Roly López: el vuelo de despedida de mi hermano pájaro

Roly López: el vuelo de despedida de mi hermano pájaro

Entonces, supe por qué habías aceptado mi invitación a pasear: habías decidido despedirte de mí, aun con tus últimas esperanzas de recuperación vigentes. Y me tomaste la mano. Jamás me habías tomado la mano: jamás habías sido tan dulce, tan esmerado y sutil.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

Sacando esto del cáncer, ¡está todo bárbaro!”, Roly López, periodista, escritor y baterista.

Estabas tirado sobre la cama como un traje de torero; tirado como esa piel que mudan las serpientes, como un caníbal voluptuoso que se convirtió al veganismo; tirado como las ruinas de una torre, mi hermano; tirado sobre la cama, como el aro de una gitana que abandonó la ciudad. 

Hace unos días, eras un soldado que no puede volver a casa, esa silla caliente en la que alguien estuvo sentado, el labial en el borde de una copa volcada, al final de la fiesta. Y lo sabías: aprendiste a aceptarlo, a convivir con el dolor y la declinación de la esperanza. 

Esa mañana de este invierno te vestiste despacio, con tu jogging desganado. De algún lugar, sacaste fuerza y ganas de salir a la calle. Te costaba, pero no obstante, saliste del ascensor con algo parecido a tu habitual caminada elegante, a lo Tony Manero, con una botella de Powerade, un gorra negra y tu abanico de pastillas al día. 

Yo te esperaba abajo como un novio ansioso. Aquel muchacho soberbio y esbelto había quedado atrás, ahora sabemos que para siempre. Nos saludamos sin abrazarnos, sin tocarnos siquiera, por impía imposición natural de la pandemia. 

Fue una sorpresa para todos que quisieras salir del departamento, que aceptaras mi invitación a pasear y tomar un poco del aire fresco. Había imaginado yo un almuerzo tranquilo, en algún restorancito de montaña en Potrerillos, tal vez pastas y agua mineral, ante un paisaje hermoso. 

Subiste al auto disimulando que te dolía, pero te dolía; te dolía todo, especialmente el pecho, y, ni bien salimos del Unimev, a las tres cuadras, me dijiste que no ibas a soportarlo. 

Terminamos negociando una vuelta más a mano, por El Challao y sin salir del auto, mientras escuchamos “Regio”, de Los Siete Delfines, a bajo volumen. No había alegría y hubo silencios marcados: yo no sabía qué decir y vos habías dicho casi todo. Atravesamos el Parque General San Martín, mientras mirabas a los deportistas, corriendo o en bici, con una seriedad casi ofensiva: veías, tal vez, una estupidez maravillosa o una maravilla estúpida, de cualquier modo, ajena, impropia, claramente petulante, un desfile exagerado de fútiles vanidades. 

Treinta minutos de andar y dormitaste un poco. Después, abriste los ojos y te encontraste con los cerros y te fijaste en ellos, como quien contempla un espectáculo desmedido y absurdo. Nunca te interesaron los cerros y te cagabas de risa de mí cuando te contaba que había ido a subir alguno: no tenía, para vos, sentido alguno, subir un insulso montículo caminando y, luego, bajarlo. Sin embargo, te quedaste mirándolos y yo te espié con desenfado, te miré mirar, te comí con los ojos y a vos no te importó. 

Te miraba mirar, mi hermano. Y miraba que ya no había mayor esmero en tu mirada y que tu respiración era breve, que habías aceptado este viaje lúgubre al que el destino te llevó, vos me habías hablado de esto en una de mis visitas y también de tu tranquilidad por saberte bien cuidado por los tuyos y porque si morías, ibas a darte el gusto de dejar a tu hija Amparo un hogar donde vivir. 

Pude ver un proceso semejante hace unos años atrás, cuando acompañé a mi padre, también con cáncer, en su camino hacia la muerte, pero mi viejo ya era grande y había vivido lo suyo y vos, te estabas yendo apenas con 54 años, que, aunque frondosos, dejaban mucha tela por delante para reír, escribir, disfrutar, viajar, ver al Tomba y humanidades por el estilo. 

Ya en El Challao, ni siquiera tenías fuerzas ni para abrir la botella de Powerade, porque los pájaros, bueno, no saben abrir botellas. Te la abrí y tomaste un sorbo de pájaro. Nos sacamos un par de fotos: sonreímos y levantaste un pulgar; fue un lindo momento, después de todo, que le robamos a aquel sábado al mediodía. 

Por ahí, entre algunas frases mías pretendidamente optimistas y chotísimas del tipo “¡Qué lindo día nos tocó!”, vos soltaste una de las tuyas: 

- Vivimos muchas cosas juntos, ¿no? 

Vaya, si no. Aunque mi pésima memoria no rescate mayores detalles encantadores, fueron años locos, los nuestros, muy locos. Nos hicimos amigos a principios de los ’90. De pronto, sin más, éramos parte de una caterva descomunal de chimangos desquiciados. Fuimos, sin exigencia alguna, parte de la renovación generacional de aquella romántica bohemia de camaradas de los ’70 y parte de los ‘80, que nos precedió y supo ser poética, política, etílica, tabáquica, orgánica, utópica y folclórica. Nosotros, en cambio, fuimos escépticos, químicos y sintéticos, individualistas, roqueros, cínicos, promiscuos, ególatras, frescos y descreídos. Ante aquellos manifiestos quiméricos para un mundo mejor, nosotros dimos cuenta testimonial de que al mundo le encanta lucir cada vez peor. 

Vos tocabas la batería en Los Salvages Unitarios, el Marmat Padilla cantaba y ardía con su canto, el Gustavo Kazaño tocaba el bajo y el Pancho Navarro, brillaba en su guitarra. Entonces, la banda fue parte de aquello que se llamó “El nuevo rock argentino”, con grupos como Peligrosos Gorriones, Babasónicos, Los Brujos, Juana la Loca, Massacre, 2 Minutos, Caballeros de la Quema y El Otro Yo. Y bandas del interior, siendo los Salvages Unitarios la banda mendocina de aquella movida grosa. En medio de ese todo, nos hicimos amigos de noche, creo que en una de esas noches estranguladas La Bóveda. 

Vivimos cosas descontroladas e inolvidables, tan descontroladas que olvidamos lo inolvidable, pero de algunas me acuerdo. ¿Te acordás cuando fuimos a Córdoba? Ustedes tocaron con Los Brujos y Babasónicos y un par de giles más y, luego del show, todo fue un desastre, con tanto roquerito en plan de viaje de egresados. Yo había ido con La Mujer Más Hermosa (aquella que nos amaba a los dos pero más a vos) en su camioneta. Paramos en un hotel y, al final, estábamos todos tan locos que yo terminé suicidado en la playa de estacionamiento y desperté al amanecer con moscas en las comisuras de los labios y con el volante de la camioneta dibujado en la jeta. Vos te caíste por la escalera del hotel y te partiste la cabeza y La Mujer Más Hermosa te ofició de enfermera y quedaron las toallas y sábanas manchadas con tu sangre. De regreso, los tres, nos topamos con la Fucking Oktober Fest en un pueblo y caímos ahí, relocos, zombies en día feriado, alucinando con tantas chicas y chabones vestidos con zonzos trajes alemanes. Después, todavía en Córdoba, la camioneta sucumbió y quedamos tirados y vos desapareciste, como solías hacer, cuando había problemas. 

Amigos en el Clark Kent Pub: Mauricio Runno, Roly López, Marcelo Padilla, Ulises Naranjo, Gonzalo Díaz Vera y Gabo Espejo.

¿Te acordás cuando nos fuimos a vivir al Clark Kent Pub con el Mauricio Runno? Era una casa chorizo en la calle Clark, de la Quinta Sección, un hogar que supo ser muy santo y que convertimos en auténtico templo de perdiciones inconfesables: la casa, tras todo aquello, pidió ser demolida y le concedieron la gracia. Imposible recuperar todo lo que pasamos allí: los cientos de cucarachas que salieron de una pared durante una fiesta, el vecino contrabandista que nos hacía canjes, la vez que me trajeron dos chicas a la cama para que me recuperaran de una terrible gripe y, como no, me pidieron tocar la guitarra y cantar para ellas, la vez que se trabó la puerta por cuarta vez y de caliente no fui al cerrajero y todos entraron y salieron por un agujero durante una semana, la vez que contratamos al gran Arturo Derodt para una albañilería de dos días y se quedó tres meses y nos esperaba con el almuerzo listo, las cabecitas con dos toques en el patio, las charlas sibaritas con los dealers, los asados de medio kilo que aprendiste a hacer a las 17 horas, las noches de flamenco con Linda Belinda, las veces que nos paró la cana al amanecer y para zafar pasábamos nuestras credenciales de periodistas, la vez que, en una disco, los amigos del boxeador Pablo Chacón casi los linchan a vos y al Mauri, porque se habían emperrado en que el entonces campeón mundial firmara un autógrafo dedicado a mí (y lo firmó), los partidos de fútbol desmadrado en el Parque, aquella cena con todos disfrazados con papel higiénico en Pascual Segura, la vez que en Gabriela Mistral escondieron al Marmat en una caja de sonido y los policías dieron vuelta todo y no lo hallaron, las millones de historias con mujeres hermosas como águilas en cruz rajando el cielo, hermosas como jazmines blancos, hermosas como volantines o tigres de bengala y a todas les hacías la misma carne al horno como si fuera la primera vez, las previas que hacíamos comprando una ficha cada uno y jugando Flippers Nivel Dios –vos al Party Zone, yo al Terminator II–, la fiesta de los títeres de dedo, las mil charlas idiotas en los baños mugrientos de los bares y las mil veces que exigimos y amenazamos a los Djs de las discotecas para que pusieran “Billie Jean” para bailarla los dos, frente a frente, sensuales, desenfadados, inaccesibles, bárbaros y celestes. 

De todo aquello, nuestra herencia para la posteridad fue la creación del dúo humorístico-musical Feliz-Cumpleaños, para animar o arruinar las fiestas de nuestros amigos. Nos especializábamos en chistes de animales y del paraíso: el del caballo número 5, el del conejo drogón, el del friolento que va al paraíso (se lo robamos a Mario Franco), el de Jesús jugando al golf, el del perro que interpretaba distintos géneros musicales, el de la Última Cena y Jesús repartiendo cocaína, Clavos Rodríguez y la Crucifixión del Mesías, el del pianista ciego con un mono en un bar de New Orleans… Además, cantábamos canciones, desafinados, pero entusiastas: “Me estás atrapando otra vez”, “Árbol Palmera”, “Mujeres y vino”, “Ella vendrá” y, una más nueva, “Rimbaud”, de Estelares, canción que, por los siglos de los siglos y el rato que me quede, te traerá hasta mi lado, Homero. 

Cada show comenzaba así: “¡Buenas noches, damas y caballeros! Somos el dúo Feliz-Cumpleaños. Uno es Feliz y el otro, Cumpleaños… ¿Quién es quién?”. Siempre alguien arriesgaba una posibilidad y nosotros la negábamos: “¡No, m’hijita! ¿Cómo voy a ser Feliz, si tengo cara de Cumpleaños?”. Y viceversa. 

La última vez que hicimos esta chanza boba fue hace unos días antes de nuestro último paseo hasta El Challao. Silvana me dijo que vos necesitabas una caminadora para ejercitarte un poco y nuestro amigo, el poeta Juan López se ofreció a prestarte la suya, porque resulta que es mucho mejor poeta que deportista. Fuimos a llevártela y como un par de zapallos que somos, equivocamos el edificio y anduvimos cargando la pesada caminadora por las torres del Unimev. Al llegar a tu edificio, te asomaste por la ventana y te grité “¡Hola, Homero!” (en Barney’s style) y te reíste desde arriba con la risa de Homero Simpson. Debo explicar, a esta altura, porque la gente no tiene puta idea, que, desde hace décadas, nos saludamos siempre con un “¡Hola, Homero!”, imitando el saludo de Barney Gómez a Homero Simpson, cada vez que llegaba a la taberna de Moe. En fin, subimos la caminadora y Juan te la enseñó a usar y hasta caminaste unos diez pasos. Luego, recordamos nuestro dúo Feliz-Cumpleaños y, al final, vos –ya cansado por tanto trajín– pusiste al día al Juan sobre tu pésima salud y tu embole con eso de que “si le ponés buena onda y optimismo, el cáncer se cura”. Finalmente, fiel a tu filoso y eficaz estilo humorístico, cerraste así: 

- Y, bueno, sacando esto del cáncer, ¡está todo bárbaro! 

Después, bajamos y, con las últimas energías, nos acompañaste a la puerta. Juan preguntó si podía tocarte y dijiste que sí y te acarició la nuca con una inmensa ternura. Y se despidieron. Subimos a mi auto con Juan muy rotos y nos fuimos a su casa a emborracharnos de tristeza y alcohol, hasta, exactamente, las 7:28 de la mañana del día siguiente. 

Es que no se podía creer: se estaba yendo el Roly López, el periodista de las encantadoras crónicas policiales, el autor de "El boxeador que sonreía demasiado" (lejos, tu mejor libro), el batero de Los Salvajes, el padre de su amada Amparo, el novio de su amada Silvana Slukich –que estuvo 15 años a tu lado, sobre todo, el último–, el hermano del Guri y el Marcelo, todos ellos, las y los que te cuidaron con todo el amor del que disponían, hasta despedirte. 

Roly López. (Facebook)

En fin, aquel muchacho hermoso y esbelto quedaba atrás, no sin un coraje que no te conocíamos. Y ahora, como puedo, estoy escribiéndote esta canción de amor, entre lágrimas y risas, este homenaje para dejar por sentado que eras necesario, que fuimos hermanos, que nos reímos de janeiro y que te agradezco de corazón que me hayas dejado estar cerca tuyo durante este tremendo año que pasaste, día a día, haciendo todo para salir adelante y, a la vez, haciéndote a la idea de que asumías condición de pájaro. 

Durante aquel último paseo en auto, de regreso a tu casa, en la esquina de Rondeau y Rioja, me tomaste la mano con tu mano tibia y débil, porque así son las manos de los pájaros. Fue uno de esos momentos en los que todo el universo guarda decoro, muestra respeto y se detiene. 

Entonces, supe por qué habías aceptado mi invitación a pasear: habías decidido despedirte de mí, aun con tus últimas esperanzas de recuperación vigentes. Y me tomaste la mano. Jamás me habías tomado la mano: jamás habías sido tan dulce, tan esmerado y sutil. 

Me miraste a los ojos con tus ojos tristes y soltaste un párrafo que te lo tenías ensayado: 

- Voy a hablarte con las pocas palabras que me quedan. Sé que tengo muy pocas posibilidades de vivir. A mí me sigue interesando la vida, pero no así. Hace un año que vengo soportando todo esto y no tiene sentido, si vivir es vivir así. No tengo miedo a la muerte y, si me muero, me tranquiliza saber que voy a dejarle a mi hija un lugar donde vivir. Yo ya hice todo lo que quise hacer en la vida y lo sabés muy bien. Hemos vivido un montón de cosas que la mayoría de la gente no va a vivir nunca. No tengo deudas. Y te agradezco por estar, Homero

Me quedé callado un buen rato, vos también. Al llegar a tu casa, yo no quería hacerme cargo de la despedida y mi comentario final no estuvo a la altura de las circunstancias, porque yo seguía eligiendo la esperanza, que, a esa altura eran unas mágicas y costosas pastillas francesas que, soñábamos, serían más eficaces que las feroces quimioterapias: 

- Mi hermano, ya vamos a acordarnos de todo esto más adelante y nos vamos a cagar de risa, te dije y fuiste tan sabio que preferiste no contestar. 

Al dejarte, decidí acariciarte la espalda. Fue nuestra última vez. 

Días después, estabas frito, Homero. 

Esa noche nos juntamos un par en lo del Marmat, que estaba desolado, en un punto de desolación al que sólo él sabe llegar. Nos dimos un abrazo largo y desnudo y lloramos y, al rato, nos reímos, lloramos otra vez y, bueno, organizamos un asado, porque, según él “porque es un espanto, es una joda”. A la tarde siguiente, nos tomamos un café con Silvana para tratar de entender algo. No entendimos nada y lloramos con desenfado, empañando el tea time a cuatro supuestas rubias sentadas un poco más allá.

El asado fue en lo del Juan: estaban él, Cecilia y Felipe, Marmat, el Fede Lorite y yo caí con el Oscar Guillén, que, en homenaje a vos, trajo un Estancia Mendoza, pero de los caros y, oh, sorpresa, apareció Laura Antún, otro de tus grandes amores. Hablamos de vos, tu manera de marcharte y de cómo mucha gente te quiso bien. Imaginamos cómo te hubiera dado por las pelotas leer los doloridos mensajes de despedida en las redes sociales de tantas personas conmovidas por tu muerte y saber de las notas de los diarios contando lo fantástico que fuiste, ahora que no estás. 

¿Cómo evitar esos pañuelos dulces y considerados, ante tu definitiva ausencia, si supiste construir cariño y admiración profesional a tu alrededor? Bancátelos, Homero, los supiste conseguir. 

Naranjo, López, Padilla, Antún y Guillén (Foto: Federico Lorite).

Miranos: los que quedamos, en tu nombre, nos sentamos a la mesa, comemos y brindamos. Miranos cómo nos reímos la vida y de la muerte, en el hocico mismo tu ausencia. Sin embargo, mi hermano, debo decirte, nos has dejado malheridos y extrañamente desabrigados, cuestiones que trataremos de disimular, sin renegar jamás de nuestras torpezas. 

Allá en la calle, resulta que está todo más o menos igual: el mundo sigue rodando incendiado hacia el despeñadero. Sigue la insípida gente y sus collares, los semáforos insobornables, las palomas en los cables, el tanque de agua del Gambarte, las cuotas sin interés, el olor dulzón de los baños de los bares, los hijos que nos salvaron la vida, el ciclo de las estaciones y nuestros días más vacíos, ahora que te volviste pájaro y te hundiste en la noche como un pez de plomo. Cenizas hay. 

Ulises Naranjo

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