¿Fobia o ataque de pánico? Angustia

¿Fobia o ataque de pánico? Angustia

Del dios griego Pan, que significa todo, surge el nombre de pánico. Es evidente que un Para-Todos funciona mal y que efectivamente debemos cuestionarnos en el discernimiento del caso por caso porque de lo contrario existe la asociación entre ataque de pánico y medicación.

Carlos Gustavo Motta

Una vacilación que no cesa. Labios que tiemblan. Discurso quebrado. Así son los síntomas inespecíficos de A. Estremecimientos que aparecen súbitamente y su propio decir fracturado por un no saber que le ocurre, no a todas sus horas, sino por momentos que parecen coincidir con nada.

Una respiración entrecortada, una transpiración fría que recorre todo su cuerpo, desvanecimientos anunciados en pleno trabajo. Otros síntomas, en este caso de M. que tienen como consecuencia, un pánico incontrolable. El mismo de R. quien, sin saber por qué, siente sus manos a la temperatura del mármol y su mirada se dirige a las ventanas de la casa aguardando que lo peor ocurra.

El trabajo ansiado. La entrevista esperada para un gastronómico en donde se le jugaba la oportunidad de ingresar a una importante cadena hotelera. Sólo pudo contemplar el ingreso del hotel internacional sentado desde el banco de una plaza, temblando de frío en pleno verano de Buenos Aires. Todos diagnosticados con ataque de pánico.

Así llegan al dispositivo analítico. Sujetos con una angustia desbordante. Sin amarras y absolutamente sin límites. Sus signos parecen suficientes para hablar de generalidades. Es inevitable al hablar de fobias, recordar el caso clínico estudiado por Sigmund Freud, el de Herbert Graf, más conocido como el pequeño Hans.

En un reportaje que el editor Francis Rizzo publicó, Herbert (ya adulto) pasó revista a su vida personal y respondió brevemente sobre el famoso historial freudiano: una cura por correspondencia y un único control personal del propio Freud. Fueron sólo cinco meses. Este niño de 6 años de edad tenía miedo a ser mordido por los caballos reorganizando todo su mundo en función de ese temor (hablamos de una ciudad como Viena y sus carruajes a principios del siglo XX). Así la fobia se presenta de modo enigmático planteando una pregunta que nada ni nadie responde y por eso mismo, se repite indefinidamente. El sujeto quien la padece se oculta en el síntoma.

Fobia no es ataque de pánico

La fobia posee un objeto preciso: en el caso de Hans, los caballos existen, están ahí, muy presentes. En el pánico se hace mención de un sujeto que se queda sin recursos; frente a su propia vulnerabilidad. Abatido frente a la propia imprecisión de su malestar. Lógica de un Todo que alimenta a un otro inamovible, asegurando de esta manera que el Otro esté más presente que
nunca.

Es claro que hay quienes privilegian los llamados tratamientos terapeúticos alternativos, rápidos y breves en sí mismos. Los terapeutas intervienen ofertándole al sujeto un lifting del síntoma expresión que utilizo recordando un ensayo clásico de Gilles Lipovetsky La era del vacío. El autor hacía referencia a un lifting semántico conforme a lo que él entendía en la sociedad posmoderna como proceso de personalización global.

Desde esa referencia puedo situar lo instantáneo, lo fugaz como paradigma que se plasma en lo alocado en un proyecto individual, en el cual incluyo la indiferencia, el hedonismo, la personalización, excluyendo cualquier circunstancia que lo conmueva.

Destaco el individualismo creciente del sujeto, casi generalizado, atento a los síntomas sociales que se presentan como señal intermitente, ubicándolo inmediatamente en el malestar.

El psicoanálisis en la época actual se encuentra en un momento de mutación, por consiguiente, si la angustia es el síntoma tipo de todo acontecimiento de la realidad, el analista tiene la misión de hacerle frente con un saber-hacer. El cruce moderno-posmoderno determina a un sujeto que prefiere alienarse a la desarmonía reinante sin generar espacio de reflexión alguna. Con el desarrollo de los objetos que la ciencia oferta cada día, paradojalmente continúa sin progresar. Solo el impacto que causan los síntomas sociales en el sujeto le recuerdan que le queda un poco de humanidad aún y también de malestar en la cultura. Para Freud el hombre se inclina a una patética búsqueda de la felicidad y sólo logra fracasar, encontrando odio a su paso y una exacerbada hostilidad.

En relación a este punto, la filósofa eslovena Renata Salecl sitúa la angustia en tres épocas diferentes:

  1. La primera época de la angustia está situada después de la Primera Guerra Mundial, cuando el uso de las armas de destrucción fueron el resultado de la Segunda Revolución Industrial.
  2. La segunda época de la angustia está causada por las experiencias ominosas de la Shoah y la bomba de Hiroshima.
  3. La tercera época de la angustia coincide con las formas de violencia más brutales y generalizadas como los ataques terroristas y la amenaza del uso de virus mortales como armas bacteriológicas.

Esta fenomenología en el ámbito social que describe la filósofa eslovena resulta una clasificación singular sobre el acontecimiento social que alimenta en cada registro temporal e individual el sentimiento de inquietud, de sobresalto, de incertidumbre que la angustia señala y es lo que no engaña.

Angustias del siglo XXI

Renata Salecl también hacer referencia a la descripción de las angustias actuales que no coinciden directamente con las enfermedades, las catástrofes naturales o las crisis económicas, sino por argumentos donde se manifiesta que no hay suficiente amor o dinero; el miedo al rechazo; que las cosas buenas no pueden durar demasiado; que la vida no tiene importancia sino se crea un legado. Agrega que estas descripciones resultan los principales motivos para que los libros de autoayuda o la presencia indiscriminada de “coaching estratégico” se hagan cargo rápidamente lo que nosotros los psicoanalistas nos lleva un tiempo considerable tratar.

La angustia crea un estado subjetivo que parte de su paralización por sacudir la fantasía y que causa un sobresalto donde emerge el acontecimiento traumático. La industria farmacéutica avala la respuesta afirmativa que provee drogas para la ansiedad y la angustia, creando nuevas fórmulas donde el simulacro de la felicidad incentiva su uso.

El consumo de ansiolíticos generalizados crece en sí misma multiplicando innumerables fuentes de ansiedad desde querer saber por el futuro que nos toca, por el trabajo, por tener mayor cantidad de citas a través de redes sociales o por tener mayor seguidores en Instagram. La industria farmacéutica saca ventaja así, para favorecer drogas que evitan el análisis y promoviendo
consumidores que van en busca de la felicidad, del tiempo perdido que siempre finalmente se hace presente.

Pero la industria farmacéutica no resulta la única responsable de esta situación. Otras terapéuticas que siguen a esa famosa mala palabra que Lacan pronunció como contratransferencia insisten con que el psicoanálisis es viejo, vintage, largo y costoso. Los mismos argumentos que Freud enfrentó desde hace más de 120 años. Y los mismos que aún lo perpetúan.

No hablo entonces, de mantener a la Humanidad angustiada sino de regular la angustia a partir de la rectificación subjetiva que propone el psicoanálisis y sí estoy de acuerdo que debe adecuarse a los desafíos que la época propone: si uno se siente incómodo con algo eso se puede cambiar. Se convive con esa incomodidad anunciada por Freud en El malestar en la
cultura con su axioma “no nos sentimos cómodos en la civilización del presente”. ¿Cuándo es presente si no es siempre?
También es la época que el Psicoanálisis debe hablar con mayor claridad. Saber-hacer con la incomodidad, saber-hacer con ese algo parece que es el modo posible de hacerle frente a lo que angustia. El recurso individual, el proceso singular, es la solución que aún hoy propone el Psicoanálisis como terapéutica.

Para concluir, lo real de la angustia del siglo XXI es un real separado de la naturaleza sin que haya ley alguna que pueda predecir su irrupción. Con una temporalidad imperceptible e irrepresentable hoy se marca con el tiempo de una enfermedad generada por el COVID contagiándose en silencio y en ausencia de cualquier síntoma médico observable o alguno de modo ubicuo que alcanza a la experiencia del aislamiento, de un Para-Todos que intenta evitar la extensión casi del virus y el pánico por evitar el desbordamiento del sistema sanitario. Lo real de tener un cuerpo que habla desde la Otra Cosa. Lo real de la soledad tanto si se está solo o en compañía.

En el marco de esos silencios podrán focalizarse los impasses del sujeto, las versiones de ese uno por uno en la historia de su caso. Fecundidad posible de nuestra orientación donde el debate de alguno de estos temas se torna imprescindible.

*Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?