El último lugar que ocupamos en nuestra vida

El último lugar que ocupamos en nuestra vida

Somos capaces de hacerle espacio a compromisos que no nos suman y tareas casi a destajo aunque el cuerpo no de más. No estamos en nuestra lista de prioridades, pero, cuando nos regalamos algo de cariño, nos preguntamos por qué no lo habíamos hecho antes.

Diana Chiani

Diana Chiani

Por Diana Chiani, comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional 

“Cuando lo hacés, te das cuenta de que no es tan difícil”, me decía un amigo que había decidido tomarse el día libre porque sí. En realidad no era porque sí sino porque se sentía agotado de mucho tiempo sin descanso y desafíos varios.  

Su decisión había estado alentada por su familia, un encuentro con amigos, las vacaciones de invierno y el hecho casi absurdo de que ese día fuera domingo. Descalzo en el pasto, se daba cuenta de su necesidad de naturaleza y contacto con gente querida. Y tal vez allí cayó en la cuenta de que nada malo pasaba por su día libre. Más bien podían suceder cosas buenas como, por ejemplo, enfrentar el lunes con ojos llenos de sol y perspectivas renovadas.

En un contexto diferente, un familiar me contaba que un fuerte resfrío lo había llevado a la cama durante varios días luego de haber pasado casi dos años sin darle respiro a su rutina de emprendedor o trabajador independiente.

Muchas veces es el cuerpo el que nos avisa que estamos yendo en contra nuestro y al que, en general tarde y luego de ignorar distintas señales, escuchamos porque no hay otra. Una punzadita en el estómago, un cansancio extremo, un mal sabor de boca por algo no dicho o el haber cruzado en rojo por ir pensando en otra cosa.

Sucesos, indicios que o no sabemos significar o pasamos por alto sin más hasta que recibimos una suerte de golpe de algo, alguien o nosotros mismos. Y ahí paramos algo confundidos. No es algo ni matemático ni que podamos controlar. Mucho menos que seamos culpables de acontecimientos difíciles.

Solo me pregunto cuánta atención nos prestamos, cuánto nos validamos cuando percibimos una necesidad o un deseo, cuántas veces nos postergamos o nos pasamos por alto o qué pasa cuando nos tomamos un día descanso simplemente porque no hacerlo implica trabajar en calidad de bulto o perder más tiempo del que en realidad ganamos. 

¿Qué cuento nos contamos para no frenar en todo el día? ¿Cuál para no coincidir en casi ninguna reunión con amigos y terminar postergando aún más los encuentros que hoy pospone la pandemia? ¿Qué nos decimos sobre el propio merecimiento?

¿Cuánto en realidad descansamos mientras nos castigamos por nuestra “improductividad”? No podría contar todas las oportunidades que he frenado sin parar, pensado  que estoy aquí pero debería estar allá o dicho que “esta hora todo esto ya tendría que estar hecho”. Tampoco las veces en que he ido en contra de todo mi ser, al hacer grandes esfuerzos para complacer a otros o estar al día con compromisos ajenos.

Tal vez sea una suerte de deber ser que muchos hemos comprado y que no creo sea solo generacional. Quizas estamos tan desconectados de nosotros que ni siquiera registramos la necesidad de darnos tiempo para procesar y regalarnos un proceso. Corremos tras la ilusión del tiempo que se escapa sin darnos cuenta de que es por ahí por donde verdaderamente filtra la vida.

No es que esos momentos de conexión personal tengan que ver con el egoísmo o que nos saquen fuerza de voluntad, disciplina o decisión para hacer las cosas que queremos o nos proponemos sino de tener la valentía de escucharnos antes, durante o después de que un accidente o un resfrío frena un ritmo que parece imparable. No es hacer un drama sino respetar nuestra necesidad de descanso, tristeza, celebración o despedida aún sin medir o comparar con lo que “se espera” o en teoría hace el de al lado.

Tal vez se trate, simplemente, de empezar a hacernos lugar en nuestra propia existencia, caminar a nuestro ritmo y armar nuestra huella en lugar de dejarnos para el final con el fin extraño de “convertirnos en alguien en esta vida”.

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