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Una historia de terror: la araña, el héroe y reacciones inesperadas

Hay seres y objetos que asustan. Tanto que generan reacciones irracionales. Pero por suerte hay "héroes" conocidos que están para lograr un rescate oportuno. O, mejor dicho, para ponerle racionalidad a miedos descomunales. Una historia de terror.
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Por Martina Funes [email protected]

Tal vez deba empezar aclarando el miedo profundo que les tengo desde siempre a las arañas y a las víboras. No, no tuve ninguna mala experiencia en la niñez y no lo puedo asociar a nada racional ni concreto, pero me provocan una sensación de indefensión que creo que no sentiría cara a cara frente a una leona hambrienta en una pradera sudafricana.

Era una tardecita en la que el invierno se despedía sin mucha convicción y los muebles de mi casa de recién casada todavía no estaban del todo acomodados. Había estantes en el piso, varios libros en cajas sin ordenar, cuadros apilados que tenían que vestir algunas paredes y regalos que había que cambiar esperando en una torre desprolija. A la vez una lista con nombres y direcciones dormía sobre un aparador a la espera de que yo terminara de una vez de escribir y ensobrar las tarjetas de agradecimiento. En lugar de esa tarea -necesaria pero aburrida- preferí acurrucarme a leer en un recién estrenado sillón de dos cuerpos color maíz que ubicamos al lado de la única estufa que tenía nuestro duplex.

Cada vez se hacía más oscuro cuando decidí prender una lámpara de pie que todavía conservo y continué sumergida en los avatares de alguna heroína latinoamericana que buscaba su lugar en un mundo hecho para los varones. En aquel tiempo leía sin anteojos y tenía una concentración a prueba de celulares. Mi codo izquierdo se apoyaba suavemente sobre el reposabrazos del asiento y yo cambiaba de página sin pensar en que se hacía la hora de comer y todavía ni se me había ocurrido un menú aceptable. De reojo me pareció percibir un movimiento cerca de mi antebrazo, pero seguí leyendo. Cualquier historia bien relatada siempre ejerce sobre mí un poder hipnótico; sin embargo, una sensación indescriptible mezclada con chucho de frío me hizo detener la lectura y levantar la vista del libro.

La lectura abstrae del mundo y algunas veces puede jugar una mala pasada. 

Giré unos centímetros la cabeza y la vi. Tenía unas patas peludas, rellenitas y bastante largas -como de siete centímetros-; su cuerpo era gordo, también estaba lleno de una especie de pelaje gris perla y juraría que en el frente de su cara vi unas especies de colmillos afilados -pero seguramente no-. Casi no hizo falta que moviera ni un milímetro alguno de sus cuatro pares de patas peludas para que el terror me ocupara por completo. Pensé que no iba a ser capaz de moverme, como en las pesadillas cuando quiero salir corriendo o gritar y no puedo, pero sí, pude.

Grité y salté, fuertísimo, y todo a la vez. No sé de dónde salió ese alarido agudo pero no fue sólo de mi garganta, ni la potencia que me impulsó a saltar en la dirección contraria para alejarme lo más posible de ella. Seguramente fue mi instinto de supervivencia que me proporcionó un efectivo chorro de adrenalina.

Lo verdaderamente sorprendente fue que mientras yo chillaba y huía sucedió lo impensable. En lugar de actuar como yo esperaba; es decir, arrojarse sobre mí para envenenarme, cubrirme de esa seda con la que tejen sus telas para inmovilizarme y devorarme, a ella le pasó más o menos lo mismo que a mí: mi grito la asustó, saltó lo más lejos que pudo en sentido opuesto a donde estaba yo y llegó a otro sillón, que estaba como a medio metro del que yo ocupaba.

Dos segundos después llegó mi flamante marido al rescate, blanco como un papel, convencido de que algo gravísimo me pasaba, que tal vez mi vida corría peligro. Mi príncipe azul acompañó suavemente a la araña hacia el jardín mientras me sugería con amabilidad que tratara de gritar más despacio cuando mi vida no corriese peligro.

Rutinas

Unos meses después, ya en pleno verano mendocino, descubrimos que nuestra casa era muy calurosa y que el aire fresco de la mañana no circulaba bien por nuestra habitación. Nos sugirieron abrir una ventanita flaca  y rectangular frente a la que ya tenía nuestro cuarto. En menos de dos días estrenamos una abertura que quedó muy linda; estaba bajita, a la altura de la cama, a menos de un metro del lado en el que dormía él.

Nuestros días laborales seguían una rutina nueva para nuestra reciente convivencia que ya estaba bastante aceitada. Sonaba el despertador temprano a la mañana y él se levantaba primero, para darse una ducha, mientras yo dormitaba unos diez minutitos más antes de desayunar juntos.

Un gato, tierno, pero "peligroso" para las distraídas. 

Uno de esos amaneceres oí el despertador que sonó, se apagó, y justo a continuación sentí que su peso abandonaba la cama y sacudía con suavidad el colchón de mi lado. Dos segundos después el ruido de la ducha en el baño. A los pocos minutos la sábana que todavía me cubría se movió delicadamente del lado de él y, sin abrir los ojos, pensé que se había arrepentido y que volvía a remolonear un ratito o a buscar algo olvidado. Fue ahí que espié con un solo ojo y lo vi. A unos tres centímetros de mi cara, había un gato insolente y confianzudo. Una vez más me invadieron el terror y el alarido incontenible desde el fondo de la garganta. Una vez más el gato se asustó más que yo con mi grito y salió disparado por la ventana flaca y larga; una vez más llegó el príncipe al rescate. Empapado, con el corazón en 5 mil pulsaciones y cara de: -esto no puede seguir pasando.

A partir de ese momento, y ante el riesgo de quedar viuda por infarto masivo antes de los 30, empecé a controlar mis reacciones ante el miedo y limité la intensidad de mis expresiones.