Miedo, esa emoción que nos paraliza y nos puede llevar al sufrimiento

Miedo, esa emoción que nos paraliza y nos puede llevar al sufrimiento

Todos hemos sentido miedo alguna vez, pero, ¿hay miedos habituales? ¿Compartimos miedos por el solo hecho de ser humanos? Te los revela la neuropsicóloga Cecilia Ortiz.

Cecilia Ortiz

El miedo es una emoción, y, como cualquier emoción, su función es protegernos y garantizar nuestra supervivencia. Se caracteriza por una respuesta fisiológica ante una amenaza real o imaginaria.

El resto de las especies de nuestro planeta responde con miedo ante una amenaza real: un depredador que acecha o un desastre de la naturaleza, desatan respuestas adaptativas propias del miedo: ataque, fuga o parálisis. Pero el estímulo siempre está ahí afuera. 

Nuestro cerebro, el de los seres humanos, tiene la capacidad de desplegar las mismas conductas defensivas ante un estímulo real como no real (o no peligroso objetivamente) así, de hecho, sólo nosotros, los sapiens sapiens, desarrollamos fobias algunas muy llamativas, como, por ejemplo, miedo a ser feliz, o querofobia.

Cuando sentimos miedo se activan conexiones nerviosas en nuestro cerebro. La alteración de la química cerebral que provoca el temor hace que reaccionemos de una u otra forma. Desde ya, las experiencias personales, la cultura y la educación modulan las respuestas de miedo, pero sí se infiere que los temas que generan temores profundos humanos son generalizados.

Pero, ¿existe un leit motiv en los miedos? ¿Existen miedos comunes o habituales en los seres humanos? La respuesta es sí. En esto han venido trabajando diferentes grupos de científicos a lo largo y ancho del planeta, en un intento de sistematizar tratamientos y formas de abordaje. 

Y entonces han sistematizado 5 tipos habituales y compartidos de miedo:

1- Miedo a la soledad: somos seres sociales y, además, vulnerables por naturaleza, entonces, no resulta raro que temamos a quedarnos solos o a ser rechazados. Por eso es que constantemente buscamos afecto en la compañía de alguien. Si bien hay personas que manifiestan ser “felices” estando solas, no podemos negar que necesitamos de otro con quien compartir una charla o un momento. De hecho, el aislamiento impuesto durante el 2020 nos enfrentó a este temor.

2- Miedo a la muerte: podemos racionalizarlo de diferentes formas, pero lo desconocido de la muerte genera temor. Así, para contrarrestarlo, utilizamos creencias, fe o justificaciones que nos ayudan a hacerle frente al hecho de que algún día ya no estaremos pisando más esta tierra.

3- Miedo al dolor y a sufrir: este temor es de tal magnitud que subyace en la base de varias alteraciones psicológicas. Este miedo nos lleva a la evitación como manera de defendernos, y es lo que hace que, por ejemplo, permanezcamos indefinidamente en relaciones tóxicas.

4- Miedo al fracaso: muchas veces este tipo de temor puede paralizarnos. Las expectativas, el cumplimiento de mandatos, hacen que nuestro sistema de logros se active, colocándonos en una postura de “tener (o deber) lograr objetivos sin fallar”. El sólo hecho de pensar en equivocación puede conducir a no generar acción.

5- Miedo a perder: las pérdidas (de personas significativas, de objetos, de proyectos, de lugares de pertenencia) o la posibilidad de pérdida, genera temores muy profundos. Este miedo surge del supuesto de que somos poseedores de aquello que nos hace sentir bien.

El miedo encierra una paradoja: nos enfrenta con el dolor psíquico: nos da miedo lo desconocido porque no sabemos si vamos a ser capaces de hacerle frente al peligro ni de si saldremos indemnes y, por otro lado, es inevitable, es parte de la vida. El tema es cómo logremos posicionarnos frente a ese miedo: si podemos mirarlo de frente, preguntarnos qué podemos aprender y resolverlo o si, por el contrario, nos paramos en el lugar de víctimas y, entonces, nos quedamos enquistados en el sufrimiento. Esto último es una opción y, por lo tanto, una decisión que depende de nuestra responsabilidad.

Entonces, el temor puede convertirse en una barrera que nos impide vivir plenamente, nos ancla a nuestra zona de confort y hasta puede generar conductas de autoboicot. En estos casos, el miedo ya no es una señal de alarma que busca la adaptación, sino una actitud de vida que impide evolucionar.

Lic. Cecilia C. Ortiz /Neuropsicóloga – Mgster en Neurociencias / licceciortizm@gmail.com 

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