Una judía a la que la Segunda Guerra Mundial le regaló una certeza

Una judía a la que la Segunda Guerra Mundial le regaló una certeza

El 15 de enero de 1914 nació Etty Hillesum, una holandesa judía con una profunda búsqueda interior. Interiormente caótica, como se describe, fue víctima de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, y escribiendo un diario personal, descubrió una certeza: "La vida es bella a pesar de todo".

Giza Almirón

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“Ahora sé con toda certeza que nunca podré poner por escrito lo que la vida misma me ha deletreado con letras vivas", afirma Etty Hillesum, quien nació el 15 de enero de 1914 (meses antes del inicio de la Primera Guerra Mundial) en Middelburg, Holanda, en el seno de una familia judía no practicante. Hija de Rebeca Louis Hillesum, que enseñaba lenguas clásicas, experimentó en carne propia la Segunda Guerra Mundial, uno de los momentos que la vida le deletreó con letras vivas.

Etty amaba la poesía y la música, era una lectora voraz –tal vez por influencia de su padre–. Sabía Derecho y lenguas eslavas, y cuando comenzó a estudiar Psicología estalló la guerra. Su familia tenía profundos desequilibrios emocionales, que ella misma heredó: se autodescribe como una mujer inestable, egocéntrica y, en especial, interiormente caótica. “Siempre estoy muy tensa y muy atenta, busco algo, pero no sé qué. Lo que estoy buscando, por supuesto, es mi verdad, pero todavía no tengo ni idea de cómo será. Procedo a ciegas hacia una determinada meta, puedo sentir que hay una meta, pero no sé dónde ni cómo”, escribió esta peregrina de alma y eterna buscadora.

Etty junto a su mamá, su papá y sus dos hermanos

Comenzó a hacer terapia con Julius Spier (discípulo de Carl Jung), un psiquiatra y quirólogo, a quien Etty llamó su partero del alma. Spier le recomendó que escribiera su propio diario, que fue para ella un ejercicio de introspección en el marco de esa búsqueda de sí misma. Así, esta joven se encontró con Dios dentro de sí, sin practicar la religión ni haber pertenecido a una sinagoga: “Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo”, escribió el 26 de agosto de 1941.

Entre agosto de 1942 y septiembre de 1943 Etty se ofreció como enfermera voluntaria en el campo de concentración de Westerbork. Pudo viajar varias veces a Amsterdam gracias a un permiso especial, llevando consigo cartas y mensajes de los prisioneros, además de trasladar medicinas al campo. Etty tuvo la posibilidad de esconderse o huir, por un trato especial hacia colaboradores judíos, pero ella decidió acompañar a su pueblo.

En julio de 1943 fue llevada junto a su familia al campo de Westerbork y el 7 de septiembre de ese mismo año transportados a Auschwitz. Ese día Etty escribió su último mensaje en un papel que lanzó desde el vagón para animales que la llevaba al campo de exterminio: “Christien, abro la Biblia al azar y encuentro esto: El Señor es mi baluarte. Estoy sentada sobre mi equipaje en el centro de un vagón de mercancías abarrotado. Mi padre, mi madre y Mischa van unos vagones más adelante. Al final, la partida se produjo sin previo aviso. Fue una orden especial contra nosotros enviada desde La Haya”. Esto le permitió descubrir, en parte, la misión de su vida: “Deberíamos desear ser un bálsamo para tantas heridas”, sentenció entonces.

"La vida es bella a pesar de todo"

Durante el tiempo que estuvo en los campos de concentración fue testigo de cosas espantosas y también las sufrió ella misma. “Un ser humano es una cosa bien singular. La miseria que reina aquí es verdaderamente indescriptible. En las grandes barracas se vive como topos en una cloaca”, escribió en una oportunidad. Sin embargo, y tal vez en consonancia con lo que vivió Viktor Frankl en una experiencia similar que lo llevó a entender la verdadera libertad, Etty afirmaba: “No importa si te encuentras dentro o fuera del campo cuando se tiene una vida interior”.

Profundamente interpelada por lo que generaba la guerra, esta joven expresaba sus sentimientos: “A veces resulta duro asimilar y comprender (…). Pero no voy a recluirme en mi habitación, Dios; intentaré mirar a las cosas a la cara, incluso los peores delitos, y descubrir al pequeño y desnudo ser humano en medio de los monstruosos restos provocados por las absurdas acciones del hombre”. La búsqueda de la verdad, de la libertad y de sí misma provocó su encuentro con el Dios que habitaba en su interior. La sensibilidad y la inquietud de Etty la llevaron a vivir, aun en la guerra, lo que se puede leer en sus escritos (publicados 38 años después de su muerte): la fe, la esperanza y el amor.

Etty Hillesum murió el 30 de noviembre de 1943 en Auschwitz, donde también murió su familia, con una certeza en medio de esa trágica realidad: “La vida es bella a pesar de todo”.

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