Nació en la Villa 21-24, estudió Bellas Artes y ahora es el director de la escuela a la que iba de niño

Nació en la Villa 21-24, estudió Bellas Artes y ahora es el director de la escuela a la que iba de niño

Desde muy pequeño ayudó en la parroquia de su barrio, estudió Bellas Artes y ahora es el director de secundaria de la escuela.

Bautista Otamendi

Alberto Romero tiene 51 años y es el director del secundario de la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé ubicada en la Villa 21-24, en el barrio porteño de Barracas. Ese fue el lugar donde transcurrió toda su niñez y juventud “ese era el único lugar al que iba cuando llovía y hacía frío, ahí estábamos calentitos y seguros” cuenta Alberto.

A los 25 comenzó a estudiar Bellas Artes, hizo el profesorado y tiempo después volvió a enseñar donde fue feliz, en la parroquia  a la que describe como el patio de su casa, “Uno siempre intenta ayudar y dar lo mejor de sí mismo en lo que hace. En mi caso fue el arte, eso me abrió muchas puertas, e intento desde mi lugar dar una mano, para cuando alguien se frustre estar ahí y que vea que tiene una salida” añade.

-¿Cómo empezó tu vocación por la educación?
-Yo arranqué a estudiar de grande porque como todo adolescente no veía la necesidad de estudiar. Siempre trabajé. Vengo de una familia muy laburadora y de grande me di cuenta la necesidad y lo importante que es el estudio, así que me puse las pilas para terminar el secundario y me recibí en una escuela técnica. Soy técnico en refrigeración y aire acondicionado, pero también estudié Bellas Artes, esa vocación por el arte surgió desde muy chico.

-¿Cómo fue?
-Cuando uno es pobre y vive en la villa, pasa el tiempo de aventura tras aventura, una de ellas era ir a la quema. Ahí encontré un libro y me senté en un cajón de madera a leerlo. Así conocí a Miguel Ángel, Da Vinci y otros artistas por lo que de chico me decía a mi mismo “quiero ser dibujante como ellos”, “quería ser famoso”, y así uno arranca a soñar. Desde ahí comencé a dibujar y a pintar, ahí arrancó esa inclinación por el arte. De grande, a los 25 años, estudié en la escuela Manuel Belgrano de Bellas Artes, queda acá cerca de la Boca. Toda la infancia me gustó el dibujo y la pintura, pero en esa época me decían que era un oficio que no tenía futuro, por eso quedó a un costado y siempre lo tomé como un hobby. Aunque ese hobby para mi era lo máximo. Así que esos momentos personales míos de meditación lo hacía con el dibujo y con la pintura. 

Alberto terminando una de sus esculturas.

-Luego de recibirte de Bellas Artes, ¿Cómo siguió tu carrera?
-Cuando terminé la escuela de arte me di cuenta que uno era libre, que podía hacer y sentir lo que me hacía feliz. Ahora soy profesor, también trabajé en una escuela de oficio, en un taller de esculturas. Trabajé 20 años  en una empresa de plástico, el último año terminó porque no estaba de acuerdo con la forma del trabajo, y comencé a hacer un curso en la escuela de oficio. Ahí me hice amigo de un compañero que era un profesor de escultura. Él aprendió el oficio en Italia, y vio que tenía cualidades, me enseñó, me acoplé a un equipo de trabajo donde hacíamos de restauración como de escultura en mármol. Hemos realizado trabajos importantes como un busto para la Casa Rosada, otro en el Nacional Buenos Aires. En ese momento me di cuenta que lo que toda la vida me apasiona era un trabajo, no un hobby. Entonces por esa decisión seguí estudiando e hice el nivel del profesorado. Eso me permitió viajar a Italia. Fui muy privilegiado porque seguí lo que me latía el corazón, dejé una empresa e hice lo que tanto me hacía feliz. Como te comenté, hice la carrera de profesorado de Bellas Artes y al terminar comencé a dar clases en la escuela hasta que el año pasado antes de la pandemia terminé como director del secundario.

-¿Cuál fue el camino para que llegaras a dar clases en la escuela de la parroquia?
-En el secundario cuando yo estudié siempre participé de las colaboraciones de la parroquia. De día trabajaba y de noche estudiaba, y los fines de semana era coordinador de los grupos juveniles y me cruzaba siempre con los sacerdotes. Entonces ahí me di cuenta que todo lo que estudiaba aportaba algo a las actividades de la parroquia y me gustaba. La escuela secundaria abrió hace poco, entonces cuando hubo horarios comencé con pocas horas. Primero se abrió un secundario para adolescentes turno tarde que abandonaron el secundario. hace 6 años se abrió en la mañana para que salieran de la primaria y pudieran ingresar a la mañana. Como rector estoy desde el año pasado, tuve un lindo bautismo comenzando en la pandemia (se ríe).

En esta foto se lo ve a Alberto en una misa junto a Jorge Bergoglio, en el año 2010.

-¿Cómo se dio la virtualidad este año?
- El problema real, más allá de la educación, es el de la sociedad. Por suerte este año la educación virtual se puedo avanzar, pero todo el año pasado no, y ese fue el grave error. Algunos profesores como yo somos de la zona, somos de la misma villa pero vivimos en distintos lugares. Lo que hacemos es ir casa por casa para consultar y llevarle a los chicos cuadernos o alguna fotocopia para ellos. Eso lo hicimos todo el 2020 porque los chicos no podían cursar, ni tenían los recursos para hacerlo virtualmente. También lo que hacíamos era quedarnos en la puerta de la escuela con todas las medidas de precaución y les entregamos los trabajos, tareas y fotocopias para que estudien en sus casas. Los convocamos dos veces por semana para que los chicos vayan trabajando desde sus hogares, esa fue la forma que encontramos para que no abandonen la escuela por completo.

-¿Fue complicado, no?
-Ese tiempo fue muy difícil, sobre el fin del año pasado le fuimos pidiendo, junto a los sacerdotes, algunas donaciones a la gente porque teníamos familias con cuatro o cinco hermanos con un solo celular. Entonces la estudiar virtualmente se hacía imposible, imaginate que la educación de cuatro chicos dependa de un solo celular, ellos no podían hacer los trabajos que les dábamos. Sin contar que se podían quedar sin datos móviles. Mientras tanto, junto con el director de estudio del turno tarde, y los profesores de informática creamos un campus donde los alumnos podían subir o bajar los trabajos por medio de WhatsApp. En ese sitio que se creó, al que llamamos el campus, los alumnos y docentes trabajaban allí. Por suerte se logró hacer un acuerdo con Movistar y Personal para que los celulares de los alumnos tengan una carga mínima y no le consumiera datos hacer los trabajos prácticos. Este año fue donde más lo utilizamos.

-Este año volvieron a la presencialidad, ¿Cómo fue ese proceso?
-Sí, los chicos ya lo pedían. Más allá de la educación, adentro se trabaja como un lugar de contención social para los chicos. Muchos de ellos están más seguros acá que en la calle o pasillos del barrio. Por lo que los contenemos, los acompañamos, y los escuchamos. Hasta un simple mate cocido por la mañana logra que se sientan bien.

Este cuadro es un regalo que le hizo Alberto al Padre Pepe.

-¿Pasan muchos chicos de la escuela primaria a la secundaria?
-Los chicos vienen bastante porque la escuela está dentro de la villa, y también porque las escuelas públicas que están  alrededor no aceptan a los chicos cuando repiten, por eso vienen para acá. Los jóvenes por los problemas personales, a veces no son comprendidos y son dejados de lado. Nosotros acá los acompañamos, buscamos la manera de comprenderlos e intentamos sumarlos a alguna actividad de la parroquia para que vengan los fines de semana. Más que nada para que estén más ocupados. 

-Luego del secundario, ¿Qué suelen hacer?
-Este recién es el segundo año que terminan el secundario los de turno mañana, así que es bastante nuevo. Entonces tenemos un acompañamiento más seguido o personal porque los vemos siempre. A los del turno tarde, por ser más grandes, nos vienen a visitar cuando salen de la facultad, del laburo, o con su familia. Ellos están en otro proceso. Nos cruzamos por el barrio y charlamos, les preguntamos cómo están y todo. Siempre es muy lindo verlos. Muchas veces voy al almacén y me cruzo con algún alumno que egresó y están con los hijos y la familia.

Alberto junto al gran escutor Antonio Pujía, que hizo el seminario con él.


“La parroquia es el corazón de la villa, dónde está llena de vida. Los chicos están jugando, teniendo clase, las madres están rezando. Tiene muchas funciones. Y eso hace que lo que uno pueda brindar por el barrio no lo duda” cuenta Alberto.

-¿Tienen alguna estrategia de revinculación con los alumnos que abandonaron el colegio?
-Sí, los buscamos a la casa, hablamos con ellos e intentamos darles siempre una mano. Tenemos algo bien claro, y es que vamos a combatir a las drogas y al alcohol con la educación. Es un camino largo, sí lo sé, es lento pero positivo. Lo que aprendí es que uno tiene que ser constante con lo que uno ama y conoce. Estoy completamente agradecido de trabajar de lo que me gusta. Yo soy muy religioso y sé que el día de mañana, si voy al cielo me van a preguntar si utilicé bien el don que me dieron o no. Yo sé que trato de hacerlo siempre de la mejor manera, y contagiar a los demás.

Parroquia Virgen de Caacupé.

La imagen que cambio el barrio

"Los chicos tienen a la droga y el alcohol muy cerca de ellos. Y los errores suelen pagarse muy caros acá. Por eso la escuela es la mejor contención tanto para los padres como para los chicos", dice Alberto Romero y sigue: "Lo que nos deja cada día más felices es que hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos, y nos genera una satisfacción enorme porque aportamos algo lindo. Cuando llegamos a nuestras casas, no nos volvemos más millonarios, nos volvemos más alegres, en el futuro veremos el fruto de los chicos".

Fiesta de la Virgen de Caacupé.

Cree que en eso la Iglesia tuvo mucho que ver. "Para que tengas una idea, hace un par de semanas fue la fiesta del aniversario de la llegada de la Virgen de Caacupé hace 24 años. Donde en ese momento el barrio vivía una situación horrible, sumamente violenta. Distintos sectores de la villa se mataban por el territorio y el Padre de aquel momento la trajo, porque es una comunidad paraguaya. Cuando empezó a recorrer la imagen por toda la villa, se empezaron a romper esas barreras, que eran a causa de la violencia, la gente empezó a  circular por todos lados y la gente empezó a sentirse mejor, la parroquia empezó a crecer y desde ahí hace 24 años que viene siempre", concluye.

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