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Entre la mentira de la "escuela exigente" y el fraude de la "escuela fácil"

La sobrecarga de tareas no garantiza aprendizaje y la baja exigencia tampoco: el problema de fondo está en la calidad pedagógica.

Tal vez sea momento de revisar una creencia profundamente instalada en nuestra cultura escolar.

Tal vez sea momento de revisar una creencia profundamente instalada en nuestra cultura escolar.

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Durante décadas se instaló una idea muy cómoda en el colegio y la escuela —y también para muchas familias —: un colegio exigente es aquel que llena a los alumnos de tarea, que les exige horas de estudio en casa y que mantiene una presión constante de evaluaciones.

Sin embargo, la evidencia educativa internacional muestra algo incómodo para ese modelo: más tarea no significa necesariamente más aprendizaje. Y en muchos casos significa exactamente lo contrario.

Un dato incómodo para la cultura escolar

El programa PISA de la OCDE, que evalúa cada tres años a estudiantes de 15 años en lectura, matemática y ciencias, muestra que el tiempo que los estudiantes dedican al estudio fuera de la escuela explica solo una parte limitada de las diferencias en rendimiento académico. Los informes de la OCDE señalan que factores como el nivel socioeconómico, el clima escolar y la calidad de la enseñanza tienen un peso mucho mayor en los resultados educativos que la cantidad de tiempo dedicado a tareas fuera del aula. El informe señala que otros factores —como la calidad de la enseñanza y la organización pedagógica de la escuela— tienen un impacto mucho mayor en el aprendizaje. Esto cuestiona una idea muy arraigada en muchos colegios: que la acumulación de tareas es una señal de calidad educativa.

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La evidencia educativa internacional muestra algo incómodo para ese modelo: más tarea no significa necesariamente más aprendizaje.

La evidencia educativa internacional muestra algo incómodo para ese modelo: más tarea no significa necesariamente más aprendizaje.

El espejo argentino

El caso argentino vuelve aún más evidente esta contradicción. Según los resultados de PISA 2022, el 72,9% de los estudiantes argentinos de 15 años no alcanza el nivel mínimo de desempeño en matemática (nivel 2), muy por encima del promedio de los países de la OCDE, que es del 31,1%. Es decir: después de más de diez años de escolaridad, casi tres de cada cuatro alumnos no logran el nivel básico esperado.

Otro dato muestra la profundidad del problema. Análisis realizados a partir de ejercicios liberados del programa PISA, difundidos por el observatorio educativo Argentinos por la Educación, estiman que solo alrededor de uno de cada cuatro estudiantes argentinos de 15 años logra resolver correctamente problemas matemáticos básicos que requieren aplicar proporciones simples, como la regla de tres. Esto revela algo que muchos docentes saben desde hace tiempo: una parte importante de los estudiantes no desarrolla verdadero pensamiento matemático, sino que aprende procedimientos de manera mecánica.

Recuerdo lo que me comentaba el Prof. Alejandro De Oto Gilotaux, quien fue director de la Primaria del Colegio Los Robles durante muchos años, cuando veía que alumnos que venían de otros colegios, donde les habían enseñado matemática de manera mecánica y conductista, contaba cómo, algunos de estos niños y preadolescentes, desesperaban cuando se les pedía que pensaran cómo resolver un problema y pedían, con impaciencia, que se les diera la fórmula, para no tener que pensar. En esta forma de “aprender” sin pensar, cuando el procedimiento cambia, el aprendizaje desaparece.

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La organización pedagógica de la escuela tiene un impacto mucho mayor en el aprendizaje.

La organización pedagógica de la escuela tiene un impacto mucho mayor en el aprendizaje.

Mucha tarea, poca comprensión

El problema no es nuevo. Durante gran parte del siglo XX, la enseñanza escolar se apoyó en modelos conductistas, basados en repetición, memorización y práctica mecánica. Este enfoque permite avanzar rápido en contenidos, pero tiene un límite claro: produce aprendizajes superficiales. Me ha pasado, más de una vez, hablar con madres que preguntaban qué estaban aprendiendo sus hijos e hijas en tal o cual grado y, una vez informadas, afirmaban: “pero en el otro colegio eso ya lo vieron el año pasado o hace dos años”, dando por supuesto que ver antes un tema demostraba, por sí solo, que estábamos frente a una educación más exigente, profunda y seria, cuando, muchas veces, se trataba, solamente, de un conductismo puro y simple.

La didáctica contemporánea distingue entre dos tipos de conocimiento:

  • Conocimiento procedimental (aplicar una fórmula)
  • Conocimiento conceptual (entender por qué funciona)

Cuando el aprendizaje se apoya sólo en el primero, los alumnos pueden resolver ejercicios rutinarios, pero tienen enormes dificultades frente a problemas nuevos. Y eso es exactamente lo que muestran las evaluaciones internacionales.

La segunda jornada escolar

Pero el problema no se limita al tipo de aprendizaje. También afecta la vida cotidiana de los estudiantes. En muchos colegios —especialmente en algunos colegios privados que construyen su prestigio sobre la idea de “exigencia”— los alumnos pasan siete u ocho horas en la escuela y luego deben dedicar dos o tres horas adicionales a tareas en casa. Imaginemos el equivalente en el mundo adulto: terminar una jornada laboral y tener que seguir trabajando tres horas más cada noche. Eso es exactamente lo que se espera de muchos adolescentes. Y tiene consecuencias.

Las investigaciones educativas muestran que el exceso de tareas reduce el tiempo dedicado al sueño, al deporte, a la vida social y a actividades culturales o artísticas. En más de una ocasión, hablando con padres y madres y con amigos que tienen hijos en edad escolar, me han mostrado su preocupación porque sus hijos e hijas han dejado actividades que antes disfrutaban: tocar la guitarra, hacer danza, taekwondo, entrenar, invitar o ir a la casa de un amigo y, lo que es más grave, dejan de reír, de estar contentos, de cantar cuando están en su casa.

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Los alumnos pasan siete u ocho horas en la escuela y luego deben dedicar dos o tres horas adicionales a tareas en casa.

Los alumnos pasan siete u ocho horas en la escuela y luego deben dedicar dos o tres horas adicionales a tareas en casa.

Un dato que debería hacernos pensar

Los propios informes de la evaluación nacional Aprender muestran que el tiempo dedicado al estudio fuera de la escuela es muy variable entre los estudiantes argentinos. En la última medición, uno de cada cuatro alumnos declaró no haber realizado tareas ni estudiado fuera del horario escolar durante la semana previa.

Esto indica algo importante: el sistema educativo argentino funciona con realidades muy distintas entre estudiantes, muy desparejas, como ocurre en tantos otros ámbitos. Pero también revela una pregunta más profunda. Si en los colegios donde hay recursos y donde las familias pueden pagar una cuota mensual, que no es barata, el aprendizaje depende tanto del trabajo que los alumnos realizan fuera del aula, entonces: ¿qué está pasando dentro del colegio?

La verdadera exigencia

El problema no es la exigencia académica. La educación necesita exigencia. Ya hemos visto lo que ocurre cuando en el colegio o en las escuelas no se enseña y no se aprende, cuando falla la auténtica exigencia académica que conduce al crecimiento y la superación. Muchos de nuestros niños y adolescentes lo han sufrido y están pagando las consecuencias.

Pero existe una diferencia fundamental entre exigencia intelectual y sobrecarga de trabajo. La verdadera exigencia académica no consiste en llenar a los alumnos de tareas ni en generar estrés permanente. Consiste en lograr que los estudiantes comprendan. Que desarrollen pensamiento matemático. Que aprendan a leer críticamente. Que puedan escribir con claridad. Que aprendan a usar la tecnología con ética sin atrofiar las funciones ejecutivas del cerebro. Que puedan pensar. Que logren formar su propio punto de vista sobre qué es la vida y cual es su sentido. Que de a poco logren preguntarse sobre su vocación, sobre su propósito. Que puedan desarrollar no sólo su intelecto sino también su emocionalidad. Que alcancen a tener una mirada que trascienda el mundo de lo meramente útil y pragmático. Que descubran el arte y el valor del deporte. En fin, toda una serie de dimensiones que hacen a una formación humana completa, equilibrada y necesaria para un desarrollo saludable y que exige tener tiempo libre, tiempo de juego, vida social.

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El problema no es la exigencia académica, la educación necesita exigencia.

El problema no es la exigencia académica, la educación necesita exigencia.

La educación necesita exigencia

Gran parte de este aprendizaje debería ocurrir, principalmente, dentro del colegio y de la escuela. Las tareas pueden tener un lugar. Pero cuando la tarea se convierte en una segunda jornada escolar, lo que suele estar fallando no es el esfuerzo del alumno. Lo que está fallando es la pedagogía. Durante años, muchos padres eligieron colegios guiados por una señal muy simple: la cantidad de tarea. Si el colegio daba mucha tarea, debía ser bueno. Pero la evidencia educativa actual muestra que esa señal puede ser engañosa.

Tal vez sea momento de revisar una creencia profundamente instalada en nuestra cultura escolar. Porque una escuela exigente no es la que produce alumnos agotados o afectivamente desmoronados, sino la que produce alumnos que no solamente comprenden, sino que también está organizada para proteger la alegría de nuestros hijos y alumnos, una característica propia de una edad tan maravillosa.

* Juan Francisco Reinoso. Rector del Colegio Los Robles y padre de 4 hijos.