La Iglesia no fabrica pobres o la falsa dicotomía entre Dios y el dinero

La Iglesia no fabrica pobres o la falsa dicotomía entre Dios y el dinero

¿Es la Iglesia una "fábrica de pobres"? El autor responde a la acusación que se le hace a la Iglesia Católica y esboza una respuesta a esta dicotomía.

Lic. Juan Francisco Reinoso

Hace pocos día leí un artículo de un diario digital en el que Eduardo Marty acusaba a la Iglesia Católica de ser una fábrica de pobres en América Latina. En este artículo, se citaba una serie de textos evangélicos sobre la pobreza como fundamento de esta acusación y el argumento, en pocas palabras, era el siguiente (copio textualmente): “La pobreza está en el centro del Evangelio. Si se elogia al pobre, ¿es de extrañar que en estas tierras abunden favelas y villas miseria?”.

En primer lugar, encuentro curioso que el autor confíe tanto en el poder de una institución que supuestamente, logra que la gente no ahorre y no quiera tener dinero, verdaderamente su fe en la Iglesia es más grande que la mía. Pienso, por el contrario, que si los católicos fuéramos mucho más fieles a las enseñanzas morales de la Iglesia la economía argentina andaría muchísimo mejor, habría menos miseria y seríamos un pueblo más próspero y no solamente en términos económicos.

Ahora bien, más allá de estas opiniones sobre una institución, pienso que el autor de esta nota comete serios errores de interpretación de los textos bíblicos que supuestamente apoyan su acusación. Para explicarme mejor utilizaré algunos conceptos de Umberto Eco. Según este reconocido semiólogo, filósofo y escritor italiano, cuando se escribe un texto, como es el caso de los textos del Evangelio citados por Marty, lo que el autor ha deseado transmitir no siempre coincide con la competencia del  destinatario, ya que, como dice Eco “(...) para 'descodificar' un mensaje verbal se necesita, además de la competencia lingüística, una competencia circunstancial diversificada, una capacidad para poner en funcionamiento ciertas presuposiciones, para reprimir idiosincrasias, etcétera”.  En este sentido, pienso que las ciertas presuposiciones de Marty le hacen interpretar de manera deformada el mensaje evangélico.

Si los católicos fuéramos mucho más fieles a las enseñanzas morales de la Iglesia la economía argentina andaría muchísimo mejor"

Cualquier texto -para ser correctamente interpretado- necesita que se lo lea de acuerdo a su contexto, en el caso del Evangelio, la fe cristiana es una parte esencial de su contexto y circunstancias, para poder decodificarlo auténticamente. Sin la fe no se respeta al lector modelo para el que fue escrito y, por lo tanto, tampoco el método propio para una recta interpretación. Esto no significa que personas sin fe no puedan leerlo e incluso sacar provecho de esta lectura, sólo llamo la atención sobre el hecho de que una lectura sin fe corre el riesgo de interpretar erróneamente lo expresado.

Cuando me refiero a la fe católica, me refiero no sólo al hecho subjetivo de “tener fe” sino también al “cuerpo total” de aquellas verdades en las que cree un católico. Si desprendemos este texto de las Sagradas Escrituras del total de la enseñanza cristiana podemos hacerle decir lo que queramos, pero eso no significa que estemos en lo cierto. Como en un concierto, cada texto, cada nota, tiene sentido en el total de la armonía de la Revelación. También es necesario respetar el género literario según el cual fueron escritas, conocer la cultura, el momento histórico y los frutos que produjeron luego en las comunidades creyentes a lo largo de la historia. Si no se respeta todo esto se violenta el texto, se le hace decir lo que no dice y se sacan conclusiones incorrectas y por lo tanto falsas. 

Como hace Marty, quisiera citar algunos textos evangélicos que nos darán algunas claves interpretativas y, a su vez, nos muestran cómo para Jesús el dinero en sí mismo y su administración, lejos de ser considerados como un mal, son utilizados en varias oportunidades para poder compararlos con el Reino de Dios: “Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre” (Mc 7, 14-23). Es decir, que no hay nada que sea objetivamente malo, sino que lo malo proviene del mal uso de las cosas, de las intenciones, no de los elementos. De los cuales el dinero es un más entre otros.

La parábola de los talentos (Mt 25, 14-30), donde Jesús critica a aquel que es perezoso y que no hizo producir los bienes encomendados, no los multiplicó. Sería muy raro que Jesús quisiera comparar el Reino de Dios con la correcta administración y multiplicación del dinero si el mismo Cristo pensara que el dinero y crecimiento económico fueran algo malo.

La parábola de la Perla preciosa (Mt 13, 45-46), donde Jesús compara el Reino de Dios con un comerciante de perlas finas y que al encontrar una de gran valor vende todo para comprarla o aquel hombre que vende todo para comprar un campo en el que previamente descubrió un tesoro ((Mt 13, 44) ¿Puede ser o tiene lógica que Jesús compare los más alto que Él ha venido a
ofrecer y a anunciar con algo que considera malo, aborrecible o negativo?

No se critica al dinero, se critica el egoísmo, el sólo velar por los propios intereses, la avaricia, la falta de justicia social, la usura, el materialismo…

La parábola del Administrador deshonesto (Lc 16, 1-13). Explicando este texto dice el Papa Francisco:”...este administrador no es presentado como un modelo a seguir, sino como un ejemplo de astucia”. Es decir que se critica su corrupción a la vez que se pone de manifestó su astucia administrativa. Se contrapone el criterio del mundo, en sentido peyorativo, como el lugar donde debe ganar el más fuerte, el más egoísta o vivo con el criterio del Evangelio. Dice el Papa: “La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de prepotencia, y constituyen el camino más equivocado (...)” (P. Francisco; Ciudad del Vaticano; Lunes, 19-09-2016, Gaudium Press; Ángelus dominical).

¿Cómo interpretar entonces una de las frases que se cita en el artículo que he mencionado: “No se puede servir a Dios y al Dinero” (Mt 6, 24) (Lc 16, 13)? ¿No es esta una oposición insalvable? Claramente esta frase evangélica logra su propósito al llamar vivamente la atención de sus lectores, para que nos detengamos sorprendidos por este sacudón literario que recibe nuestra inteligencia, nuestro corazón y nuestra billetera. ¿No hubiese sido mejor que Jesús dijera: “no se puede servir a Dios y al diablo”?, eso tendría más sentido a primera vista, sería más coherente ¿no? Sin embargo, Jesús no lo hace. Por lo menos no aquí. ¿Entonces?

Como mencionamos anteriormente, este sacudón es para espabilarnos y hacernos pensar dónde está nuestro corazón, dónde están nuestra energías, si trabajamos y alcanzamos obtener dinero para vivir o si vivimos para trabajar. Claramente no se está refiriendo al objeto dinero ni a la acción de administrarlo, de ganarlo honestamente o de multiplicarlo hábilmente, sino que este texto y otros similares nos ponen en guardia respecto del hecho de que es muy fácil y resbaladiza la pendiente que lleva a vivir para ganar, a sacrificar todo: familia, amigos, salud, etc. por el hecho mismo de tener más, de poseer más. A tenerlo como un dios que nos exige todo.

No se critica al dinero, se critica el egoísmo, el sólo velar por los propios intereses, la avaricia, la falta de justicia social, la usura, el materialismo… Se propone la austeridad como capacidad de ser señor y no esclavo de nuestros bienes, la generosidad, la justicia social, la honestidad, el humanismo, la solidaridad, la búsqueda del bien común.  No se elogia la pobreza por la pobreza misma y mucho menos la miseria. La Iglesia, en su misión de ser transmisora fiel del Evangelio se preocupa por todos, especialmente por los más vulnerables y la pobreza económica es parte de esta vulnerabilidad. Como en una familia, uno se preocupa por los hijos más pequeños o débiles y está atento a que los más grandes o fuertes no se aprovechen, maltraten o sean injustos con ellos. 

Ahora bien, no quiero hacer sólo una crítica negativa de esta nota que he leído, ni pienso que la intención de su autor sea mala. Por el contrario, considero que tal vez le duele ver la pobreza de nuestro país y de América Latina. Tampoco quiero negar que dentro de la misma Iglesia Católica algunos de sus miembros hemos hecho interpretaciones incorrectas, ideologizadas, tendenciosas y parciales del Evangelio, nadie está a salvo: ni los obispos, ni los sacerdotes, ni los religiosos, ni los laicos. Ahí tenemos la historia, en incluso las mismas Sagradas Escrituras para recordarnos de este peligro.

En este sentido, lo positivo es que esta nota nos puede servir para ponernos en sobre aviso sobre la importancia de que los católicos seamos fieles a Cristo. Que sigamos trabajando por desarrollar una economía sana, que sea fuente de producción, de trabajo, de justicia social, de innovación. Que cuando un joven decida su vocación y misión no mire solamente su propio ombligo. sino que sea capaz de encontrar en las necesidades de otros una señal para sus elecciones, para desarrollar su mejor versión.

Que siguiendo los pasos del Cura Brochero hagamos el esfuerzo por conseguir los medios necesarios para que hoy se puedan enriquecer las zonas menos favorecidas. El Sacerdote José Gabriel del Rosario Brochero: “Levantó escuelas y capillas. La famosa Casa de Ejercicios Espirituales, el Colegio de Niñas. En plena sierra, teniendo como terreno piedra dura y escarpada, a pico y pala hizo los primeros caminos para unir las distintas villas y a la ciudad de Córdoba. Construyó puentes y represas, el Dique la Viña es una realidad de su esfuerzo, sembrando alevinos de peces y dando regadío a la tierra para sus cultivos. Y todo lo hacía con la colaboración de sus feligreses a quienes los animaba con sus famosos cuentos  y las oraciones que alimentaban los ecos de los valles. Logró el telégrafo y una sucursal de correo. Sus permanentes reclamos posibilitaron la creación de una sucursal del Banco Nación en Villa Dolores y el tan anhelado ferrocarril” (Dr. Juan José Ramón Laprovitta; diario El Litoral; 16/10/2016).

Que a ejemplo de Enrique Shaw, que dirigía una empresa de 3.000 empleados, tengamos espíritu de emprendedores cristianos, que pongamos nuestra inteligencia y voluntad, nuestros estudios y trabajo al servicio de una producción de calidad y la justa remuneración de los empleados. En fin, que podamos vivir plenamente el Evangelio en todas sus dimensiones, de las  cuales la economía, la producción de bienes y servicios, la generación de recursos y de trabajo digno y el buen uso del dinero es una parte muy importante. Como escribía E. Shaw: “…un empresario con sentido social moderará su espíritu de lucro, reconocerá el valor y la dignidad del trabajo ajeno, tratará al obrero con consideración, y se esforzará para que lleve su trabajo a la elevación económica y moral correspondiente a su dignidad” (Portal Uno).

"El verdadero desarrollo no puede consistir en una mera acumulación de riquezas o en la mayor disponibilidad de los bienes y de los servicios, si esto se obtiene a costa del subdesarrollo de muchos, y sin la debida consideración por la dimensión social, cultural y espiritual del ser humano" (Juan Pablo II; "SOLLICITUDO REI SOCIALIS";  n.9; 1987).

 

*Juan Francisco Reinoso es Rector del Colegio Los Robles Miembro del Comité de Ética del CINME

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