Elogio de la fragilidad

Elogio de la fragilidad

Frente a la existencia heroica de la poderosa civilización científica y tecnológica cabe proponer una vida más modesta y frágil, solícita por todo cuanto existe.

Carlos Alvarez Teijeiro

Carlos Alvarez Teijeiro

Desde Grecia, Homero y Aristóteles al menos, la ética ha estado indisociablemente unida a la idea de virtud, de vir, fuerza. Así, la vida feliz vendría a ser la vida virtuosa, aquella en la que con fuerza y destreza se conquistan los bienes que es necesario atesorar para gozar de una vida buena, bienaventurada. Ulises, de quien Homero dice que es “rico en ardides”, rico en destrezas, es un inmejorable ejemplo al respecto.

Su regreso a Ítaca es esforzado ante las diversas peripecias que pretenden apartarlo del camino: la hechicera Circe, la ninfa Calipso, el cíclope Polifemo, las sirenas, las flores del loto… No hay en la ética clásica virtud sin fuerza ni esfuerzo. La ética homérica es una ética heroica.

Ulises el virtuoso es también, y por eso mismo, Ulises el fuerte. Y su historia con final feliz está asociada íntimamente a esa fortaleza, pues con ella venga a los innumerables pretendientes de su esposa, a los que han devorado sus riquezas y expoliado su casa: el virtuoso es ahora el vengador de las afrentas recibidas en su ausencia. La ética heroica virtuosa es una ética de la potencia, del exceso, de lo desmedido. Ulises no deja rival sin abatir, los aniquila a todos buscando restaurar su honra.

Esta ética heroica, virtuosa, esforzada, omnipotente, más una épica que una ética, resulta quizás no tan fecunda para los tiempos que nos toca vivir. Habitamos años de profundísimas desigualdades de todo tipo para los que puede ser más venturoso proponer (muy modestamente) un elogio de la fragilidad para cuanto existe.

Vivimos una época más bien propensa a las virtudes heroicas, ostentosas, estentóreas, pero –en verdad- la entraña persistente del mundo está construida de pequeñas virtudes, virtudes modestas y silenciosas, discretas, humildes, frágiles. Aunque no lo parezca, y definitivamente no lo parece, de esta sencillez y fragilidad depende el orden del universo.

 La fragilidad es curativa, paliativa ante las desmesuras del héroe. Viene a socorrer al mundo allí por donde ha pasado Ulises con ánimo vengativo y desmedido y lo hace con la forma de la piedad. La fragilidad es piadosa, ésa es su forma de restaurar el orden allí donde se ha perdido: piadosamente, con la pietas de los antiguos.

 Así, la fragilidad posee una ineludible e inestimable dimensión civilizatoria, la de la civilización del cuidado, la presunción confiada y serena de que el universo ha sido puesto a nuestro cargo, bajo nuestra custodia y que somos responsables de él.

La ecología es la mirada de la fragilidad aplicada al mundo natural. Dirigida al mundo humano adquiere la forma de la hospitalidad con respecto a todo cuanto no se sostiene por sí mismo: los niños, los ancianos, los enfermos, los más desfavorecidos. Todos ellos poseen un rostro que nos interpela, diría Lévinas, pregunta que no podemos desatender sino pagando un altísimo precio: nuestra común humanidad.

La fragilidad, el cuidado, la hospitalidad son el verdadero paradigma alternativo a la ética heroica de la poderosa civilización científica y tecnológica, el único que nos permite albergar la secreta esperanza de que lo mejor –pequeño, modesto y frágil- es siempre posible.

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