La soledad suele ser un duro castigo que se soporta en la vejez

La soledad suele ser un duro castigo que se soporta en la vejez

Recientes investigaciones remarcan que el sentimiento de soledad entre las personas mayores puede desencadenar discapacidades físicas y enfermedades mentales. Te contamos más.

Cecilia Ortiz

No sé en qué momento las bocas dejaron de emitir sonidos y su incesante y muda articulación me hizo tomar conciencia del sórdido silencio de la soledad.

Sentirse solo no es lo mismo que estar solo. Ser viejo no es lo mismo que ser joven. Transitamos la era del bochornoso elogio a la juventud. Y, a veces, deliberadamente, ignoramos la dolorosa realidad de ser anciano y, además, sentirse solo, que, repito, no es lo mismo que estar solo.

El sentimiento de soledad, siguiendo a Perlman y Peplau (1981) es una experiencia desagradable, que ocurre cuando la red de relaciones sociales de la persona es deficiente en algún aspecto importante. Es una sensación subjetiva que remite a una vivencia de carencia de afectos y cercanía. Paradójicamente, uno puede estar rodeado de gente y sentirse solo.

Por otro lado, el aislamiento social es objetivo y se define como una reducción o anulación del contacto con otras personas. 

Sabemos que el ser humano es un ser social por definición. Nuestro cerebro se nutre de la interacción con nuestros semejantes y cambia su estructura como resultado. Necesitamos relacionarnos. De hecho, nuestras memorias siempre implican a otro de alguna u otra manera. Nuestra vida se narra a partir de nuestros vínculos.

Los lazos sociales estimulan la secreción de oxitocina (hormona que, entre otras tantas funciones, tiene efectos anti estrés) y estimula la actividad en las redes neuronales de la corteza prefrontal de nuestro cerebro (aquella que nos posibilita tomar decisiones e inhibir conductas socialmente no aceptadas).

Por otro lado, el contexto social estimula las áreas cerebrales vinculadas con la interpretación de las expresiones faciales. Muchas investigaciones apoyan la hipótesis acerca de que la actividad social ralentiza el declive cognitivo.

¿Entonces el aislamiento no sería una buena compañía para la vejez? Uno de los estudios más importantes pretendió examinar la asociación entre soledad y aislamiento social y cognición en adultos mayores. Se llevó a cabo en Inglaterra y durante 10 años (desde 2009 al 2019) realizaron un seguimiento longitudinal de 5885 sujetos mayores de 50 años. Se evaluaron sentimiento de soledad y funciones cognitivas (midiendo memoria, lenguaje y atención). Concluyeron que la soledad se asocia con el empobrecimiento de la función cognitiva, con marcada disminución en memoria y lenguaje.

Otro estudio llevado a cabo en Estados Unidos indicó que la soledad en la vejez conduce a alteraciones emocionales como depresión, ansiedad y trastorno obsesivo compulsivo, por lo que se la considera un factor de riesgo para enfermedades mentales. 

Asimismo, marcan también que el aislamiento social en el adulto mayor acelera el declive cognitivo, constituyéndose en un factor de riesgo para el inicio o avance de enfermedades que conducen a demencia.

Elvira Lara y sus colaboradores en España sostienen que el desarrollo de intervenciones que incluyan participación social y sostén de redes afectivas contribuyen a la prevención del deterioro cognitivo.

El Doctor Enrique Amadasi, sociólogo e investigador, sugiere que la soledad durante la crisis generada por la pandemia ha tenido un impacto negativo en nuestros adultos mayores, porque los distanció de sus seres queridos, porque los enfrentó con pérdidas y porque acrecentó la emoción del miedo.

Me permito agregar que el impacto tampoco ha sido favorable para el funcionamiento cognitivo. Y es que, debemos tener en cuenta que para cuidar nuestro cerebro tenemos que procurarnos cuatro pilares básicos: buena alimentación, actividad física, vínculos sociales y estimulación cognitiva. Justamente, los dos últimos han sido puestos en jaque durante el período de aislamiento.

En Argentina el 39 por ciento de los mayores de 65 años vive en hogares unipersonales, la mayor proporción son mujeres. 

Esto implica que un número significativo de nuestros mayores viven solos, lo que, en algunos casos origina situaciones de vulnerabilidad social, limitando el acceso a ciertos servicios y la integración. Desde ya, no podemos generalizar y, entonces, entendemos que no hay “una vejez”, sino que hay “vejeces” y que muchos adultos transitan su “estar solo” desde otro lugar.

La interacción social, entonces, se convierte en un factor de protección para la salud, teniendo en cuenta que implica un nivel de actividad constante. Además, potencia el involucrarse con grupos sociales, lo que mejora la calidad de vida de nuestros adultos.

La soledad en la vejez cabalga sobre el imaginario cultural que equipara dicha etapa de la vida con improductividad económica, enlentecimiento y decrepitud. El siglo que corre debería ser el siglo de la toma de conciencia etaria. Será nuestro desafío asumirlo, ¿Cómo? con nuestras acciones diarias, acompañando, conteniendo y dando cabida a los ancianos.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga – Mgster en Neurociencias / licceciortizm@gmail.com 

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