Las ruinas de la dragona

Las ruinas de la dragona

Tardes en el club, aventuras, riesgo y amistad. Insectos, torres y una rudimentaria "pesca". Todos tenían coraje, pero la "dragona" fue imposible de alcanzar. Una historia de recuerdos de la infancia en una zona hermosa de Mendoza.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Todavía no habíamos visto Indiana Jones pero los menores de mi Tribu delirábamos por recorrer ruinas y lugares solitarios. En mi infancia fuimos socios de un club que se construyó sobre un terreno y las instalaciones en desuso de la vieja bodega Tomba. En ese enorme predio podíamos pasar siestas y tardes enteras explorando, con una mezcla de entusiasmo -que nos impulsaba a descubrir- y terror -que nos hacía dudar de cada paso-. Sabíamos que las aventuras estaban cerca, esperando por nosotros, y salíamos a desafiar los peligros y a derrotar el aburrimiento.

Los domingos en el Club Unión en la zona de El Bermejo, en Mendoza, eran una cita obligada durante todo el año para los adultos y los pequeños de la Tribu. Era un espacio de infinidad de metros de terreno casi todo forestado, con grandes extensiones de pasto y varios conjuntos de álamos y sauces llorones, cuidadosamente salpicados por diferentes sectores. El lugar se destacaba por su enorme cancha de hockey sobre césped y una pileta semiolímpica. La sensación cuando entrábamos a esas instalaciones era como la de atravesar el ropero de Narnia: cambiaba la estructura del aire, que parecía tener un espesor diferente y una tibieza que acariciaba, -incluso en invierno-; los ojos debían ajustarse al verde que los rodeaba; llegaban aromas únicos relacionados con algunas flores que el encargado del lugar y su familia cuidaban con esmero y pulcritud. 

Los sauces, parte del paisaje típico de la zona. 

El viaje por el Carril Mathus Hoyos que nos guiaba hasta el Club tenía, para mi pequeña familia de cuatro integrantes, ciertas particularidades. Lo recuerdo como una distancia que a mi hermano y a mí se nos hacía eterna. Por un lado éramos pequeños, y sólo queríamos llegar a ese lugar de ensueño, donde lo que menos nos importaba eran los tradicionales juegos para niños. Toboganes y columpios permanecían estáticos esperando por nosotros y jamás les prestábamos atención. Por otro lado ese itinerario en auto estaba signado por el programa de radio favorito de mi padre, que escuchaba a un volumen delirante, desbordante de entusiasmo. Era un recorrido por diferentes temas tradicionales del folklore argentino en Radio Nacional, con un especial énfasis en las tonadas cuyanas. Se llamaba “Por los senderos de la Patria”. Lo único que queríamos con mi hermano era bajar del auto, rápido, bien rápido.

En el verano la pileta nos concentraba a su alrededor, tenía un trampolín de unos cinco metros que nos parecía demencialmente encumbrado y al que muy pocos valientes se atrevían a trepar. El verdadero desafío en ese cubo líquido era permanecer mucho tiempo; es que no habían filtros, bombas o químicos tan efectivos para tratar la pureza del agua, por lo que se vaciaba, limpiaba y rellenaba cada lunes desde un pozo surgente. Sólo los intrépidos eran capaces de tirarse de cabeza y durar en esa masa gélida por más de cinco minutos. Era de esos fríos capaces de encoger la voluntad de los más atrevidos, casi imposible de resistir los martes, cuando el agua estaba más limpia que nunca.

Los domingos durante todo el año el hockey, los asados, las reuniones familiares, el voley recreativo eran actividades frecuentes para la mayoría de los socios del Club. Eran días en los que el humo de la leña -que anticipaba las brasas de los multitudinarios almuerzos- era sinónimo de felicidad para nuestros padres. Los niños permanecíamos indiferentes a la comida o el relax que buscaban los adultos. Nos entusiasmaba saciar nuestra necesidad de diversión y emociones -y tal vez conseguir algún helado de postre-. Del asado nuestro único interés eran las sobras; es que los trocitos de chorizo o carne cocida en la parrilla, nos servían de anzuelo para atrapar cangrejos -integrantes fundamentales de la fauna local junto a sapos, arácnidos, luciérnagas (que intentábamos “guardar” en frascos transparentes para hacer faroles), mosquitos y una multiplicidad asombrosa de insectos variados y multicolores-. Con un rollo de hilo sisal grueso, o el piolín de algodón del envoltorio de las empanadas corríamos a buscar cañas silvestres para fabricar nuestros instrumentos de pesca.

Arañas, temidas y deseadas.

Surcaba uno de los límites del Club un zanjón que era uno de nuestros escenarios de juego favoritos. Tenía ese olor característico de la arcilla húmeda que en algunos días se combinaba con el del agua estancada. En esas orillas plagadas de un musgo altísimamente resbaloso, -ese que es de un verde casi fosforecente-, hacíamos equilibrio sobre alguna piedra para acumular cangrejos en alguna lata vacía de duraznos en almíbar. Sin embargo una de las entretenciones irresistibles consistía en construir puentes con troncos o maderas sueltas para tratar de cruzar el zanjón, ir y venir de un lado al otro. Llegar al extremo contrario se parecía, en nuestra imaginación, a la conquista de un universo lejano donde tal vez podríamos encontrar un pasadizo desconocido a un lugar maravilloso. Nuestras sabias madres, conocedoras de nuestras habilidades de construcción de esas pasarelas, siempre tenían una muda de ropa que indefectiblemente usábamos luego de varios aterrizajes forzosos en el medio del acueducto.

No podían faltar en esas excursiones las vinchas que trenzábamos con ramas de los sauces llorones que flanqueaban el zanjón. Las aventuras sólo empezaban cuando todos estábamos ataviados con esas coronas verde claro de hojas que se nos enredaban en el pelo y nos tapaban un poco los ojos. Además teníamos que tener un palo, que se usaba indistintamente como pala excavadora o bastón. A veces las ramas de los sauces también eran un buen sustituto de lianas para tratar de columpiarnos desde una orilla a la otra, pero ninguno de nosotros era tan habilidoso como Tarzán y frecuentemente se nos cortaba la rama, o no alcanzaba a llegar al otro lado, y de nuevo... splash.

El premio gordo entre las excursiones posibles era la visita a “las ruinas” y a “la torre”: dos lugares donde teníamos prohibido ir, y a los que nos fascinaba y nos aterrorizaba entrar. Le decíamos las ruinas a un escenario donde la naturaleza se fundía con los escombros de las piletas de fermentación de la antigua Bodega de 1820. Estaba todo derruído, abandonado y habían muchos materiales poderosamente atractivos para nosotros: tablas, palos, vegetación silvestre que crecía descontrolada, y todo tipo de tesoros desconocidos que queríamos desenterrar y descubrir. Para ello debíamos sortear clavos, hierros oxidados, y la reacción de los habitantes naturales de esos espacios que estábamos invadiendo: hormigas, arañas y hasta alacranes de todo tipo, tamaño y colores.

La torre, por su parte, era una construcción altísima de ladrillos semidestruídos que en su extremo superior tenía una veleta que indicaba la dirección del viento, pero que en lugar del tradicional gallo, exhibía a una orgullosa dragona con un palo de hockey, el símbolo que identificaba a las feroces y famosas jugadoras que integraban el equipo del Club. Entre nuestros planes siempre estaba llegar arriba. El acceso era por el interior, había que atravesar una entrada semibloqueada a propósito y teníamos que lograrlo sin que nos divisara algún adulto -primera dificultad-. Si lo conseguíamos debíamos superar el miedo a los murciélagos -y vaya a saber cuántas variedades de bichos interesados en la oscura humedad- y además trepar a oscuras hacia la luz. Lo intentamos varias veces, pero nunca lo logramos. Padres, cuidadores, y alimañas hicieron lo suyo para impedir que consiguiéramos nuestro mayor objetivo: llegar hasta custodia del Club, la reina dragona.

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