraran solo deambulando por el basural. Le dieron un lugar para dormir e integrarse a los vecinos del lugar. Su silencio guarda algo y tal vez se lo lleve a la tumba.

El "Abuelo" fue encontrado solo en el basural y se sumó a la comunidad del Arcoiris. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Una vieja gomera, de esas con las que muchos salíamos a "cazar" pajaritos en la infancia, está presente. El niño apunta y dispara. No logra dar en el blanco. Después, es el turno de la amiguita, quien tampoco logra impactar con la piedra al objetivo, un pajarito posado sobre un viejo alambrado oxidado.

La vieja gomera está lista para lanzar una piedra. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

¿Celulares? Solo unos pocos, los niños juegan a la vieja usanza. Se revuelcan, se llenan de tierra, se raspan las rodillas, corren, se trepan. Es como un volver en el tiempo, a esa infancia donde ganar la calle y jugar hasta que mamá gritara "a cenar" era el objetivo común de todos, hasta del que estaba en penitencia por haberse portado mal o por las malas notas en el boletín de calificaciones. 

En la zona no hay muchos árboles. De todos modos, los niños se las ingenian para treparse a todos lados. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Más allá, una mamá y un papá preparan una conejera, es que la coneja blanca de la hija está esperando "familia" y ella lo cuenta a viva voz mientras alza a su mascota y se la muestra a sus amiguitos. El animal está por parir. El trabajo se vuelve a contrarreloj y hay que llegar con todos los preparativos para que las crías no sean víctimas de los animales nocturnos que acechan la zona en busca de alimento. 

A contrarreloj. La familia trabaja para terminar la conejera. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

La noche se resiste a caer. El alboroto sigue, parecen no tener frío. Más allá, sigue sonando la música al rededor de una mesa donde hay rejunte de comida para el festejo de los tres cumpleañeros. Seguramente se extenderá hasta el domingo para darle despedida al fin de semana y así volver a la rutina, la de laburar la basura para conseguir el mango del día.

Tiempo de marchar a nuestra realidad, distante de aquella, donde mientras haya una sonrisa de un niño habrá una luz de esperanza para un futuro mejor.

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