Memoria y lenguaje, indicadores clave en la enfermedad de Alzheimer

Memoria y lenguaje, indicadores clave en la enfermedad de Alzheimer

En el curso de la enfermedad de Alzheimer pueden aparecer distintos síntomas cognitivos de manera progresiva. Éstos afectan el estado de salud del adulto mayor y son la principal causa de la pérdida de autonomía y, por consiguiente, de la mayor dependencia con respecto a los familiares o cuidadores.

Milagros Ferreyra y Martín Gabriel Jozami Nassif

Entre los primeros indicadores de los síntomas cognitivos se encuentran las alteraciones en la memoria y en el lenguaje. Los problemas de memoria se caracterizan por la presencia de olvidos frecuentes, pérdida de objetos o colocación de los mismos en lugares inadecuados, repetición de preguntas e historias, esto se debe a que la primera región cerebral que se encuentra afectada con la enfermedad es el hipocampo, encargado de elaborar y almacenar nueva información.

La enfermedad de Alzheimer interfiere principalmente con la memoria de fijación y episódica, es decir, la capacidad de retener estímulos inmediatos y aprender nueva información, aunque la persona sí es capaz de recordar hechos más antiguos. También se observa un declive de la memoria de trabajo, que se encarga de almacenar y procesar estímulos provenientes de diversos medios de forma simultánea, en este sentido, la persona puede tener dificultades para seguir una conversación o la trama de una película o libro.

Estos olvidos generan gran estrés y frustración en los pacientes que son conscientes de los mismos, de manera que intentan ocultarlos o utilizar recursos compensatorios, como tomar notas. Si bien durante las primeras fases de la enfermedad, estos problemas de memoria pueden pasar desapercibidos para la propia persona que los padece, así como para sus familiares y amigos cercanos, pronto comienzan a interferir en la vida cotidiana, limitando la funcionalidad y la posibilidad de realizar las actividades diarias de forma independiente.

En etapas más avanzadas, se observan alteraciones en otros tipos de memoria que dependen de funciones más complejas, como la memoria semántica, encargada de procesar la información relacionada con palabras y conceptos. La persona que padece la enfermedad de Alzheimer tiene dificultades para definir o denominar objetos, asociar imágenes con palabras y responder a preguntas.

Además, las alteraciones de la memoria repercuten en la capacidad de orientación del adulto mayor, dificultando la ubicación en tiempo y espacio, en relación a sí mismo y al entorno. Esto se debe a que, para poder orientarse, la persona necesita procesar y retener información nueva que le permita adaptarse a los distintos contextos.  

Las alteraciones en la función viso-espacial se manifiestan a través de la confusión y desorientación en entornos familiares y la dificultad para aprender un camino nuevo, lo que puede hacer que el paciente se pierda y no encuentre el camino a casa, por lo que necesita salir acompañado. Además, también presenta dificultades para procesar la información visual del entorno, por lo que tiene limitaciones para calcular las distancias, reconocer y localizar objetos o incluso su propio cuerpo en el espacio, aumentando la posibilidad de caídas, golpes y accidentes. 

En la enfermedad de Alzheimer, la concepción del propio cuerpo, sus partes y posiciones se encuentra alterada. La persona tiene dificultades para moverse en el espacio, localizarse con respecto a las demás personas y a los objetos, y comprender los conceptos de izquierda-derecha, adelante-atrás y arriba-abajo.

 La capacidad de atención va disminuyendo a medida que progresa la enfermedad. Las personas con la enfermedad de Alzheimer padecen aprosexia, es decir, incapacidad para fijar la atención. Debido a esto, se distraen fácilmente ante estímulos provenientes de diversos medios, tienen dificultades para realizar tareas simultáneas o que requieran concentración durante tiempos prolongados.

Al igual que la memoria, el lenguaje es otra de las funciones que se encuentra afectada desde las primeras fases de la enfermedad, constituyendo uno de los primeros indicadores de la misma. Estas alteraciones se observan tanto en el lenguaje escrito como en el hablado y se manifiestan a través de una pobreza en la expresión, dificultades para encontrar las palabras adecuadas, sustitución de palabras por otras incorrectas o invención de palabras ya que la persona tiene problemas para recordar los nombres de los objetos o personas, pausas frecuentes en las oraciones, disminución del número de palabras empleadas para comunicarse. 

Al inicio de la enfermedad, la persona es capaz de comprender el lenguaje oral pero presenta alteraciones en la fluidez semántica, mientras que en las fases finales aumenta la anomia, aparece un mayor uso de parafasias, neologismos, ecolalias, muletillas, así como otras alteraciones de la comprensión, que ocasiona limitaciones para obedecer órdenes sencillas o recordar el propio nombre.

Los pacientes con Alzheimer también manifiestan un deterioro en la capacidad de razonamiento, juicio, abstracción y resolución de problemas, que lleva a que la persona tenga dificultades para tomar decisiones, identificar situaciones de riesgo, planificar, llevar a cabo tareas sencillas, hacer razonamientos lógicos o comprender el sentido figurado o irónico de una oración.

El cálculo también se encuentra afectado limitando la capacidad para resolver problemas complejos y realizar operaciones aritméticas simples, ya que los números pierden su valor simbólico.

A medida que progresa la enfermedad, también aparece la agnosia, es decir, la dificultad para reconocer o asociar lo que se percibe a través de los sentidos con su significado, sin que exista una afección física en la capacidad perceptiva. De esta manera, se produce una interferencia en la conexión entre lo que la persona percibe y la información almacenada en el cerebro, lo que limita la comprensión del entorno.

En esta misma línea, otro síntoma cognitivo común en el curso de la enfermedad de Alzheimer lo constituyen las apraxias, es decir, la dificultad para ejecutar correctamente, en cuanto a su precisión y secuencia, actos motores voluntarios, como comer, bañarse, vestirse o utilizar los cubiertos, sin que existan limitaciones en la movilidad física.

 

*Milagros Ferreyra y Martín Gabriel Jozami Nassif son miembros del equipo de Terapia Neurocognitiva

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