Treinta y tres largos días para la mejor noticia de la vida

Treinta y tres largos días para la mejor noticia de la vida

El día del nacimiento es la fecha en que más se recuerda y se reconstruye. Un hecho que conmueve a toda la familia y que, como todos los recuerdos bellos, se recuerda sin que haya cansancio.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Para las madres cada uno de los detalles del día en que sus hijos hicieron la entrada triunfal en sus vidas -y las dieron vuelta para siempre- son indelebles. Es esa historia que pueden contar como la mejor narradora sobre la tierra y mantener al público atornillado al asiento. La pueden repetir siempre igual, sin olvidarse de nada: palabras, gestos, sonidos y, sobre todo, qué sintieron esa primera vez que hicieron contacto visual con su bebé.  

Empezaba la primavera en Mendoza, justo un año después de iniciada la década de los setenta. Sobre la mesa de luz había una radio en la que sonaban en orden, una por una, las canciones de “Sticky Fingers” de Los Rolling Stones. Ella escuchaba a esa banda británica desde la cama, mientras leía a Federico García Lorca; estaba completamente absorbida por el destino de las mujeres de “La Casa de Bernarda Alba”. Hacía reposo por indicación médica para cuidar a su primer bebé. Todavía faltaban ocho semanas para conocerlo y saber su sexo y había que darle tiempo para que creciera un poco más.

Hasta el día anterior caminaba por las calles de Chacras de Coria, en las inmediaciones de la vieja casona familiar, donde vivía con su marido y una jovencísima perra boxer que recibieron de regalo poco tiempo después de casarse. A cada paso que daba sentía el aroma en el que conviven y se mezclan los perfumes de enredaderas y árboles recién brotados con el aire tibio del mediodía, ese que invita a usar remeras de mangas cortas. Estaba feliz y despreocupada, buscaba unas flores blancas que quería acomodar en el comedor y pensaba cómo se arreglaría su pelo rubio y lacio al día siguiente. Es que se casaba una de sus hermanas -la que le seguía en edad- y ella era testigo del civil. Pero esa noche su cuerpo le hizo saber indudablemente que tenía que permanecer casi inmóvil en la cama si quería llevar a término ese embarazo.

En ese primer día de la primavera, en el mismo cuarto donde ella leía y se concentraba en sostener el reposo, él se preparaba para ir al Registro Civil, al casamiento de uno de sus primos más cercanos con la hermana de su mujer: tendría que ir solo. Estaba muy preocupado y no quería dejarla sola, pero no quería demostrarlo. Su misión era mantenerse tranquilo y acompañar a su pareja por más de diez años hasta el nacimiento de ese primer hijo que esperaban. No lo sabía todavía, pero debería enfrentar mucha tensión y angustia muy pocos días después y tendría que depositar toda su confianza en la medicina y la tecnología disponible en 1971.

Era la mañana del martes 21 de septiembre y estaba a punto de casarse con su novio, un joven médico que con los años construiría una larga y prestigiosa carrera en el diagnóstico por imágenes en Mendoza. La ropa que había seleccionado para ese día ya estaba preparada sobre su cama y mientras se maquillaba recordaba la ilusión de los alumnos de su jardín de infantes por ver a su señorita vestida de novia. Eso estaba previsto que ocurriera unos días más adelante en esa semana. Estaba naturalmente contenta, y un poco nerviosa; no tanto porque daría el sí ante la ley para consolidar su pareja, sino porque una de sus hermanas estaba en cama por una complicación de su embarazo. Había algo de inquietud por la llegada de ese primer bebé a la familia: parecía que quería nacer demasiados días antes de la fecha correspondiente.

Durante la sobremesa del almuerzo que siguió al casamiento, llegó la noticia de que definitivamente algo no marchaba del todo bien con ese embarazo, y que sería necesario internar a la futura madre y su bebé en el Hospital Español de Mendoza. Él lo pensó durante un segundo, era una reunión en su honor, en lo de una de sus tías, y se acababa de casar, pero era médico y además se trataba de la mujer y el futuro bebé de su primo. Era, además, la hermana de su novia. No dudó y, junto a la otra protagonista del casamiento, abandonaron el almuerzo para llegar cuanto antes al Hospital. Unas horas más tarde, entre los dos, decidirían postergar varios días el casamiento por iglesia. No estaban seguros de si sería un buen momento para celebrar.

Cinco días más tarde estaba muy claro que el nacimiento no se podía retrasar más. A las dos de la mañana el obstetra a cargo del parto supo que ese bebé nacería con varias semanas de anticipación; el desenlace no se podía demorar. Así se lo comunicó al padre, junto con una serie de detalles para nada tranquilizadores que involucraban que una, o las dos vidas, estaban en riesgo.

Era necesario tomar varias decisiones que podían definir el futuro de la madre y del bebé. Y para eso se sumaron al equipo que resolvía los aspectos médicos un pediatra -que dedicaba la totalidad de sus días y de sus noches a mantener con vida a los niños que se empeñaban en llegar al mundo antes de tiempo-, y el primo recién casado. En conjunto definieron que lo mejor sería retrasar unas horas más el parto y trasladarse al Policlínico de Cuyo, donde había una única incubadora -solamente una- con la tecnología necesaria para mantener con vida a un ser humano de esas dimensiones.

Ya eran las tres de la mañana, cinco días después de que empezara la primavera, cuando partió la embarazada en una ambulancia que la trasladó a toda velocidad esas pocas cuadras que separaban al Hospital de la Clínica de la calle Vicente Zapata. Fue el momento de sueros, preparativos, y las acertadas maniobras de un experto en mantener la calma en situaciones tensas, las que lograron que esa bebita naciera ilesa y que, además, su madre conservara su perfecto estado de salud.

A las 4.55 de esa agitadísima madrugada llegué a formar parte de esa gran familia, con un kilo y novecientos cuarenta gramos de peso. De la sala de partos viajé sin escalas a una incubadora que era una maravilla de la tecnología norteamericana de esa época, y que sería mi mundo durante los siguientes treinta y tres largos días.

Para toda esa Tribu que formaba la familia de mi mamá, con sus ocho hermanos, su madre y su padre, mi nacimiento fue una revolución; un acontecimiento de extrema felicidad y angustia, todo junto y a la vez: hubo corridas, llamadas telefónicas en múltiples direcciones y toda una noche sin dormir. Era la primera nieta, hija y sobrina: la primera bebé de una serie de total de veinte primos que nacerían de ahí en adelante, de a uno por año y en algunos años hasta de a tres juntos.  

Para mis padres mi cumpleaños es un recordatorio de aquella primavera en la que se enfrentaron a la peor situación imaginable y vencieron. La conmemoración del triunfo sobre la adversidad y un ejercicio de paciencia y perseverancia: fue más de un mes de no poder tocar a su bebita, de sólo verla a lo lejos -detrás de un vidrio de la neonatología-, y de esperar a que terminara de crecer y fortalecerse. Sé que cuando llega el día ellos recuerdan que ganaron una batalla decisiva, una de las más duras que les tocó vivir, una de las muchas que enfrentaron y pelearon unidos a lo largo de sus cincuenta y un años juntos. 

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